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lunes, 5 de julio de 2021

La alegría de estar FUERA DE CONFORT

Desde que empezó 2021, no he dejado de repetir en todas las redes sociales a mi alcance que éste iba a ser el momento de convertir en realidad proyectos que llevaban ya un tiempo deseando dejar el limbo de los manuscritos sin publicar. Uno de ellos, por supuesto, es la secuela de Monozuki; y el otro es la razón de que esté escribiendo ahora este artículo: una colección de relatos titulada Fuera de confort, y que desde el mismo 1 de Julio está en preventa en la página de su editorial, 2 Cabezas.

Afirmar que este libro es una idea sobre la que llevo mucho tiempo trabajando puede quedarse muy corto. Baste decir que, al buscar los correos de los lectores beta que me habían ayudado a hacer las correcciones, para anunciarles que ¡al fin! había una editorial interesada, descubrí que ya hacía SEIS AÑOS desde que me dieran sus opiniones. E incluso ese dato es engañoso, puesto que la selección de relatos que va a publicarse finalmente contiene narraciones que había publicado varios años antes, y otras que se escribieron después, durante cursos literarios o  para convocatorias en las que no llegué a participar. Una definición más correcta sería que Fuera de Confort recorre el camino evolutivo de mi estilo en el género del relato de terror; y, de forma más concreta, el abandono de muchos clichés y estereotipos del género que habían conformado mi zona de confort literaria, para crear un sello personal y distintivo.


Dicho todo lo anterior, y puestos en situación, voy a proceder a contar un poco sobre el origen de cada relato. Sin profundizar demasiado en su sinopsis, eso sí, para no fastidiar su lectura a nadie. Solo lo imprescindible para que podáis saber un poco más sobre estas ocho historias (que, como siempre digo cuando se trata de relatos, se recomienda que leáis con pausa y sin querer digerir de una sentada toda la colección).

GLORIA REVIVIDA. ¿Qué haces cuando tienes un personaje interesante? Buscas la manera de aprovecharlo. Y el protagonista de esta historia, aunque no lo parezca, nació para formar parte del reparto de una novela, que iba a ser escrita a varias manos por diferentes autores de la asociación NOCTE. La propuesta era encerrar a varios personajes con asuntos turbios entre manos, en una situación en la que chocasen entre ellos; y mi aportación al plantel debería de haber sido este actor de segunda en horas bajas. Así que, cuando el proyecto se canceló, aproveché las notas acumuladas sobre cuál sería su pasado y el secreto que ocultaba, para hilvanar la narración que os llega ahora.

NORMAS DE CONVIVENCIA. El origen de este relato está en una anécdota vivida por una amiga, que decidió compartirla conmigo "para que escribiera una historia". Sin embargo, por más que fuera interesante, su petición demostró que no siempre se puede llegar a un escritor y decirle "escribe algo con esto". Y, de hecho, el personaje inspirado en su monstruo del mundo real se acabó convirtiendo en un elemento turbio de la trama, pero el peso de la narración acabó recayendo en seres menos temibles a simple vista.

UN FUTURO BRILLANTE. Este es otro relato proveniente de un proyecto cancelado, aunque en este caso sí llegué a desarrollar por completo la historia. La inusual premisa que habría agrupado los relatos era "remedios milagrosos, inventos o juguetes de los anuncios antiguos de revistas, que funcionan de verdad... pero no de la manera que se espera". Y en mi caso, no solo escogí un juguete insólito, sino que se trataba de un artículo que se fabricó en la realidad a principios de los 50, con el cual pude dar forma a una historia en la que el terror está en lo que el lector sabe y el narrador ignora.

MALOS HÁBITOS. La idea original para este relato debe permanecer escondida en las páginas de alguno de los cuadernos en los que atesoro las notas sobre la sinopsis básica de futuras narraciones. Lo único que recuerdo es que me interesaba crear incomodidad en el lector, haciendo que el terror proviniera de algo que no suele asociarse con esa sensación. Y, aunque no puedo decir que el resultado fuera el más original, puesto que es una premisa que han utilizado varios autores con anterioridad, sí que estoy bastante orgulloso de cómo ha quedado mi aportación al tema.

CITA PERFECTA. Este relato se gestó en torno a la frase que abre la narración. Durante bastante tiempo tuve claro que era un buen gancho para interesar al lector en cómo iba a continuar la historia, pero tardé en desarrollarla de forma que me resultase convincente. Pero, a partir de ahí, fue tomando forma mediante un diálogo entre los protagonistas, en el que solo el lector puede interpretar los dobles sentidos de cada frase; un juego de seducción en una cita a ciegas, con mucho más peligro del que aparenta, y un desafío personal también, puesto que siempre he considerado los diálogos como uno de mis puntos flojos.

DÍAS INOLVIDABLES. Este es uno de los relatos de la colección que juega de forma más evidente la baza de combinar géneros, o de plantear dudas sobre en qué genero debería de situarse. Utilizando un concepto bastante popular de la ciencia-ficción, logré desarrollar una historia  centrada en el dolor de las rupturas de pareja que, en este caso, alcanza unas cotas de extremismo inesperadas por ambas lados. Por favor, señores científicos, no cojan ideas.

SIN HUELLA. El relato más antiguo de la colección, ya que la idea original pertenece a un proyecto de cómic de mi época universitaria: una historia de novela negra con un marcado tono tarantinesco. Solo muchos años después, y con la moral de haber publicado mi primera novela, me atrevería a recuperar la sinopsis para presentarlo como un relato. Solo que, mientras estaba en el proceso de redacción, se me ocurrió que podía hacerlo más original... y que resultaría muy interesante homenajear a un clásico de la ciencia-ficción de los 50 (que, por lo que se puede ver, es una de mis épocas favoritas, junto con el XIX).

NUNCA. La colección se cierra con una historia que, en principio, no debería haber formado parte del libro. Durante las conversaciones con la editorial, para decidir qué relatos iban a incluirse y cuales no, este era uno de los que habían sido descartados. Sin embargo, cuando decidimos cuál sería el punto ideal para homogeneizar el conjunto, volvió a entrar entre los posibles... y no pude resistirme a añadirlo. Más que nada, porque es un relato del que me siento muy orgulloso. Y porque está entre los primeros con los que me sentí satisfecho al abandonar mi zona de confort literaria, y (como han señalado algunos lectores) tiene puntos de proximidad con las cosas que más me gustaron de Cormac McCarthy cuando leí La Carretera.


Y hasta aquí mi pequeña introducción a Fuera de confort. Si os ha resultado interesante, ya sabéis que tenéis un enlace a su preventa al principio del artículo. Pero si además queréis aprovechar una oferta especial, y llevaros dos libros a un precio muy asequible, os dejo este enlace


miércoles, 5 de junio de 2019

Mi colección de cuentos favoritos (VII)

Siempre que surge el tema, suelo decir cuánto me habría gustado vivir durante la Edad Dorada de la Ciencia-Ficción (Guerra Fría aparte, por supuesto). En primer lugar por la posibilidad de llegar a conocer a alguno de mis autores favoritos y, después, por lo increíble que resultaría compartir espacio con ellos en alguna de las múltiples revistas literarias que florecieron durante esos años. Soy de los que opinan que aquella forma de desarrollar el oficio de escritor, comenzando por escribir relatos y saltando a la novela cuando ya se había asimilado la técnica de la narración breve (haciéndose con una reputación por el camino), es el mejor sistema de aprendizaje posible. Un método que, además, produjo a una generación de escritores que se desenvolvían (en la mayoría de los casos) con la misma facilidad al escribir novelas o relatos. Y precisamente uno de esos ejemplos es el autor de la obra que quiero comentar hoy.


