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jueves, 17 de marzo de 2016

Los "Cuentos Cuánticos" (16)

Después de seis meses diseccionando las influencias y la inspiración detrás de cada relato de Ni colorín, ni colorado, hoy toca dar por terminado el análisis del libro; e, igual que hice al elegir el primer cuento de la colección para dar inicio a los artículos, también he escogido el de hoy por la posición que ocupa, ya que es el que cierra el libro. En este caso, mi versión alternativa de la Cenicienta.

El primer escollo a la hora de llevarme esta historia a un género literario diferente era la enorme diferencia entre el original de Perrault, mucho más cargado de ingredientes mágicos, y la versión de los Hermanos Grimm, bastante más cruda. Así que hice un trabajo de amalgama, en el que decidí quedarme con los trajes de fiesta que aparecen y desaparecen, pero sin renunciar del todo a los ingredientes más siniestros. Claro que hay pocos universos literarios donde pudiera reconvertir con facilidad esos elementos y, además, no quería buscar la solución en un género que admitiera la magia (entre otras cosas porque, para esta sección del libro, me había propuesto alejarme tanto como pudiera de los géneros de la fantasía). Pero después de darle unas cuantas vueltas, hallé la solución en el cyberpunk, donde la alta tecnología es capaz de obrar hechos milagrosos. Una elección en la que me beneficiaba de mi familiaridad con esta clase de historias, desde el Neuromante de Gibson al Snow Crash de Stephenson, pasando por películas como Ghost in the shell o Akira. De hecho, la descripción con la que arranca el relato combina ese vocabulario estrambótico y excesivo del género (para la cual me inspiré, sobre todo, en el inicio de Snow Crash), junto con la recreación de los distritos como enormes rascacielos masificados que se hizo en la película Dredd. La idea de una sociedad estratificada de forma física según su status (que también había visto en las ciudades-colmena del universo Warhammer 40000) me sirvió a la perfección para definir el mundo distópico en el que imaginaba la historia. 

Otro elemento que tuvo una gran influencia en la concepción de ese universo fue el transhumanismo de Ghost in the Shell, la capacidad para modificar el cuerpo mediante implantes cibernéticos. La carne invadida por metal y microchips. Y, de mi pasado como jugador de rol en esas ambientaciones, extraje la idea de una tecnología en continua renovación, en la que sólo quienes tienen un gran poder adquisitivo pueden mantener su cuerpo mejorado "al día". Todo lo anterior me sirvió para recrear la famosa escena del zapato, respetando además de forma bastante fiel esos elementos que habían desaparecido del cuento infantil actual: la auto mutilación de las hermanastras, y los pájaros acusadores que delataban la conspiración de la madrastra (aunque, eso sí, preferí no incluir la escena en la que ciegan a las hermanastras), culminando el relato con el pasaje más clásico: la revelación de la verdadera identidad de la fregona gracias a una transformación física. 

En cuanto a la opinión de mis lectores "beta" y los críticos, éste relato siempre ha sido un caso curioso (que se repetía con la versión Bradburiana de Caperucita Roja): los lectores poco acostumbrados a la ciencia-ficción suelen tener una respuesta bastante tibia, mientras que los aficionados al género la han disfrutado mucho. Yo, por mi parte, estoy muy satisfecho con el ejercicio de estilo que llevé a cabo al imitar el vocabulario cyberpunk, así como con la combinación de referencias con las que construí el universo de la historia. De modo que, dejándome llevar por mi orgullo, tomé una decisión un tanto arriesgada y lo elegí para convertirse en el colofón del libro, considerando que le daba el final más apropiado a todo el conjunto.

Y eso es todo. Con estas palabras doy fin a mis explicaciones sobre el proceso de escribir Ni colorín, ni colorado, confiando en haber despertado vuestra curiosidad con estos artículos y que os animéis a darle una oportunidad al libro. Y en breve espero confirmar que, aún siendo modestas, las cifras de ventas demuestren que sí ha habido lectores dispuestos a descubrir el destino de sus personajes de la infancia.

Un saludo.


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(Aquellos que vayan a leerlo, tengan en cuenta la prescripción facultativa del autor: para disfrutar los relatos, no lean más de dos al día. Igual que las bolsas de caramelos, si se lo tragan de una sentada es posible que se les empache).

jueves, 10 de marzo de 2016

Los "Cuentos Cuánticos" (15)

Hoy llegamos al penúltimo de los artículos dedicados a relatar el proceso de escritura de los relatos contenidos en Ni colorin, ni colorado. En este caso, el último de los epílogos a un cuento clásico que faltaba por comentar: Hansel y Gretel. Y, como en la mayoría de cuentos de esta sección, los traumas sufridos por estos niños no auspiciaban nada bueno para sus versiones adultas.

Hansel y Gretel fue uno de los relatos cuyo desarrollo estuvo muy bien definido desde un principio, pues tenía claro que los dos hermanos debían de haber quedado marcados por la experiencia vivida a manos de la bruja en la casa de chocolate. Combinado con el hecho de haber sido abandonados por sus padres, tenía todos los condimentos necesarios para crear a unos adolescentes con las mentes perturbadas a un nivel muy profundo. Teniendo todo esto en cuenta es fácil adivinar que los Hansel y Gretel de Ni colorín, ni colorado alcanzaron cotas de disfuncionalidad enormes. No en vano acabé dibujándoles un perfil de psicópatas similar (por no decir superior) a los que concebí para Pinocho, Pulgarcito y Mowgli, con quienes se disputarían el "honor" de ser los personajes más terroríficos de la colección. Pero también es cierto que, en mi opinión, eran el ejemplo perfecto de un "felices para siempre" imposible en el mundo real.

Dado que el relato original estaba ambientado en algún momento entre el siglo XVIII y el XIX, aproveché esto como escusa para desarrollar el núcleo del conflicto, pues se me ocurrió que no había un punto de vista mejor para narrar la historia que el de un adulto que tuviera que ocuparse de estos dos personajes "perturbados" en un ambiente rural. Una trama que acabó llevándome a escribir una historia de terror, en la que los intereses de los adultos chocarían de forma trágica con el instinto de supervivencia forjado por los hermanos tras sobrevivir al cautiverio con la bruja. 

Según la opinión de mis "lectores beta", el resultado final fue más que aceptable. El retrato psicológico de los hermanos quedó dibujado a la perfección, a pesar de desarrollarse en una de las extensiones más breves del libro, y el terrorífico giro final no dejó a (casi) nadie impasible. Si acaso, esa brevedad que he comentado volvió a ser una de las pocas quejas que recibí. Por mi parte, reconozco haberme sentido muy orgulloso de este relato, ya que ejemplifica tanto el sentido general de toda la colección, como mi propio estilo en el relato breve (en cuanto a extensión y concisión, sobre todo).

Y hasta aquí este artículo, así que toca despedirme y prometeros que pronto publicaré la última "disección" pendiente. 

Un saludo para todos.


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jueves, 11 de febrero de 2016

Los "Cuentos Cuánticos" (14)

Encaramos ya la recta final de esta sección, con los últimos tres relatos de Ni colorín, ni colorado que faltan por "diseccionar". Y siguiendo con la alternancia entre las dos secciones que componen el libro, hoy le toca el turno a lo que mi imaginación fantaseó sobre la versión adulta del muñeco de madera más famoso del mundo: Pinocho. 

De forma similar a lo que ocurrió con mi versión de El libro de la selva, el relato que se publicó fue el resultado de varias correcciones y modificaciones al texto (aunque menos sustanciales que en el caso de la historia de Mowgli). La idea principal surgió al considerar el origen del personaje: un muñeco de madera que cobra vida gracias a la magia, y que sólo al aprender a ser un buen hijo consigue ser transformado en un niño de carne y hueso. La influencia de la magia en su vida era tan importante que, de seguro, le habría dejado una impronta imborrable. Pero, además, contaba también con el detalle de ser uno de los clásicos más "modernos" que se han escrito, ya que se publicó a finales del siglo XIX. Y , al igual que en el caso del Libro de la selva, decidí que sería una buena idea aprovechar esa época a la hora de ambientar la trama. Aunque, dado que iba a crear una versión adulta, lo que hice fue avanzar un poco en la historia. Y así es como acabé por situar la historia durante la Primera Guerra Mundial.

Desde el principio tuve claro también que quería escribir una historia de terror, de modo que empecé a combinar los elementos que había escogido: el escenario bélico, el personaje cuya vida ha cobrado sentido gracias a la magia, y ese voto de "ser bueno" que le había permitido cumplir con su gran sueño. Un cóctel al que añadí de inmediato el principal componente de varios de estos epílogos: el trauma psicológico. Sólo que, en lugar de buscarlo en su pasado, preferí desarrollarlo como la consecuencia natural de enfrentarse al horror de la guerra (forzando un tanto la situación, pues Collodi no ubicó el pueblo de Pinocho en ningún lugar conocido y el frente italiano se limitó a una pequeña parte del norte del país).

Algo curioso de este relato es que existen dos versiones publicadas. La primera, escrita desde el punto de vista de un soldado herido que busca refugio en su antiguo pueblo, formó parte de una recopilación de relatos de terror. La segunda, recogida en Ni colorín, ni colorado, la escribí al considerar que ese punto de vista no ofrecía la suficiente contundencia. De modo que desplacé la cámara y mudé la voz del narrador para que el lector pudiera ver el mundo desde la enturbiada perspectiva de su anónimo protagonista, que sólo se revela en el momento final. En esa escena procuré condensar la imagen de la locura provocada por un horror inimaginable. Esa lógica imposible con la que la mente de una persona intenta convencerse de que no ha ocurrido nada malo.

El resultado final fue, al igual que con las versiones de Peter Pan o Mowgli, bastante satisfactorio. Su desarrollo consiguió el efecto impactante que me proponía cuando lo redacté. Y, salvo algunas anotaciones por parte de los lectores beta sobre elementos que podían dar pie a confusión, apenas hubo que hacer ningún retoque al manuscrito. Un éxito que se ha repetido después en algunas de las reseñas; aunque, a título personal, debo decir que se queda en la zona "intermedia" de mis favoritos.

Un saludo.



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jueves, 4 de febrero de 2016

Los "Cuentos Cuánticos" (13)

Continuando con la descripción del proceso de escritura de los relatos contenidos en Ni colorín, ni colorado, hoy llega el momento de repasar qué se me pasó por la cabeza a la hora de desarrollar mi versión alternativa de uno de los grandes clásicos infantiles: Blancanieves (del cual recomiendo la lectura del artículo en la Wikipedia, en el que se rastrean los hechos reales que pudieron inspirar a los Hermanos Grimm para la escritura del cuento).

Es este caso, la idea para enfocar la narración estuvo clara desde casi el primer minuto; me bastó con reducir su trama a la historia de una princesa por una madrastra a la que le obsesiona conservar su aspecto para pensar de inmediato en un género muy concreto: el del thriller con psicópata. La única diferencia de entidad con las típicas obras de esta clase residió en la ambientación histórica, que salvo raras ocasiones suelen transcurrir en el siglo XX, y que yo preferí ubicar en la época victoriana (lo cual sirvió para evitar excesivas similitudes con las versiones de Rapunzel y el Soldadito de Plomo).