Hijo de sangre, de Richard Matheson.
A Matheson  lo descubrí por medio de Soy Leyenda, su fabulosa vuelta de tuerca al mito del vampiro, con la cual se ganó mi eterna admiración. Y bastantes años después me reafirmó su maestría con los relatos contenidos en la antología Pesadilla a 20000 pies, de la cual formaba parte precisamente Hijo de sangre.

La trama del argumento está centrada por completo en torno a Jules, un muchacho obsesionado por la figura del vampiro hasta el punto de querer convertirse en el mismo Drácula. Este trastorno se nos narra a medida que repasamos la corta vida de su protagonista, y en el poder que la idea de la muerte ejerce sobre él desde su más corta infancia. Lo cual hace que, en cuanto entra en contacto con la figura del vampirismo, le seduzca de forma inmediata, obnubilándole por completo. 
"Un sábado, cuando tenía doce años, Jules fue al cine. Vio Drácula.
Cuando se acabó, salió caminando, convertido en un manojo de nervios tembloroso, a través de las filas de chicos y chicas."
Un factor relevante en el relato, aparte de la juventud del protagonista, es que Matheson califica a Jules de idiota (en el sentido de tener pocas entendederas) en sus primeros párrafos, y nos lo demuestra con varias acciones que reafirman la sensación de estar ante un crío no muy lúcido al que le fascina la posibilidad de poder imitar las acciones que ha leído en Drácula. Haciendo gala de una irresponsabilidad difícil de igualar en cada una de sus iniciativas para transformarse en un vampiro. 


El relato es bastante breve, y Matheson no se explaya en detalles truculentos más de lo necesario, pero eso basta para poner en tensión al lector ante la escalada en la vampirización de Jules y su afán por reproducir las hazañas más escabrosas de su ídolo literario. El terror no procede aquí de fuerzas inaprensibles o seres ominosos, sino del temor por cuál será la siguiente idea que se le pasará por la cabeza a Jules y cuáles serán las consecuencias de que la lleve a cabo. ¿Quién va a pagar el precio de esa fijación insana? ¿Otro vecino? ¿Sus padres? ¿Algún desconocido? La locura humana, o la simple incapacidad para escapar de esa obsesión, crean un terror muy poderoso porque es mucho más real o tangible que las fantasías escondidas en viejas maldiciones. Un tipo de historia que desarrolló también en Legión de conspiradores o El distribuidor

No quiero estropear la lectura del relato desvelando el final, pero baste decir que su mayor virtud radica en lanzarnos por un tobogán de nervios del que creemos estar bastante seguros de cómo va a terminar, solo para ejecutar una magistral pirueta final que nos deja cabeza abajo en las últimas páginas y cambiar por completo las reglas del juego. Esa capacidad para provocarnos un último escalofrío de misericordia al despedirnos de Jules es la explicación de que, entre todos los relatos de Matheson, este me resulte más interesante. Así que no lo penséis más. Haceros con un ejemplar de la antología y descubrir cuál es vuestro relato favorito...


lunes, 13 de mayo de 2019

RELATO: UN PASEO


(Imagen de Pixabay, en pexels.com)


—¿Tienes miedo?

Alfonso sonríe apenas al asentir.

—Eso es bueno. Quien te diga que no está asustado en estas circunstancias, te miente o está loco.

Alfonso toma aire con más ansiedad de la que le gustaría y mira al frente. El fuselaje del Vulcano dibuja una suave curva de blancos, grises y ocres alternos, en la que brotan antenas de comunicación, toberas de propulsores de maniobra y la plataforma de trabajo. Una isla en medio de la extensa negrura que les rodea, moteada de estrellas anónimas para Alfonso. Tan remotas y desconocidas, como insignificante es él para quien pueda vivir allí. Sus pensamientos revolotean de una constelación a otra mientras progresa por el fuselaje, impulsándose con la fuerza de los brazos hasta alcanzar la plataforma de trabajo. Allí le aguarda Radenkov, que observa de manera silenciosa cómo se sitúa en los mandos y pasa el anclaje de la barandilla al soporte central.

—¿Listo para tu primera misión soltándote de la mano de mamá?

—¿Aún quieres que me ocupe yo de la reparación?

—Por supuesto. ¿Por qué no? Ya sabes lo que tienes que hacer. La única diferencia es que hoy no estarás a salvo en la bodega mientras trabajas.

Alfonso procura hacer oídos sordos a las implicaciones de esa frase y levanta la vista a la búsqueda de su objetivo: la nube de asteroides que orbita el planetoide rocoso más exterior de ese sistema solar y, a una distancia prudencial, la masa listada en blanco y naranja de la baliza de astronavegación que han venido a reparar. Entonces respira hondo, mira al oficial ingeniero de primera y asiente. Acto seguido percibe en los pies la vibración de la plataforma al soltarse del Vulcano, mientras Radenkov le despide moviendo la mano. Haciéndose pequeño junto con la nave nodriza gracias al impulso de los propulsores de nitrógeno que ahora le alejan más y más, de modo que puede contemplarla de nuevo en su totalidad por primera vez en casi dos años. Desde que le aceptaran como oficial de segunda en la compañía y se embarcase.

—No veo daños estructurales. ¿Será un problema con las baterías?

—Confiaba en que sería cosa de cambiar una antena averiada y sustituir un par de relés. Pero seguro que disfrutas manejando plutonio, chaval.

La plataforma se aproxima a la baliza con un ritmo pausado, sus brazos manipuladores recogidos de manera que recuerda a una araña recorriendo el sedal, mientras los parpadeos de las señales de posición colorean los bordes de la estructura como luciérnagas inquietas en medio de la frialdad aséptica que le rodea: cables culebreando por la rejilla del suelo, contenedores con los identificadores de material básico de reparación y repuestos… y, a medida que su horizonte queda enmarcado por el enorme objeto fusiforme y el cúmulo de asteroides, Alfonso se enfrenta a un momentáneo desconcierto respecto a su posición real. ¿De pie, o boca abajo? Vértigo que exorciza cerrando los ojos de nuevo y mirando al suelo de la plataforma.

—Tienes una hora, chaval. No me obligues a ir a rescatarte, o me lo cobraré cuando volvamos a Central Sigma.

Ilustración de Johnson Ting (Rhinoting en DeviantArt)

Apenas necesita la mitad del tiempo para desarmar el compartimento de las baterías, constatar que el fallo no es tan grave y reiniciar las funciones de la baliza, cuyas luces despiertan en una cadencia remolona. Satisfecho, levanta la vista y sus pensamientos se enredan en los movimientos de los asteroides. Absorto, intenta seguir esa coreografía silenciosa que lo embelesa. Y justo en ese momento, un pitido insistente le arranca un escalofrío: la alarma de proximidad de astronaves.

—Chaval…

—Lo sé, Radenkov, lo sé. Me estoy desacoplando de la baliza y voy a programar el vuelo automático para compensar a diez metros.

—No te arriesgues. ¿Has visto las lecturas en el panel? Es un crucero. Compensa a veinte metros.

Alfonso modifica el dato, pero no alcanza a hacer nada más. Un gigantesco telón gris oculta de pronto el firmamento, reemplazando las estrellas por fugaces parpadeos de varios colores, y de inmediato la plataforma se encabrita al ser repelida por los campos de fuerza que rodean la astronave. El primer zarandeo le quita el aliento al golpearse con la consola, el segundo le hace perder su asidero y el tercero lo arroja contra las barandillas de seguridad de la plataforma. Haciendo inútiles sus braceos mientras los propulsores trabajan para equilibrar la estructura, tironeando del anclaje de seguridad de Alfonso a su total capricho.

Reducido a un pelele, tan solo puede cubrirse el rostro y esperar que todo acabe. Confiando en la resistencia del cable para no convertirse en parte de la nube de asteroides, y temiendo que nada detenga su próximo vuelo por encima de la plataforma, hasta que, al fin, con una última sacudida, se nota flotar en calma.