Por otra parte, pensé que el mejor modo de representar una historia así sería centrarme en el personaje del psicópata. Por eso, el borrador de sinópsis que tenía guardado para el momento en que empezase a escribirlo decía algo así como "el detective se entrevista con la madrastra". Y cuando me puse delante del cuaderno, pensando en cómo plantear la escena, me vino a la mente un ejemplo clásico (por no decir paradigmático): el primer encuentro entre Clarice Sterling y Hannibal Lecter. De modo que me puse a escribir, cambiando el aterrador psiquiátrico por una de esas sórdidas (y aún más aterradoras) cárceles victorianas; rumiando la mejor manera de hacer que la malvada reina pudiera acercarse a esa imagen aterradora de la presentación del doctor Lecter. 

Siendo una de las primeras veces que caracterizaba a una mente trastornada, el resultado fue bastante bueno. Y además me siento orgulloso de no haber creado un clon de Hannibal, si no que logré ceñirme a la idea de villano obsesionado que quería plasmar. Una opinión que me confirmaron las críticas de los primeros lectores, bastante positiva, que coincidían en haber disfrutado con la ambientación del relato y la manera en que se había representado la personalidad desquiciada de la reina (comentarlo aquí sería arruinar el misterio para quien no lo haya leído, pero ha gustado mucho cómo conseguí incluir el espejo mágico dentro de sus delirios). Un logro que me dio la confianza necesaria para enfrentarme con la creación de los psicópatas que han venido después en relatos posteriores.

Y hasta aquí puedo escribir. Así que toca despedirme, prometiendo nuevos artículos para la semana que viene.


Un saludo.


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jueves, 28 de enero de 2016

Los "Cuentos Cuánticos" (12)

Continuando con el repaso al proceso de creación de los cuentos incluidos en Ni colorín, ni colorado, hoy le toca el turno al que, según mis elucubraciones, podría relatar el futuro de otro personaje clásico: Jack, el de las habichuelas mágicas.

Lo más interesante del cuento original es que su protagonista resultaba ser un héroe demasiado ambiguo. La conducta del joven que descubría el hogar de un gigante, se dedicaba a saquear de forma sistemática su fortuna y lo mataba cuando se veía descubierto, no debía de parecer un buen ejemplo con el que educar a los niños. Por eso, cuando Benjamin Tabart publicó su versión del cuento a principios del siglo XIX, incluyó el hecho de que el gigante era el asesino de su padre, de modo que el comportamiento de Jack (pillaje incluido) resultase justificable. Sin embargo, y aunque esta versión fue respetada luego, no hizo olvidar la narración original. De modo que una de las caracterizaciones más exitosas en la actualidad (la que se le hizo en los cómics de la serie Fábulas) lo retrata como un buscavidas irresponsable, dispuesto a timar al prójimo a la mínima oportunidad.

Por mi parte, a la hora de enfocar la narración me decidí (como en el caso del epílogo de Aladino) por ese lado gris de su personalidad; el prototipo de "chico de la calle" que pasa de ser un pardillo a convertirse en un ladronzuelo y tiene un golpe de suerte inmenso. De ahí que su versión adulta esté basada en un personaje de novela negra: el timador endurecido por el paso de los años, hasta el punto de no poder ver a nadie de otra manera que como un objetivo de sus trapicheos, y cuya dilatada experiencia eludiendo a la justicia le ha convencido de que nunca le atraparán. Por otra parte, introduje en el relato un elemento que, por lo visto, sólo aparece en algunas de las versiones en castellano: en lugar de un arpa de oro que suena por sí sola, hablan de una caja de la que sale una moneda de oro (en el cuento que escogí la caja producía una moneda cada día, de modo que actuaba como una gallina de los huevos de oro inanimada). Un tesoro en torno al cual gira también parte de la historia, para describir el mayor de los problemas que le encontraba al personaje: su conducta derrochadora (en la versión de Tabart los robos se producen con años de diferencia, a medida que Jack y su madre agotan las riquezas saqueadas).

Al igual que con la mayoría de relatos de la colección, el mundo en el que se ha hecho adulto Jack está más cerca de la versión histórica que de los coloridos universos de los libros para niños. Por eso, el relato acabó convirtiéndose en la narración de la enésima fuga de Jack para librarse de la ley. Una huida en la que repasamos cuál ha sido el transcurrir de su vida, desde el día en que cortó la planta de judías para provocar la muerte del gigante, hasta esa última carrera por seguir eludiendo las consecuencias de sus actos. Por razones obvias no voy a comentar cuál es el resultado de la huida, pero baste decir que se adecua a ese mundo de estafadores que nos han mostrado películas como Los timadores.

Respecto a la opinión de los lectores beta, hay que decir que sus comentarios me empujaron a reescribir bastantes elementos del manuscrito original. Y, sobre todo, a extenderme en la explicación de ese lapso de tiempo transcurrido entre el final del cuento clásico y este "epílogo". Y aunque sea uno de los cuentos más difíciles de identificar (en mi opinión, tampoco es demasiado conocido en el mundo hispanohablante, salvo por la película de 2013), me considero satisfecho con el resultado final. 

Y hasta aquí puedo escribir. Así que toca despedirme, prometiendo nuevos artículos para la semana que viene.

Un saludo. 



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jueves, 14 de enero de 2016

Los "Cuentos Cuánticos" (11)

Una semana más, vengo a comentar con vosotros el proceso de escritura de otro de los relatos incluidos en Ni colorín, ni colorado. Y cuando ya sólo resta un tercio del conjunto por comentar, le ha llegado el turno al que pudo ser el más complicado de afrontar: el Flautista de Hamelin.

Al leer el relato habrá quien piense que estoy exagerando, porque su breve extensión no debería haberme requerido un gran esfuerzo. Y, sin embargo, existía un escollo difícil de saltar que se me planteó en el mismo instante en que consideré la posibilidad de añadirlo a la recopilación: en el cuento original, el flautista es un personaje un tanto desdibujado: tan sólo se nos dice que es un músico de aspecto pintoresco, para luego convertirse en el vehículo por el que les llega su castigo a los habitantes del pueblo. De hecho, dando nombre al relato, resulta ser el villano del mismo (por más que la gente de Hamelin cometan un delito al no querer pagarle por sus servicios, la venganza del flautista se antoja desorbitada). Todo eso hizo que, a la hora de intentar imaginar cuál podría haber sido su destino con el paso de los años, me encontrara con muy pocos datos sobre su personalidad o motivaciones. Aparte de que, en su papel de "causante de la desgracia", tampoco contaba con la baza de un shock post-traumático con el que jugar. Así que me vi obligado a realizar un ejercicio de especulación, para intentar recrear la clase de persona que podría hallarse bajo esa figura un tanto esperpéntica con la que se le asocia.

Como ya he dicho, el cuento clásico no ofrece suficientes datos para realizar un perfil psicológico del flautista. De modo que acabé por desarrollar tres premisas, haciendo extrapolaciones un tanto aventuradas en base a lo que hace durante el cuento. La primera, que como buen músico ambulante debería de conocer otros instrumentos; lo cual me hizo dotarle de las habilidades de un luthier. La segunda, que tenía algo de inhumano (ignoro si el original evocaría a su público las criaturas faéricas, pero estoy por afirmar que algo de eso habría); así que imaginé que no envejecería al ritmo de la gente normal. Y la tercera, y más importante, fue la inflexibilidad con la que trata las promesas que se le hacen. Sus pactos tienen un poco de los deseos concedidos por los djinns. Y creo que, de todo el universo de los cuentos clásicos, éste es el único personaje al que, sabiendo de quién se trata, nadie osaría traicionar su confianza.

Insisto; sé que las bases de las que partí para redactar el relato no dejaban de ser endebles, pero el hecho es que me ofrecieron un asidero con el que empezar a trabajar. Y cuando empecé a organizar mis notas, la idea que lo centraba todo era esa cualidad misteriosa del flautista: un ser con un poder que los demás no querrían desencadenar, pero al que provocan con su actitud. Y de forma inconsciente acabé desarrollando una historia con no poco de "revival" del original, considerando que la capacidad del ser humano para olvidar las advertencias del pasado acabaría por obligar a este ser a manifestarse. 

Al final el resultado fue bastante positivo, ya que es uno de los relatos que ha recibido mejores críticas. Y supongo que parte de la culpa la tiene su fondo reivindicativo (algo que no había vuelto a aplicar a ninguna historia hasta que redacté el cuento con el que he participado en Supermalia). Un factor que, en la actual situación político-social, despertó simpatías de forma muy especial entre aquellos que se sienten desengañados. Algo que no fue buscado de forma consciente, pero que no deja de respetar el espíritu original del relato.

Y hasta aquí puedo escribir. Así que toca despedirme, prometiendo nuevos artículos para la semana que viene.

Un saludo. 



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viernes, 8 de enero de 2016

Los "Cuentos Cuánticos" (10)

La sección dedicada a los cuentos de Ni colorín, ni colorado continúa su singladura en este año nuevo, y estrena el 2016 hablando de uno de los últimos cuentos clásicos que han pasado por el tamiz de Disney en su conversión a dibujos animados: Rapunzel (y debo decir, a pesar de mi ácida critica a la dulcificación que eso ha supuesto siempre, que es una de mis películas de animación favoritas de los últimos tiempos, por su tono cómico).

Lo cierto es que también  fue una de las últimas incorporaciones a la recopilación. La razón básica es que, cuando repasaba la lista de cuentos clásicos a la búsqueda de "candidatos con los que trastear", éste era uno de los pocos que no sabía muy bien cómo encarar. A pesar de lo truculenta que es la historia original, no se me ocurría ninguna idea con la que plantear otro "epílogo" (aunque ahora creo que, precisamente por ser un relato tan trágico, no era capaz de pensar en un futuro que superase esa crueldad con los personajes). Por eso, decidí que debería afrontarlo desde el punto de vista del cambio de género. Una alternativa que tampoco resultó sencilla de resolver.

Al buscar los posibles paralelismos existentes entre la trama del cuento y los tópicos de algún genero literario, mi primera elección me dirigió hacia el cyberpunk y los mundos virtuales. ¿Por qué? Porque los cabellos de Rapunzel, extendiéndose para permitir al príncipe alcanzar su celda, me hacían pensar en internet. Ahora, haciendo memoria para redactar este artículo, creo que la analogía de los cabellos con hilos de oro fue lo que llevó mi razonamiento por esos senderos tan extraños. Sin embargo, nunca logré desarrollar esa propuesta (aunque me resultaba muy evocadora) y, al escribir una versión cyberpunk de otro clásico, decidí desecharla porque no me interesaba repetir género.

Pero, para entonces, Rapunzel se había convertido ya en una espina que necesitaba sacarme. Tenía que haber una forma de recontar su historia. De modo que seguí buscando esa clave que me orientara en su "trasplante" literario. Y la respuesta, vista ahora en perspectiva, resultaba de lo más obvia: las novelas de espionaje. Rapunzel es una joven con cualidades extraordinarias, cautiva en una cárcel inexpugnable ("detrás de un muro"), y cuyo aspirante a rescatador sufre una tortura terrible por parte de su carcelera. Al pensar en la historia en esos términos, me recordó a las típicas tramas de espionaje durante la Guerra Fría. Esas en las que se hacía necesario rescatar a un genio científico de las garras del malvado comunismo. Y aunque soy más aficionado a las películas que a los libros de esa temática, eso no me amilanó. De hecho, me tomé como un reto el conseguir plasmar por escrito algo que me recordase lo que había visto en películas como La casa Rusia, El topo, o Juego de espías (evitando la tentación de decantarme por una historia "a lo James Bond", que me habría resultado más fácil de desarrollar).