—Chaval, ¿sigues ahí?

—Sano y salvo. Creo.

—Pues deja de hacer el pasmarote y vuelve. Hay un montón de balizas por revisar de aquí a Central Sigma.

—Dame un momento para recuperar el aliento.

Las estrellas vuelven a titilar en el vacío, tan ajenas a lo que le ha ocurrido como el propio crucero sideral, aunque el paso del gigante sí ha dejado huella en la zona: varias de las gigantescas rocas errantes han modificado sus trayectorias y están chocando entre sí, o se alejan desafiando la atracción de su huésped. La baliza compensará las nuevas órbitas y se mantendrá allí otros cincuenta o cien años, ayudando a otros viajeros a guiarse hasta su destino. Y para entonces, quién sabe dónde estará él.

Contemplando otro firmamento.

Paseando por otra constelación.

Intentando ser algo más que una pequeña mota a la deriva en el universo.


viernes, 1 de marzo de 2019

Mi colección de cuentos favoritos (VI)

Con el artículo de hoy alcanzo el ecuador de esta serie y, además, lo hago con un autor que se puede considerar fuera del género... o que ha creado su propio género... o que no se puede etiquetar en ningún género... no sé cuál de las definiciones anteriores aceptaría el gremio de escritores y libreros. Pero lo que sé con certeza es que ningún lector puede pasar por sus relatos sin que le provoquen alguna reacción. Puede que abandone el libro y decida que no es el tipo de lectura que le guste, pero desde luego que no va a quedarse indiferente.

Bajo el influjo del cometa, de Jon Bilbao.
Como suelo confesar en estos casos, mi carencia literaria principal son los clásicos y los autores fuera del género. Defecto que voy procurando subsanar gracias a mi club de lectura y los libros que me prestan, o me recomiendan, algun@s amig@s. Y fue precisamente gracias a un préstamo que llego a mis manos un ejemplar de Bajo el influjo del cometa, una colección de relatos que me puso frente a las muy peculiares historias elaboradas por Bilbao, de las que ya hablé hace un tiempo en este mismo blog


De todas ellas, mi favorita es la obra que da título al libro. Una narración centrada, como suele ser habitual en Bilbao, en la reacción de seres humanos corrientes frente a eventos inusuales. En este caso, el apagón electrónico y la oscuridad provocados por el paso de un cometa a muy corta distancia de la Tierra. Con este planteamiento inicial, que a los aficionados al género apocalíptico no les resultará ajeno, Bilbao edifica una trama cuya base es la pérdida del comportamiento cívico a medida que el orden establecido aparenta haberse desvanecido, un poco como un Señor de las moscas interpretado por adultos. Y aquí radica la gran genialidad de su estilo: porque después de llegar al punto final del relato, habiendo contemplado a los protagonistas llevar a cabo actos mezquinos en el mejor de los casos, no es raro que te preguntes si tú mismo no habrías actuado de un modo similar. El trabajo psicológico de los personajes de sus narraciones es una materia a estudiar por cualquiera que quiera escribir, de verdad. Uno podría decir que escribe novela social, si no fuera por el contexto en el que están inscritas sus historias.


Eso nos lleva a otro de sus talentos, si no el mayor: la capacidad de crear escenarios que lindan entre lo paranormal y el realismo mágico. Plausibles, sí, pero dotados siempre de una atmósfera ominosa que te hace temer la peor de los resoluciones. Suele abrir la narración con una situación de lo más ordinaria y, poco a poco, le va dando la vuelta y haciendo que gire hacia un contexto incómodo. De hecho, consigue crear en el lector la sospecha de que la trama aún puede ir a peor en cualquier momento. Y eso provoca que, en más de una ocasión, sus relatos jugueteen con el terror sobrenatural, poniendo un pie sobre su frontera y amenazando con atravesarla por completo. Cosa que, cuando menos te lo esperas, puede acabar ocurriendo.

La influencia de Jon Bilbao en mis escritos no es fácil de rastrear, sobre todo porque no he publicado muchas historias que sean "bilbainistas"; aunque en mi lista de proyectos pendientes hay una colección de relatos compuesta por varias narraciones en las que intenté apartarme del género de terror más ortodoxo y volcar las lecciones aprendidas de mis lecturas, de modo que se pueden encontrar, creo, pinceladas de lo que he descrito antes. Y es que si Bajo el influjo del cometa me sorprendió,  su obra posterior, Strómboli, contenía algunas de esas historias que, como escritor, te  provocan tanta envidia como para desear que se te hubieran ocurrido a ti. Así que quién sabe si, en un futuro próximo, no estaré hablando de una obra más adulta y diferente a lo que os he presentado hasta ahora...


viernes, 18 de enero de 2019

Mi colección de cuentos favoritos (V)

Continuando con la lista de relatos que más me han influenciado a la hora de escribir, le llega hoy el turno a un autor con el que he pasado de la absoluta indiferencia (más que nada, como reacción a la afición de mucha gente por recomendarme los cómics que guionizó, a finales de los 90), a disfrutar mucho con sus novelas y admirar algunos de los increíbles universos que ha creado para ellas. Un genio que se puede rastrear con facilidad en relato del que voy a hablar.

Estudio en esmeralda, de Neil Gaiman.
Decir que soy un gran fan de Sherlock Holmes puede sonar un tanto exagerado, sobre todo si aclaro que apenas me he leído una parte de las historias escritas por Sir Arthur Conan Doyle sobre el afamado detective de Baker Street; sin embargo mi fascinación comenzó en mi más tierna juventud, gracias a la versión animada que realizó Hayao Miyazaki, y ha proseguido después con casi todas las adaptaciones al cine o la televisión que se han ido haciendo. Si excluyo la serie de los 90 dedicada a Miss Marple, no creo que haya ningún otro detective de ficción que me tuviera más horas sentado frente al televisor en esa época. De modo que, cuando me propusieron leer Sombras sobre Baker Street en mi club de lectura, me lancé a por él de inmediato (en especial, por la combinación de temática detectivesca y horror sobrenatural que prometía).


Para quien no lo conozca, Sombras sobre Baker Street es una recopilación de relatos de varios autores, en los que enfrentan a Sherlock Holmes con las criaturas pergeñadas por H. P. Lovecraft y sus acólitos para los mitos de Cthulhu. Y como la narración se plantea de manera cronológica, la obra que abre la colección es precisamente el relato de Gaiman. Estudio en Esmeralda.

¿Qué es lo que me llamó tanto la atención de este relato? La capacidad para reelaborar la mitología de Sherlock Holmes, combinándola con los universos de Lovecraft. Su historia repite casi paso por paso lo que Doyle contaba en el primer caso publicado de Sherlock Holmes (Estudio en escarlata, título con el que Gaiman juega de forma evidente, como hacen el resto de autores de la colección por otra parte), solo que las circunstancias del crimen que debe afrontar y la propia Inglaterra en la que vive se nos van revelado como muy distintas a las que nosotros conocemos. Así acabamos descubriendo poco a poco hasta qué punto ha sido infiltrado el Londres victoriano por la ominosa presencia de esos seres  indescriptibles, llegados de las profundidades de las pesadillas del "genio de Providence".

Ese juego con personajes clásicos y universos familiares para los lectores me encantó, por razones que les resultarán obvias a quienes hayan leído mi obra (los lectores de Monozuki. La chica zorro seguro que son conscientes de ello). Se trata de un recurso que me gusta poner en práctica siempre que me surge la ocasión. Y con el relato de Gaiman descubrí no solo hasta qué punto se puede llegar a entremezclar mundos, si no que encontré una referencia hacia la que dirigir mis pasos. Desde entonces, mi propósito al desarrollar cualquiera de esos mundos que he puesto sobre el papel era alcanzar el mismo nivel de calidad.