Una vez decidido el concepto sobre el que iba a trabajar, el proceso de escribir fue más o menos sencillo. Para empezar, repasé internet a la búsqueda de información sobre Berlin en la época de El Muro, ya que esa ambientación me parecía muy evocadora del género, al tiempo que iba organizando una trama que respetara suficientes elementos del cuento original para hacerlo reconocible (y que era una de las condiciones que me había autoimpuesto al planear estas versiones).  Por otro lado, como quería representar por escrito una historia de espías alejada de todo el fuego de artificio de los 007 y similares, procuré también que la historia tuviera un tono bastante contenido. Y así fue como tomó forma este relato del rescate de Rapunzel, desde el punto de vista de su caballero-espía.

El resultado final, teniendo en cuenta ese desfase en mi conocimiento del género en su versión escrita y "animada", me parece que es aceptable. Desprovisto de heroicidad épica, el príncipe se transformó en un mercenario y su tortura a manos de la bruja se hizo menos lírica y más "sucia". Eso sí, tuve que añadir alguna pista adicional para ayudar a los futuros lectores a reconocer el cuento original, ya que mi plantilla de testadores me demostró que había sido demasiado optimista al respecto; pero creo que ha resultado un buen ejemplo de lo que puedo dar de sí cuando tomo distancia del vocabulario y los gestos de la pura historia de aventuras.

Y hasta aquí puedo escribir. Así que toca despedirme, prometiendo nuevos artículos para la semana que viene.

Un saludo. 



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jueves, 24 de diciembre de 2015

Los "Cuentos Cuánticos" (9)

Aunque la Navidad ya ha llegado, no quiero frenar el ritmo de publicaciones en el blog. Por eso, hoy os traigo otra "radiografía" de un relato de Ni colorín, ni colorado. En este caso, pormenores y curiosidades en torno al proceso de escritura de mi final alternativo para Aladino.

Este relato, y el que le dediqué a Jack (el de las habichuelas mágicas), tienen varios paralelismos que, de un modo u otro, acabaron llevándome hacia soluciones emparentadas. La figura del pillo que obtiene de pronto una riqueza inmensa, y que así cambia su posición en la sociedad, me hizo pensar en ambos casos en la figura del "nuevo rico". Si se les pone uno junto al otro, debajo de todas las galas volveremos a encontrarnos con Jack el oportunista y Aladino el ladrón del bazar. Ninguno de los dos, a pesar de su picardía innata, me sugería que fueran capaces de administrar el éxito obtenido. De modo que, al pensar en su futuro, supuse que sería esa misma riqueza la que estaría en el origen de cualquier desgracia.

En el caso de Aladino debía manejar además un concepto muy interesante: el hecho de que toda esa enorme fortuna provenga de la materialización de los deseos que él formula. Por eso, el punto básico del que partí a la hora de plantearme el relato fue "¿qué podría ir mal, cuando todos mis deseos se pueden cumplir?". Teniendo eso en cuenta, no parecía fácil imaginar un porvenir oscuro en el horizonte de Aladino. ¿Qué mal sería capaz de arruinar la felicidad que el genio le había otorgado? Pero la solución se podía encontrar con tan sólo replantear la pregunta: ¿cómo reaccionaría alguien a quien se la están haciendo realidad cualquiera de sus deseos, si dejase de conseguirlo? Y por ahí fui logrando dar forma a la historia que acabó llegando al libro.

No quiero explayarme demasiado en la descripción de la trama, porque podría estropearle el final a los posibles lectores que lo aborden en el futuro. Tan sólo añadiré que este Aladino maduro me llegó como una persona amargada y rencorosa, olvidado ya su espíritu heroico (de nuevo, como alguna amistad insinuaría, dejando que me influya mi vena pesimista respecto al futuro de quien obtiene un poder que no está preparado para manejar). Aunque, a la hora de plantearme el conflicto final, sí tuve que dar algunas vueltas en torno a las motivaciones que habían llevado a mi personaje hasta allí. Como suele ocurrir a veces, había partido de una idea un tanto vaga a la hora de construir los traumas internos, y en el momento culminante necesitaba concretarlos para que el lector comprendiese bien la transformación del personaje. Pero, dadas las inexistentes quejas al respecto, me considero bastante satisfecho con la solución que encontré.

En cuanto a la redacción del relato, comentar sobre todo el particular empeño que me tomé a la hora de escribir el párrafo inicial de la historia. Dado que no quería mostrar de un modo explícito la ambientación exótica del relato original, procuré crear un texto capaz de ir sugiriendo al lector las imágenes de ese lejano oriente de cuento; todo mediante esa introducción, concebida como un trayecto "sensorial", para lo cual me inspiré en un ejercicio de estilo de un taller literario que consistía en hacer un recorrido por un mercado medieval. Como una curiosidad adicional diré que, teniendo en cuenta el esfuerzo que estaba realizando entonces por reducir las florituras lingüísticas al escribir, ahí se puede encontrar una de las pocas concesiones que me dí para dejar rienda suelta a mi vena poética. Pero es que la ocasión me pareció totalmente propicia. 