El concepto de mezclar universos literarios pertenecientes a géneros dispares no es nada infrecuente en la actualidad: tenemos ejemplos como Orgullo y prejuicio y zombies, junto a otras novelas parecidas. Pero en aquel momento me fascinó el atrevimiento de recrear una obra de manera casi literal y, a la vez, comprobar que me estaba sumergiendo en una realidad paralela a la que yo conocía. Esa intensa sensación de haber entrado por una madriguera de conejo a una versión siniestra del mundo cotidiano, tan habitual en Gaiman, es lo que me empujó a seguir leyendo y disfrutar del final del relato, sorpresivo a la par que muy coherente con el fondo de la historia. Permitiéndome conocer a un Sherlock Holmes... Distinto.

martes, 6 de noviembre de 2018

Mi colección de cuentos favoritos (IV)

Si habéis leído los artículos que han precedido a este, puede que hayáis notado una constante en ellos: se trataba de relatos que formaban parte de mis recuerdos de infancia y adolescencia. A partir de hoy, sin embargo, doy un salto temporal y empezaré a referirme a obras que me han ayudado a evolucionar en mi estilo literario durante los últimos diez años. Empezando por uno de los nombres más relevantes de la ciencia ficción Hard contemporánea.

La ricura, de Greg Egan.
Aunque suelo advertir a mis amistades del menguante espacio que ofrecen día a día las estanterías en mi casa, nunca les agradeceré lo suficiente que me regalasen el Axiomático de Greg Egan; una recopilación de relatos que no debería faltar en la biblioteca de ningún aficionado a la ciencia ficción que se precie de tal. Y menos aún si tiene aspiraciones literarias (junto con Última etapa, si es que consigue hacerse con un ejemplar). La manera en que Egan plantea conflictos relacionados con posibles tecnologías futuras, las más de las veces en un entorno ordinario y del día a día, resulta muy interesante cuando no espeluznante.


La ricura me impresionó por cómo hace para presentar un aparato científicamente revolucionario bajo el aspecto de un electrodoméstico de usar y tirar: un útero artificial apto para ser usado por hombres que, en la sociedad imaginada por Egan, se considera poco menos que un capricho de Teletienda. Casi un juguete snob. Y por debajo de eso, acabamos por percibir un mundo en el que la industria ha perdido el miedo a usar la ciencia para saltarse barreras morales del calibre de la génesis humana, solo porque hay un potencial cliente cuya demanda puede ser satisfecha a cambio de un buen beneficio económico.

¿Cuáles son las claves del relato, y lo que explica la genialidad de Egan? Su capacidad para intuir un problema futuro derivado del comportamiento de la sociedad contemporánea, y concebir en qué manera se  le podría poner remedio (o algo parecido) desarrollando alguna tecnología actual (real o teorizada). En el caso que nos ocupa, parece haberse fijado en esta deriva cada vez más individualista y propensa a no crear vínculos emocionales, y se planteó luego un remedio a la incapacidad para formar parejas dispuestas a reproducirse. Un remedio cuasi rocambolesco, debo añadir, porque me imagino a Egan dándole vueltas al relato día tras día hasta encontrar la respuesta más polémica: dar a los hombres la posibilidad de engendrar vida pero, eso sí, con obsolescencia programada en relación al nivel de lujo que pueda permitirse el consumidor. En ese sentido, su postura choca de forma directa con quienes piden que la ciencia ficción retome el espíritu optimista de la Edad Dorada e imagine un mundo mejor. Y me temo que yo no puedo hacer otra cosa salvo respetar ese posicionamiento alarmista, ante las demostraciones que se ven en los periódicos sobre el sometimiento de la ciencia a las leyes del mercado. De hecho, La ricura es un relato que se puede considerar ahora mismo más que actual, con las polémicas recientes sobre la maternidad subrogada y los vientres de alquiler.

Por supuesto, mi principal razón para admirar a Egan es su enorme conocimiento científico (algo que me ocurre con la mayoría de autores Hard), y cómo hace para explicar los principios teóricos de cada relato con sencillez (o, al menos, con la sencillez suficiente para ser comprendido por personas interesadas en la ciencia pero sin estudios específicos). En su caso, como con las personas dotadas de talento musical, no puedo hacer otra cosa salvo maravillarme ante su arte. Aunque sea con una especulación muy poco optimista. Por eso, si estás leyendo el artículo y te interesaría escribir ciencia ficción, busca su obra y tenla en cuenta. Sobre todo, por su capacidad para tratar la ficción especulativa temprana, esa que se ubica solo a unas décadas de distancia y que resulta tan arriesgada de escribir en comparación con los universos alejados siglos o milenios de nuestro presente (por su tendencia a acabar resultando obsoleta en pocos años, o convertida en un relato cómico del futuro).

miércoles, 11 de julio de 2018

Mi colección de cuentos favoritos (III)

Siguiendo con la idea de una antología personal que recogiera los relatos que puedo considerar más influyentes en mi estilo, hoy es el turno de un autor que me impactó muchísimo con una sola historia y al que luego no creo haber vuelto a leer jamás (o quizás sí; pero si me encontré con algún otro relato suyo, ya no me causó la misma impresión). Una circunstancia que solo se da en dos de las obras que componen la selección, ya que la mayoría corresponden a escritores a los que he leído con cierta profusión, ya fuera en relatos o novelas.

Ventana, de Bob Leman.
A pesar de que pretendía ir comentando los relatos atendiendo a un orden más o menos cronológico, la memoria no siempre puede afinar después de tanto tiempo transcurrido. Digo esto porque, a pesar de lo que conté respecto de El intruso, puede que Ventana fuera una incursión anterior en la literatura de terror con reminiscencias al Horror cósmico. Lo que tengo claro es que lo leí durante la adolescencia, porque al pensar en él la imagen que me llega es la de estar en la biblioteca de mi instituto.


¿Qué fue lo que me llamó la atención de ésta historia? El concepto de los universos paralelos; una idea que por aquel entonces me era totalmente ajena (la aproximación más parecida estaría en la serie de televisión Dragones y Mazmorras, y la forma de enfocarlo no tiene suficientes semejanzas). El relato cuenta cómo un grupo de científicos son enviados por el gobierno a un lugar inhóspito de los USA, donde les revelan la razón por la que han sido reclutados: alguien ha descubierto allí un portal dimensional que permanece activo (un arranque de historia que hemos visto ejecutar en innumerables películas de ciencia-ficción y terror).

La trama se sitúa en un momento un tanto atemporal de mediados del siglo XX, en algún lugar de la zona rural de los Estados Unidos, y sus primeras páginas se desarrollan con el asombro científico como tema principal. Desde cuestionarse las causas físicas que han hecho posible semejante fenómeno, hasta explicar el por qué de una cuarentena o cómo se va a realizar el estudio del portal. Si hubiera que ubicarlo  en un género, sería la ci-fi "light", ya que sus elucubraciones científicas no se atreven a ahondar en el campo de la verdadera especulación. Y sobre todo porque es al final cuando descubrimos, con un vuelco hacia el terror sorprendente, que lo anterior era una excusa muy bien elaborada para ponernos en situación. Y para lograr que mi yo adolescente de aquella época le diera vueltas y más vueltas a esa lectura durante mucho tiempo. 

La genialidad de Leman (que fue nominado al premio Nébula de 1981 por ésta historia, y tuvo una adaptación para la televisión unos años después) consistió en mantener durante todo el relato la impresión de que aquel era el mundo normal. Una historia de ciencia ficción, en la que lo único extraño era la presencia del portal. Incluso el mundo que los científicos atisban a través de esa ventana cuántica es idéntico, en apariencia, al que nosotros conocemos. Solo que, de hecho, lo que se les ofrece a la vista es un paisaje idílico. Y eso refuerza el instinto natural de los científicos (y de cualquiera que se encontrase en ésta situación, supongo) de obedecer a ese impulso de la curiosidad que nos lleva a querer saber más. Yo, desde luego, debí de pasarme la mayor parte de mi lectura deseando que alguien cruzase el portal para que me explicase qué había más allá, y luego descubrí que las cosas nunca son como parecen.

A pesar del susto final, con Ventana me introduje en un tema que me sigue fascinando como lector y escritor. Las realidades paralelas me han llevado a Neverwhere, a Matrix, a Dark City, a Stardust, al Viaje de Chihiro, al Castillo ambulante, la Tierra larga, y a muchas obras más. Y, de una forma más o menos consciente, es un elemento que añado a mis historias siempre que puedo. Incluso, pensando en ello, supongo que las ucronías tienen un poco de viaje a dimensiones paralelas. Puede que sea por eso que me gustan...





martes, 12 de junio de 2018

Mi colección de cuentos favoritos (II)

Hoy, continuando con la lista de relatos que más me han influenciado como escritor, os traigo un clásico del género de terror en el amplio sentido de la palabra. Al fin y al cabo, hablar de H.P. Lovecraft es hacerlo del creador del "horror cósmico".

Mi contacto con el genio de Providence se debió la influencia de terceros, ya que durante mucho tiempo evité la lectura de historias de terror. Hasta que entré en el mundillo de los juegos de rol y uno de mis amigos comenzó a plantear partidas con el reglamento de La llamada de Cthulhu. Aquellas aventuras me familiarizaron con el tipo de historias sobrenaturales que había escrito Lovecraft a principios del siglo XX; y fue estando de veraneo en la playa, sin ningún libro con el que entretener las tardes de estío, cuando me topé con una recopilación de relatos suyos en un kiosco de prensa. Así que me decidí a leerlo. Y resultó que los antologistas habían elegido como punto final al libro El extraño.

(Lovecraft dibujado por Mike Mignola)

De no haber contado con ese relato, sé que la impresión final hubiese sido mucho menos intensa. Para mi, aquella historia fue toda una revelación. En parte, porque jugaba con la temática de las casas encantadas, que es uno de mis temores personales; pero sobre todo porque Lovecraft lo desarrolló en un tono de narración "mundano", en comparación con lo que se consideraría un relato típico de su obra. Nada de fuerzas oscuras actuando abiertamente, monstruos de pesadilla lisérgica o viejas maldiciones acechando en las sombras. La sensación de angustia se produce al conseguir que el lector empatice con el protagonista, por medio de un terror tan "natural" como es el de sentirse vigilado por un intruso. Y párrafo tras párrafo lo pasas sintiendo esa terrible sospecha, preguntándote si ese ruido que escucha o esa sombra que ha entrevisto será el preludio al ataque del villano.

El elemento determinante para que lograse impactarme y esté ahora hablando de este relato fue el giro argumental que Lovecraft se reservó para el último párrafo de su historia. Una revelación que me dejó impactado, y que no volví a experimentar hasta que años después me sumergí en la lectura de Soy Leyenda de Richard Matheson. El extraño me enseñó la poderosa capacidad de inmersión del narrador en primera persona. Cómo esa perspectiva no solo te coloca tras los ojos de un individuo, si no que puede lograr que acabes dentro de su piel; sintiendo sus miedos y sus alegrías. Aunque resulte que sea un monstruo.

Desde entonces, cuando he practicado el género del terror no he podido resistirme a usar seres sobrenaturales y seres dormidos durante eónes. Pero siempre he tenido muy presente ese recurso de la narración en primera persona, para intentar capturar la consciencia del lector y procurar que el efecto de inmersión fuera más potente.



lunes, 28 de mayo de 2018

Mi colección de cuentos favoritos (I)

Varios meses atrás, pensando en algún tema que fuera interesante para los lectores del blog, se me ocurrió un peculiar juego literario: de todos los relatos que he leído en mi vida, ¿cuáles consideraría que más me han influenciado, o me han servido para evolucionar como escritor? Eso sí, para hacerlo un poco más difícil me autoimpuse la norma de que solo podía escoger un relato de cada escritor. Y la verdad es que el resultado acabó siendo bastante interesante (amén de descubrir que tal o cual obra tenía un título distinto al que yo recordaba); sobre todo, al organizarlos en modo más o menos cronológico y comprobar quién iba entrando en ese heterogéneo ranking de maestros literarios. Así que he decidido compartir esa lista con vosotros, añadiendo de paso mis recuerdos y una breve reflexión sobre cuál considero que fue su enseñanza o en qué modo pudo influenciarme después.

¡Mentiroso! de Isaac Asimov.
A pesar de que siempre hablo de Julio Verne como el escritor con el que me introduje en la literatura de ficción, todo lo que he podido leer de él ha sido novela. De modo que el honor de "primer relato influyente" recaería en ésta obra del Padre de las Leyes de la robótica.


Mi afición por Asimov se desarrolló, por cierto, alrededor de un dato curioso: cumplíamos años el mismo día. Quizás no lo habría leído con la misma avidez si hubiese escrito relatos románticos, o simple ficción; pero el hecho es que contaba historias de naves espaciales y robots, en una época en la que esos elementos me tenían cautivado por completo. Es más, al hacer memoria estoy casi seguro de que mi primer Asimov fue un ejemplar de bolsillo de una de las aventuras de Lucky Starr, comprado por mis padres durante un paseo por el Rastro de Madrid.

Pero yendo al tema del artículo, ¿por qué he elegido ¡Mentiroso! de entre la infinidad de relatos que publicó? Pues creo que porque fue el primero en el que me enfrenté al dilema de la autoconsciencia de una IA y su muy humano temor a la muerte.


La historia narra cómo la doctora Susan Calvin se enfrenta a un caso inaudito: un androide que asegura que es capaz de leer la mente humana y, al parecer, podría disponer en efecto de esa capacidad. Una que ningún robot debería poseer. Pero el cerebro positrónico de éste en concreto había sido catalogado como defectuoso y, por tanto, ese funcionamiento "anormal" podría ser la razón de que desarrollase una habilidad fuera de lo común. Hasta aquí, y para quienes conozcan la serie de relatos de Asimov protagonizados por la doctora, la trama se movería dentro de lo habitual ya que  ella siempre atendía casos de IAs con comportamientos extraños.

La parte más interesante del relato llega cuando Asimov desarrolla cómo reaccionan los humanos ante las "revelaciones telepáticas" del androide. Y, muy en concreto, la doctora Susan Calvin. Para los que no estén familiarizados con el personaje, se trataba de una eminencia en inteligencias artificiales, fría y solitaria, centrada en exclusiva en la tarea de averiguar qué podía estar fallando en esos cerebros positrónicos para dar una solución a sus problemas. En la actualidad, podríamos situarla en paralelo con la doctora Temperance Brennan de las primeras temporadas de Bones (sin ser una comparación del todo acertada, pero que podría ayudar). De hecho, creo que fue el primer personaje femenino que se me presentaba como una mujer liberada de los estereotipos de esposa y/o madre. En los relatos imitaba un tanto el procedimiento deductivo de Sherlock Holmes con los androides defectuosos que le presentaban, desplegando sus talentos analíticos para hallar la raíz de sus anomalías. Y sin embargo, en ésta historia Asimov permitió que viéramos un lado de su personalidad muy distinto, que nunca jamás volvería de dejar traslucir. Un momento de debilidad que solo se produjo porque el androide puso en jaque el talento de Susan para enfrentarse al caso con frialdad.