El resto de la historia, y aquí me tocará ya empezar a hablar de críticas y sugerencias de los lectores, se construyó a través de ese habitual juego de insinuaciones y sugerencias que me suele gustar poner en práctica. Una táctica que tuvo bastante éxito, porque sé de primera mano que más de uno tuvo dudas sobre la identidad real de los protagonistas. Aunque también recibí alguna queja por la brevedad del relato. Como siempre, porque deseaban que echase un poco hacia atrás la cámara con la que estaba enfocando ese mundo "sugerido" y les mostrase una visión de conjunto mucho mas amplia. Aparte de eso, los lectores beta se limitaron a señalar algunos detalles en la trama que resultaban confusos, o que provocaban incongruencias en el texto, pero no hubo que hacer grandes cambios para llegar a la versión final que podéis leer ahora.

Y hasta aquí puedo escribir. Así que toca despedirme, prometiendo nuevos artículos para la semana que viene, y desearos una muy feliz Navidad a todos.

Un saludo. 



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jueves, 17 de diciembre de 2015

Los "Cuentos Cuánticos" (8)

Continuando con esta particular sección del blog, llegamos hoy al artículo que supone su ecuador. Espero que, hasta ahora, os esté resultando interesante y que la sigáis disfrutando durante los ocho episodios que aún faltan por publicar. En este caso, y para no enredarme por más tiempo en este soliloquio, el relato del que quiero hablar es La sirenita (en la que decidí que sería su versión "de género" más acertada). 

Dado el final trágico de la versión clásica (la sirenita muriendo y transformándose en espuma de mar), era obvio que este cuento no daba pie a pergeñar ningún epílogo que pudiera recuperar a su protagonista. Pero la búsqueda de un género literario en el que encajase su trama resultó de lo más sencillo. Al fin y al cabo, bastó con preguntarme "¿quién podría escribir la historia de un ser que sale de las profundidades del mar y busca el corazón de un hombre?", y la respuesta apareció casi al instante: H. P. Lovecraft. 

Escribir el relato no fue tan sencillo. En un principio, estuve barruntando la manera de que esta sirenita se ajustase a las características de alguna de las criaturas malévolas, de origen marino, que pueblan los relatos del "genio de Providence". Sin embargo, no había ninguna solución que me dejase satisfecho. Y, de hecho, me temo que el tono del relato sólo se ajustó cuando me senté y empecé a escribir; porque, de forma un tanto inconsciente, aquella historia acabó por recordarme a uno mis relatos favoritos de Lovecraft: El extraño.

También debo reconocer que, más que un relato de terror, en su mayoría se desarrolla bajo un clima de melancolía que impide hacer un paralelismo directo con el autor homenajeado. Pero una vez terminado, me gustaba tanto el resultado que no pude desecharlo; de modo que procuré hacer retoques para acentuar las "pistas" sobre quién había sido mi inspiración. Es por eso que, aunque me alegra leer los comentarios de quienes me dicen que les ha conmovido, en mi interior lamento no haber ofrecido un homenaje mejor a este puntal del terror gótico.

Lo curioso es que se ha convertido también en el relato que, según mi principal "lector beta", marcó un cambio evidente en mi estilo de redacción. A pesar de haber utilizado protagonistas femeninos en otras narraciones, éste le pareció mucho más increíble y consistente. No sólo porque estuviera escribiendo desde su punto de vista si no, también, porque se expresaba de un modo más apropiado. Porque había conseguido meterme en la psicología del personaje y reflejarla en el texto. Algo que, si no me he equivocado, ha colaborado a que el trágico final de la historia halla causado alguna lágrima que otra.

Al igual que otros relatos, y como ya he dicho con anterioridad, el primer borrador no sufrió demasiados cambios después de pasar por los lectores beta. Salvo correcciones de fallos menores, no hubo apenas sugerencias. Aunque, de haber pedido que lo calificasen por su proximidad al ciclo de Los mitos de Cthulhu, es probable que la satisfacción hubiese sido menor...

En cualquier caso, y a pesar de las "carencias" que yo le encuentro, reconozco que le tengo cariño y algún día, en un futuro cercano, espero poder redactar una versión "mejorada", con la que acercarme más al propósito con el que inicié la redacción del manuscrito original.

Y eso es todo por hoy. La próxima semana espero traeros un nuevo artículo para esta sección, e ir afrontando su inevitable final durante el primer trimestre del año que ya casi está aquí.

Un saludo. 



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(Aquellos que vayan a leerlo, tengan en cuenta la prescripción facultativa del autor: para disfrutar los relatos, no lean más de dos al día. Igual que las bolsas de caramelos, si se lo tragan de una sentada es posible que se les empache).

jueves, 10 de diciembre de 2015

Los "Cuentos Cuánticos" (7)

Hoy toca un nuevo episodio de esta sección, en la que repaso el proceso creativo de los cuentos de Ni colorín, ni colorado. Y, aunque parezca mentira, ya casi han desfilado la mitad de ellos por aquí. En este caso, y siguiendo con la alternancia entre "epílogos" y "cuentos reubicados", vuelve a ser el turno de hablar sobre las ideas que me pasaron por la cabeza a la hora de imaginar un final menos alegre para otro cuento clásico. Así que he elegido uno de los que estoy más orgulloso: El Sastrecillo Valiente.

El camino que seguí para imaginar cómo habría sido la vida del Sastrecillo, después del final canónico, fue muy similar al del epílogo de Peter Pan: plantearme cuáles serían las consecuencias a largo plazo de sus hechos. Una idea que surgió casi de inmediato, además: en un mundo poblado por verdaderos gigantes, ¿cómo reaccionarían si alguien se dedicara a matar a los suyos? Y, si hay un relato en el libro que (en mi opinión) ejemplifique los finales trágicos de una forma más contundente, es éste.