Como es obvio, al final acaba por descubrirse la verdad. Y aunque la primera vez que lo leí no le di muchas vueltas, con el tiempo caí en la cuenta de la importancia que tenía el error de funcionamiento del androide. Y en el hecho de que, al ser consciente de cuál era la consecuencia de lo que le pasaba, su reacción no era sino el recurso de supervivencia de una criatura que no quiere morir. 

martes, 28 de junio de 2016

Cuentos Dispersos (III)

Hoy, el repaso a la inspiración y el proceso de escritura de los relatos que estoy publicando en Facebook se encarga de uno de los primeros cuentos que escribí tras decidir que mi talento artístico debía centrarse en la literatura.

MALDITO PRIMER VIAJE (recuerda que, si no has leído el relato, puedes acceder a él haciendo click en el título)

Este relato nació gracias a un grupo de aficionados a la creación literaria, al cual me uní en los primeros años de pertenencia a Mensa, y que acabé administrando durante una época. En aquel momento se daba la circunstancia de que no era un grupo muy activo, de modo que organicé convocatorias periódicas de relatos cortos que debían versar en torno a un tema prefijado; un sistema que a mí me gusta (quienes me sigan en Facebook ya deben de saberlo), porque suele obligarme a hacer eso que se recomienda en los cursos de escritura: salir de la zona de confort. Y, para el caso que nos ocupa, el tema sobre el cual debíamos inspirarnos era "el primer viaje".

Hace ya bastantes años que lo escribí, y no puedo recordar qué fue exactamente lo que me empujó a idear una trama así; aunque, por otro lado, tengo claro que pensé "este tema va a inspirar historias felices, de tintes melancólicos. Tengo que evitar eso para destacar". Así que me propuse imaginar el peor decorado de un primer viaje que me fuera posible. Y creo que lo conseguí. De hecho, pensando en ello ahora, no sé si habría leído ya La carretera, porque esa podría ser una fuente plausible.

En cualquier caso, la idea final surgió con mucha fuerza, puesto que se convirtió en uno de esos relatos que se escriben "de una sentada"; gracias, sobre todo, a que las imágenes y los sentimientos que deseaba transmitir estaban muy claros en mi cabeza: la desesperación y el dolor por el amor perdido, el momento de caos, y la visión del mar. Porque, eso sí, estoy seguro de que intenté recrear las sensaciones de mi primera vez al ver el mar (debía de tener diez o once años, y sólo lo conocía por la televisión y las fotos), combinadas con escenas de evacuaciones durante la Guerra Civil que habría visto en libros de historia o en algún documental.

A título personal, éste debe ser uno de mis relatos "de primerizo" de los que me siento más orgulloso. No sólo por la intensidad de la historia, si no por servirme como prueba de que podía escribir algo desprovisto de cualquier clase de elemento fantástico, poner el acento en los sentimientos y que el resultado fuese bueno. Con el paso del tiempo, la ficción "a secas" ha ido estando presente más y más en mis escritos, pero no dejo de pensar que éste relato también constituyó un "primer viaje" en mi formación como escritor, enseñándome nuevos caminos sobre los que transitar y dándome confianza para adentrarme en ellos.

Por último, y para saciar la curiosidad de aquellos que puedan haberse quedado con ganas de saberlo, terminará diciendo que el relato fue escogido como el mejor de su convocatoria, mereciendo con ese premio el ser publicado en la revista de la asociación. Dándome de paso ánimos para seguir probando suerte con otros concursos literarios.

Y eso es todo. Hasta pronto y espero que hayáis disfrutado de este artículo. Un saludo.

lunes, 30 de mayo de 2016

Cuentos Dispersos (II)

Ya que este mes ha sido tan escaso en noticias que merecieran redactar un artículo, voy a intentar compensar esa sequía con otra disección de uno de los relatos que he publicado en Facebook (y cumplir así la promesa de que ésta se iba a convertir en una sección fija del blog), y confío en que Junio volverá a tener una actividad normal en cuanto a publicaciones.

MOKU (recuerda que, si no has leído el relato, puedes acceder a él haciendo click en el título)

Es curioso porque, aparte de mi afición a la fantasía, el terror y la ci-fi, se podría decir que también tengo una inclinación natural hacia el drama, o lo melodramático, cuando me planteo historias de ficción "histórica". Y Moku es uno de los ejemplos paradigmáticos de esa tendencia a ver la parte más oscura de nuestra realidad (junto con Maldito primer viaje).

La historia se me ocurrió poco después de ingresar en el grupo de Facebook "Tengo dos minutos. Cuéntame una historia", una propuesta bastante interesante para quienes practican el relato breve (o quieren probar con el formato). El caso es que quise aportar mi granito de arena en el grupo, y me puse a buscar inspiración. Y aunque debo confesar que, en este caso en concreto, no sabría decir de dónde me llegó "la chispa", supongo que no estoy desencaminado si digo que debió ser alguna noticia al respecto de los niños soldados, o algún documental respecto a las guerras en África...

Sea como fuere, decidí enfocar el relato en las horribles condiciones de vida de un niño soldado en África: imaginar el trauma psicológico por el que podría haber pasado, describir esa existencia sin una verdadera infancia, o el endurecimiento mental que les haría asimilar conceptos que son propios de los soldados curtidos, como la cotidianeidad de la muerte. Todo ello mediante un recuento de elementos que, ahora que estoy mirando el cuento con otros ojos, sirve para reducir al propio protagonista de la historia a un número en una ecuación macabra.

El resultado final, por las críticas que me dejaron los lectores del grupo, fue bastante bueno. Como es obvio, no resulta una lectura fácil de digerir; pero la intensidad emocional y el mensaje llegan a la perfección, cumpliendo con su intención principal: remover las entrañas al lector, y hacerle pensar en una tragedia actual (otra de tantas de las que nos hemos acostumbrado a oír noticias e ignorar por completo).

Eso sí (y por desdecirme respecto a lo que comentaba al principio de esta disección), aunque es cierto que, al plantearme historias en nuestra realidad, tiendo a buscar el agitar un poco las conciencias, quien haya leído El muro sabrá que también me gusta recrear esos momentos en que la humanidad hace honor a la palabra. Así que espero que nadie crea que soy un espíritu amargado que vaga por las calles fijándose tan sólo en los peores ejemplos de la naturaleza humana.

Y eso es todo. Por ahora me despido, confiando en poder ofreceros nuevos artículos y noticias a partir de Junio, para mantener un ritmo de publicación más apropiado. Un saludo.


martes, 26 de abril de 2016

De vuelta "al candelabro"

... como diría cierta "celebrity". Y es que la semana pasada recibí la muy grata sorpresa de que uno de mis relatos había sido seleccionado para entrar a formar parte de una nueva antología: Fantasías Populares, organizada por el blog de Giny Valrís, Cuentos de Vaho.

(el diploma que nos hizo llegar la organización a los seleccionados)

Me alegra haber logrado éste éxito, en primer lugar, por volver a recuperar la confianza de cara a seguir presentándome a concursos. Porque, aún teniendo ciertas sospechas sobre cuáles fueron las claves que me dejaron fuera de tantas convocatorias el año pasado, necesitaba un resultado así para confirmar que mi nivel no había decaído. Por otra parte, lo he logrado con un relato cuya extensión está bastante por encima de mi promedio (cerca de 4000 palabras). Y, por último, se trata de una historia de terror contemporánea, de modo que vuelvo a demostrar que no estoy limitado al steampunk o a las ambientaciones decimonónicas (algo que, por otra parte, ya me habían confirmado los lectores beta de la colección de "relatos angustiosos" que estuve puliendo durante el pasado otoño-invierno).

También debo de reconocer que me habría costado tomar parte en la convocatoria, de no ser por el breve curso de escritura que realicé a primeros de año en el Hotel Kafka. Y es que, como "ejercicio final" para el temario de terror, Ismael Biurrún nos había propuesto un relato en torno a las leyendas urbanas (siguiendo algunas de sus indicaciones sobre cómo enfocarlo); de modo que aproveché esa coincidencia para ponerme manos a la obra y matar dos pájaros de un tiro. Y así fue como, al final, logré desarrollar una trama que aprovecha la corriente actual del creepypasta para elaborar un homenaje personal a mi escena favorita del It de Stephen King.


Así pues, espero que pronto aparezca la antología en Lektu y podáis descargaros el libro para leerlo.

Un saludo. 

martes, 19 de abril de 2016

Cuentos Dispersos (I)

Tal y como anuncié en el último artículo de Marzo, este mes sirve para dar inicio a una nueva "sección fija" en el blog, que hereda el planteamiento de los artículos en los que estuve comentando los relatos de Ni colorín, ni colorado: hablar de forma pormenorizada sobre las fuentes de inspiración y el proceso de redacción de uno de los cuentos que he publicado en el pasado.

La razón principal de esta sección es la de complementar a mi página oficial en Facebook, ya que ahí estoy recuperando una serie de relatos que se publicaron años atrás en revistas, webs o recopilatorios, pero que nunca había "diseccionado" con la misma profundidad que lo hice en Cuentos Cuánticos. De esta manera espero ofreceros textos que desconocíais y, de paso, explicaros qué locuras estaban pasando por mi cabeza mientras los escribía. Un ejercicio que también me va a obligar a hacer memoria, ya que unos cuantos de esos textos son fruto de la inspiración del momento...

Y una vez puestos en situación, creo que es el momento de inaugurar de forma definitiva la sección (Para aquellos que no habéis leído los relatos, os recomiendo que pulséis sobre el título del cuento para seguir al enlace y le dediquéis unos minutos antes de pasar al comentario).


Publicado en el foro Abretelibro! allá por 2009, este relato nació como fruto de mi admiración por Terry Pratchett, a quien estaba leyendo casi de forma intensiva por aquel entonces, y muy en concreto por el personaje de Muerte. Por el contenido del texto, es probable que  ya hubiese leído Mort, y cualquier conocedor del Mundodisco podrá ver que la mayoría de elementos de su universo están presentes en los pocos párrafos que componen el relato. La inspiración para su escritura, como no, se encuentra en una anécdota cómica: la degustación de unos dulces traídos por unos amigos de su viaje a China y cómo, al meterme uno en la boca, solo pude pensar que habían sido cocinados por alguien que no sabía realmente en qué consistía la repostería. Eso me acabaría llevando al chiste recurrente de Pratchett sobre la Muerte y su fascinación por los seres humanos y sus costumbres, y esa idea me empujó a elucubrar sobre lo que podría ocurrir si el peculiar personaje de Mundodisco decidiera probar suerte con la repostería. Una forma sencilla de enlazar la escritura con otra de mis aficiones (o vicios, no lo tendría claro).

De todo el proceso de escritura, el más duro sin lugar a dudas fue conseguir acercarme al estilo literario de Terry Pratchett. Aunque me gusta el humor británico, y disfruto muchísimo con los juegos de palabras y los chistes que aparecen en los libros de Mundodisco, imitar una forma de escribir tan particular es muy complicado. Aparte de lo frustrante que puede ser la comedia: lo que a ti te hace mucha gracia mientras escribes, no siempre tiene por qué resultarle igual de hilarante al lector. De hecho, éste es uno de los pocos relatos en los que me he atrevido jamás con este género (a excepción de cierta novela, escrita hace más de veinte años, que quizás algún día me atreva a desempolvar y pulir). Aún así, considero que las bromas del cuento se acercan bastante al modo en que podría haberlo desarrollado Pratchett (y los amigos que leyeron el relato por aquel entonces no le pusieron demasiadas pegas).

En cualquier caso, y sin creer que haya podido alcanzar la genialidad del maestro, Muertelillos es un relato del que siempre me he sentido satisfecho. Tanto por la dificultad de homenajear de forma convincente un universo así de rico, como por las sonrisas que me siguen arrancando algunos de los fragmentos cada vez que vuelvo a releerlo. Y, por otra parte, constituye un buen ejemplo de esta tendencia mía a homenajear de vez en cuando a otros autores que admiro.

Y eso es todo. En próximos meses seguiré comentando el resto de relatos que siga publicando en la página oficial. Así que, si no la seguís aún, os animo a hacerlo e ir leyéndolos. 

Un saludo.

jueves, 17 de marzo de 2016

Los "Cuentos Cuánticos" (16)

Después de seis meses diseccionando las influencias y la inspiración detrás de cada relato de Ni colorín, ni colorado, hoy toca dar por terminado el análisis del libro; e, igual que hice al elegir el primer cuento de la colección para dar inicio a los artículos, también he escogido el de hoy por la posición que ocupa, ya que es el que cierra el libro. En este caso, mi versión alternativa de la Cenicienta.

El primer escollo a la hora de llevarme esta historia a un género literario diferente era la enorme diferencia entre el original de Perrault, mucho más cargado de ingredientes mágicos, y la versión de los Hermanos Grimm, bastante más cruda. Así que hice un trabajo de amalgama, en el que decidí quedarme con los trajes de fiesta que aparecen y desaparecen, pero sin renunciar del todo a los ingredientes más siniestros. Claro que hay pocos universos literarios donde pudiera reconvertir con facilidad esos elementos y, además, no quería buscar la solución en un género que admitiera la magia (entre otras cosas porque, para esta sección del libro, me había propuesto alejarme tanto como pudiera de los géneros de la fantasía). Pero después de darle unas cuantas vueltas, hallé la solución en el cyberpunk, donde la alta tecnología es capaz de obrar hechos milagrosos. Una elección en la que me beneficiaba de mi familiaridad con esta clase de historias, desde el Neuromante de Gibson al Snow Crash de Stephenson, pasando por películas como Ghost in the shell o Akira. De hecho, la descripción con la que arranca el relato combina ese vocabulario estrambótico y excesivo del género (para la cual me inspiré, sobre todo, en el inicio de Snow Crash), junto con la recreación de los distritos como enormes rascacielos masificados que se hizo en la película Dredd. La idea de una sociedad estratificada de forma física según su status (que también había visto en las ciudades-colmena del universo Warhammer 40000) me sirvió a la perfección para definir el mundo distópico en el que imaginaba la historia. 

Otro elemento que tuvo una gran influencia en la concepción de ese universo fue el transhumanismo de Ghost in the Shell, la capacidad para modificar el cuerpo mediante implantes cibernéticos. La carne invadida por metal y microchips. Y, de mi pasado como jugador de rol en esas ambientaciones, extraje la idea de una tecnología en continua renovación, en la que sólo quienes tienen un gran poder adquisitivo pueden mantener su cuerpo mejorado "al día". Todo lo anterior me sirvió para recrear la famosa escena del zapato, respetando además de forma bastante fiel esos elementos que habían desaparecido del cuento infantil actual: la auto mutilación de las hermanastras, y los pájaros acusadores que delataban la conspiración de la madrastra (aunque, eso sí, preferí no incluir la escena en la que ciegan a las hermanastras), culminando el relato con el pasaje más clásico: la revelación de la verdadera identidad de la fregona gracias a una transformación física. 

En cuanto a la opinión de mis lectores "beta" y los críticos, éste relato siempre ha sido un caso curioso (que se repetía con la versión Bradburiana de Caperucita Roja): los lectores poco acostumbrados a la ciencia-ficción suelen tener una respuesta bastante tibia, mientras que los aficionados al género la han disfrutado mucho. Yo, por mi parte, estoy muy satisfecho con el ejercicio de estilo que llevé a cabo al imitar el vocabulario cyberpunk, así como con la combinación de referencias con las que construí el universo de la historia. De modo que, dejándome llevar por mi orgullo, tomé una decisión un tanto arriesgada y lo elegí para convertirse en el colofón del libro, considerando que le daba el final más apropiado a todo el conjunto.