Repasando ahora el concepto y la forma en que lo desarrollé, debería decir que lo que escribí se corresponde en parte a un western crepuscular. Al fin y al cabo tengo a un héroe que rehuye el pasado que le hizo famoso, ocultando su identidad al resto, y a un villano que llega para obligarle a empuñar de nuevo las armas. Y aunque este sastrecillo no alcanza el nivel del William Munny de Sin Perdón (una de mis películas favoritas de todos los tiempos), comparte con él bastantes cicatrices emocionales y ese "talento para matar" que los ha permitido sobrevivir tanto tiempo. Un aire trágico/melancólico que comparte, también, con el epílogo de Peter Pan; sólo que aquí no quedó hueco para un final esperanzador. Desde el mismo principio del relato estuvo teñido de sombras y, si acaso, será tarea de los lectores el imaginar al protagonista cabalgando hacia el sol poniente en el horizonte.

Aunque ya he dicho que éste es uno de mis relatos favoritos, no puedo negar que también estuvo entre los preferidos de los lectores beta. Salvo notas ortográficas o fallos menores, la única observación que me hicieron estuvo relacionada con la escena final. En esta ocasión, para sugerirme la posibilidad de extenderme en el momento del "duelo al sol" y hacer un repaso más extenso de las trágicas circunstancias en que ha ido cimentando su leyenda el héroe. Pero, por más que lo pudiera pensar, soy de la opinión de que es bueno dejar al lector que rellene los huecos con la información que se le ha dado. Así que no quise alargar un cuento que, tal y como estaba, me parecía suficientemente "redondo".

Y eso es todo lo que puedo contar. Así que os emplazo a volver la semana que viene para leer alguna anécdota sobre otro de los componentes de Ni colorín, ni colorado, y espero que animaros a pasearos por sus páginas.



Un saludo.



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jueves, 3 de diciembre de 2015

Los "Cuentos Cuánticos" (6)

Una semana más, toca escoger uno de los relatos de Ni colorín, ni colorado y desvelaros confidencialidades respecto a su creación. Hoy, repasando la lista de cuentos que adapté a otros géneros literarios, me he decidido por una de las rara avis de la colección: El libro de la selva.

Desde luego, seguro que habrá unos cuantos que me dirán que esta historia no es un cuento clásico "en sensu estricto".  y con razón. Pero, si me fijé en él, fue precisamente porque cualquier duda respecto a su naturaleza literaria se debe a la versión animada de Disney. Considero que este es uno de los casos evidentes en que una obra pasa por el "taller de chapa y pintura" del estudio, y a partir de ese momento se le coloca la etiqueta "para niños"; de tal modo que cualquiera de esos pequeños queda convencido de que la historia edulcorada que han visto es justo la que encontrarían en un libro.

Por eso, me interesaba recuperar el principio básico del relato; el niño salvaje criado entre lobos, y quise llevarlo al extremo. Lo cual hizo que me acordara de un texto previo, redactado para formar parte de un proyecto de novela de terror que nunca llegó más allá. Una historia en la Guerra del Pacífico donde un grupo de soldados se veían enfrentados a un monstruo horrible. Por aquel entonces el relato ya había pasado por un par de reescrituras, y formaba parte del grupo de "textos a aprovechar en concursos". De modo que lo saqué del cajón y comencé a hacer las correcciones necesarias para adaptarlo a la idea que tenía en mente.

De todas las modificaciones, la mayor de ellas afectó al momento histórico en el que tenía lugar. Decidí retrasarla hasta la época del Imperialismo Colonial, porque mi primera intención fue desarrollar la historia como un "epílogo" al cuento original. Después de todo, ese Mowgly siguiendo un impulso de atracción hacia los humanos y olvidando a los animales no era más que una manera de establecer la superioridad de lo civilizado sobre lo salvaje. Y yo estaba pensando en otros ejemplos más realistas de niños criados en la naturaleza (El pequeño salvaje, de Truffaut, en concreto), aunque sin olvidarme del tono de una novela de terror. Y como algún lector de las versiones previas me había señalado que "los monstruos dan más miedo si en realidad son humanos", procuré trabajar sobre el concepto de un Mowgly adulto. Un señor de la selva, desprovisto de todas las características bondadosas de un Tarzán. Una criatura dispuesta a matar para expulsar de su hogar a los invasores.

En la presentación del libro, Juan Antonio Román apuntó que el relato le había recordado al Aliens de Cameron. Y teniendo en cuenta mi admiración por esa película, no sería de extrañar que hubiera influenciado en mi narración. Desde luego, el ambiente claustrofóbico y cierta ambientación "alienígena" no le falta al relato. Aunque también ha habido quien, queriendo hilar más fino las comparaciones cinematográficas, le saca un mayor parecido con el primer Depredador (del cual también soy fan, para qué vamos a negarlo). 

Una vez acabado, sin embargo, se me planteó un gran problema: dónde ubicarlo. Mi primera intención, como ya he dicho, fue convertirlo en un epílogo. Pero esta idea chocó con el hecho de que su lenguaje no era el de un cuento clásico, como ocurría en los demás relatos. Al final, había resultado más bien como una versión oscura y retorcida del cuento de Kipling. Una novela de terror en la época victoriana. Y debido a eso fue por lo que acabó entre los Reflejos del espejo cuántico. 

En cuanto a la opinión de los lectores, poco tengo que contar, ya que este ha sido uno de los cuentos que mejores críticas ha cosechado desde el principio. Aunque ese éxito deviene con total seguridad de las sucesivas reescrituras y pulidos que traía de antes. Si acaso, hubo quien me pidió cambiar el final por uno menos abierto (algo complicado, dado que es una solución que empieza a ser parte de mi estilo). Pero, por otro lado, debo confesar que no es uno de mis favoritos. Más allá del normal orgullo que todos sentimos cuando sabemos que a alguien le ha gustado una obra que has creado tú, no le doy mayor importancia. Y supongo que eso se debe a que no me supuso el mismo esfuerzo creativo de otros relatos, a los que sólo pude ponerles el punto final después de estrujarme las neuronas.