Y eso es todo. Con estas palabras doy fin a mis explicaciones sobre el proceso de escribir Ni colorín, ni colorado, confiando en haber despertado vuestra curiosidad con estos artículos y que os animéis a darle una oportunidad al libro. Y en breve espero confirmar que, aún siendo modestas, las cifras de ventas demuestren que sí ha habido lectores dispuestos a descubrir el destino de sus personajes de la infancia.

Un saludo.


(Ni colorín, ni colorado se puede adquirir en formato físico o digital en Amazon. Y si vives en Madrid y prefieres echarle un ojo antes, pásate por Generación-X Carranza).


(Aquellos que vayan a leerlo, tengan en cuenta la prescripción facultativa del autor: para disfrutar los relatos, no lean más de dos al día. Igual que las bolsas de caramelos, si se lo tragan de una sentada es posible que se les empache).

jueves, 10 de marzo de 2016

Los "Cuentos Cuánticos" (15)

Hoy llegamos al penúltimo de los artículos dedicados a relatar el proceso de escritura de los relatos contenidos en Ni colorin, ni colorado. En este caso, el último de los epílogos a un cuento clásico que faltaba por comentar: Hansel y Gretel. Y, como en la mayoría de cuentos de esta sección, los traumas sufridos por estos niños no auspiciaban nada bueno para sus versiones adultas.

Hansel y Gretel fue uno de los relatos cuyo desarrollo estuvo muy bien definido desde un principio, pues tenía claro que los dos hermanos debían de haber quedado marcados por la experiencia vivida a manos de la bruja en la casa de chocolate. Combinado con el hecho de haber sido abandonados por sus padres, tenía todos los condimentos necesarios para crear a unos adolescentes con las mentes perturbadas a un nivel muy profundo. Teniendo todo esto en cuenta es fácil adivinar que los Hansel y Gretel de Ni colorín, ni colorado alcanzaron cotas de disfuncionalidad enormes. No en vano acabé dibujándoles un perfil de psicópatas similar (por no decir superior) a los que concebí para Pinocho, Pulgarcito y Mowgli, con quienes se disputarían el "honor" de ser los personajes más terroríficos de la colección. Pero también es cierto que, en mi opinión, eran el ejemplo perfecto de un "felices para siempre" imposible en el mundo real.

Dado que el relato original estaba ambientado en algún momento entre el siglo XVIII y el XIX, aproveché esto como escusa para desarrollar el núcleo del conflicto, pues se me ocurrió que no había un punto de vista mejor para narrar la historia que el de un adulto que tuviera que ocuparse de estos dos personajes "perturbados" en un ambiente rural. Una trama que acabó llevándome a escribir una historia de terror, en la que los intereses de los adultos chocarían de forma trágica con el instinto de supervivencia forjado por los hermanos tras sobrevivir al cautiverio con la bruja. 

Según la opinión de mis "lectores beta", el resultado final fue más que aceptable. El retrato psicológico de los hermanos quedó dibujado a la perfección, a pesar de desarrollarse en una de las extensiones más breves del libro, y el terrorífico giro final no dejó a (casi) nadie impasible. Si acaso, esa brevedad que he comentado volvió a ser una de las pocas quejas que recibí. Por mi parte, reconozco haberme sentido muy orgulloso de este relato, ya que ejemplifica tanto el sentido general de toda la colección, como mi propio estilo en el relato breve (en cuanto a extensión y concisión, sobre todo).

Y hasta aquí este artículo, así que toca despedirme y prometeros que pronto publicaré la última "disección" pendiente. 

Un saludo para todos.


(Ni colorín, ni colorado se puede adquirir en formato físico o digital en Amazon. Y si vives en Madrid y prefieres echarle un ojo antes, pásate por Generación-X Carranza).

(Aquellos que vayan a leerlo, tengan en cuenta la prescripción facultativa del autor: para disfrutar los relatos, no lean más de dos al día. Igual que las bolsas de caramelos, si se lo tragan de una sentada es posible que se les empache).


jueves, 11 de febrero de 2016

Los "Cuentos Cuánticos" (14)

Encaramos ya la recta final de esta sección, con los últimos tres relatos de Ni colorín, ni colorado que faltan por "diseccionar". Y siguiendo con la alternancia entre las dos secciones que componen el libro, hoy le toca el turno a lo que mi imaginación fantaseó sobre la versión adulta del muñeco de madera más famoso del mundo: Pinocho

De forma similar a lo que ocurrió con mi versión de El libro de la selva, el relato que se publicó fue el resultado de varias correcciones y modificaciones al texto (aunque menos sustanciales que en el caso de la historia de Mowgli). La idea principal surgió al considerar el origen del personaje: un muñeco de madera que cobra vida gracias a la magia, y que sólo al aprender a ser un buen hijo consigue ser transformado en un niño de carne y hueso. La influencia de la magia en su vida era tan importante que, de seguro, le habría dejado una impronta imborrable. Pero, además, contaba también con el detalle de ser uno de los clásicos más "modernos" que se han escrito, ya que se publicó a finales del siglo XIX. Y , al igual que en el caso del Libro de la selva, decidí que sería una buena idea aprovechar esa época a la hora de ambientar la trama. Aunque, dado que iba a crear una versión adulta, lo que hice fue avanzar un poco en la historia. Y así es como acabé por situar la historia durante la Primera Guerra Mundial.

Desde el principio tuve claro también que quería escribir una historia de terror, de modo que empecé a combinar los elementos que había escogido: el escenario bélico, el personaje cuya vida ha cobrado sentido gracias a la magia, y ese voto de "ser bueno" que le había permitido cumplir con su gran sueño. Un cóctel al que añadí de inmediato el principal componente de varios de estos epílogos: el trauma psicológico. Sólo que, en lugar de buscarlo en su pasado, preferí desarrollarlo como la consecuencia natural de enfrentarse al horror de la guerra (forzando un tanto la situación, pues Collodi no ubicó el pueblo de Pinocho en ningún lugar conocido y el frente italiano se limitó a una pequeña parte del norte del país).

Algo curioso de este relato es que existen dos versiones publicadas. La primera, escrita desde el punto de vista de un soldado herido que busca refugio en su antiguo pueblo, formó parte de una recopilación de relatos de terror. La segunda, recogida en Ni colorín, ni colorado, la escribí al considerar que ese punto de vista no ofrecía la suficiente contundencia. De modo que desplacé la cámara y mudé la voz del narrador para que el lector pudiera ver el mundo desde la enturbiada perspectiva de su anónimo protagonista, que sólo se revela en el momento final. En esa escena procuré condensar la imagen de la locura provocada por un horror inimaginable. Esa lógica imposible con la que la mente de una persona intenta convencerse de que no ha ocurrido nada malo.

El resultado final fue, al igual que con las versiones de Peter Pan o Mowgli, bastante satisfactorio. Su desarrollo consiguió el efecto impactante que me proponía cuando lo redacté. Y, salvo algunas anotaciones por parte de los lectores beta sobre elementos que podían dar pie a confusión, apenas hubo que hacer ningún retoque al manuscrito. Un éxito que se ha repetido después en algunas de las reseñas; aunque, a título personal, debo decir que se queda en la zona "intermedia" de mis favoritos.

Un saludo.



(Ni colorín, ni colorado se puede adquirir en formato físico o digital en Amazon. Y si vives en Madrid y prefieres echarle un ojo antes, pásate por Generación-X Carranza).

(Aquellos que vayan a leerlo, tengan en cuenta la prescripción facultativa del autor: para disfrutar los relatos, no lean más de dos al día. Igual que las bolsas de caramelos, si se lo tragan de una sentada es posible que se les empache).