Y eso es todo. Espero que os haya resultado interesante, y os emplazo a seguir descubriendo cómo fue el proceso de escritura de Ni colorín, ni colorado.

Un saludo.



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viernes, 27 de noviembre de 2015

Los "Cuentos Cuánticos" (5)

Continuando con el repaso a los relatos incluidos en Ni colorín, ni colorado, esta semana le toca el turno a otro de los clásicos que pasó por el dulcificador prisma de Disney: La Bella Durmiente.

El mayor problema al que me enfrenté con este cuento fue el tono del mismo, que siempre me ha parecido bastante anodino (sobre todo en la versión animada, aunque los elementos "escabrosos" del relato clásico llegaban a lo excesivo). Eso, aparte del hecho de que la princesa resulte ser un personaje tan pasivo (debe haber pocos ejemplos tan literales de "princesa indefensa, aguardando la llegada de un príncipe que la rescate"). Y aunque Maléfica haya sido una de las villanas más interesantes de la historia, centrarme en ella habría ido en contra del espíritu de estos "epílogos". Por eso, y por otras razones que luego expondré, fue uno de los cuentos que más tardé en lograr acometer.

Como ya he dicho, no encontraba ninguna característica en la protagonista que me diera pie a hacer elucubraciones sobre el devenir de su vida después del final "canónico". Y lo más probable es que, si no hubiera desarrollado el concepto de los cuentos "reubicados en otro género", habría acabado por olvidarme de él. Pero una vez escritas las versiones de Caperucita Roja, Pinocho y el Soldado de Plomo, decidí enfocarme en esa perspectiva. Lo cual me llevó a la siguiente asociación de ideas: si la maldición de la bruja decía que la princesa iba a morir, el hechizo posterior del hada se podía considerar que la convertía en una no-muerta. De modo que estuve bastante tiempo barajando la posibilidad de crear un escenario en el que la princesa fuera el "paciente cero" de un apocalipsis zombie.

Sin embargo, este planteamiento solo me ayudó un poco. La idea me atraía, sí, pero no lograba encontrar una forma adecuada de plasmarlo. Hasta que, durante un viaje, se me ocurrió respetar ese trasfondo de mundo mágico y plantear la historia en torno a los principios que dictaba la maldición. De hecho, ateniéndome a la afirmación de que el poder de Maléfica era demasiado grande como para anular su conjuro, se podía decir que el hechizo del hada solo atenuaba la maldición. Que su capacidad para impedir que la princesa permaneciera muerta se basaba en la condición que la propia hada había impuesto para que surtiera efecto: recibir un beso de amor. Y conociendo lo voluble del espíritu humano ¿cuánto tiempo podía durar vivo el amor del Príncipe? De modo que, con esto en mente, redacté el cuento al fin (aunque, como dice un amigo mio en tono jocoso, lo que realmente me inspiró el relato, fueron mis malas experiencias con relaciones fallidas y la consiguiente desilusión en el amor romántico).

Lo malo fue que el resultado acabó siendo una especie de híbrido entre los conceptos de "epílogo" y "cuento reubicado". Una confusión acrecentada por el hecho de estar ambientado en un mundo de fantasía clásica, pero plantear un final nada ortodoxo. Algo que ahora achaco a esas dudas respecto a a su planteamiento. Y, de esto soy aún más culpable, por incorporarlo a la sección de "epílogos" buscando mantener un equilibrio entre el volumen de relatos en ambas partes del libro. De todo lo cual solo he sido consciente a medida que podía recibir los comentarios de más y más lectores. Incluidos los "lectores beta", claro está, que en este caso, como se puede suponer, me habían hecho observaciones de lo más diversas. Pero como quiera que la mayoría de sugerencias se centraron en clarificar el cuento al que hacía referencia y a repasar el final, consideré que el problema se limitaba a ese campo. Y sólo ahora he empezado a pensar si no debería haber incluido este relato junto a las demás reescrituras de cuentos clásicos. ¿Quizás en una próxima edición?

En fin, que este fue un cuento que me costó sacar adelante, y por eso lamento no haber obtenido un resultado más redondo. Aunque, desde luego, no dejo de pensar que es una idea válida. Sobre todo porque sé que, cuando el lector no ha sufrido esas confusiones, el relato ha funcionado tal y como yo esperaba.

Eso es todo por hoy. La semana que viene seguiré acercándome al ecuador de esta sección, y procuraré entreteneros con la disección de cómo redacté otro de los relatos.

Un saludo.



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viernes, 20 de noviembre de 2015

Los "Cuentos Cuánticos" (4)

Una semana más, continuo con el repaso a los cuentos de Ni colorín, ni colorado. Y hoy vuelve a tocarle el turno a la sección de clásicos reelaborados. En este caso, a uno de los más tristes que se me pueden venir a la memoria: El soldadito de plomo, de Hans Christian Andersen.

Mi decisión de trasladar el cuento al género de la novela negra se basó en el mismo razonamiento que utilicé para la mayoría de los demás relatos: ¿qué elementos de su trama son típicos de algún género literario? Y aquí tenía a un héroe con problemas, una artista deslumbrante pero atrapada en una jaula de oro y, sobre todo, a un villano despiadado, dispuesto a cualquier cosa para mantener todo ese mundo (y a la dama) en su poder. Esa idea del tirano que controla con mano de hierro el destino de la bailarina me llevó de forma directa al tópico de los jefes mafiosos de película y a las "pupilas" bajo su protección, actuando en siniestros teatros de vodevil. Y una vez decidido que ese cuento era material de una historia policíaca, sólo restaba lo más "fácil": escribirlo.

Bien es cierto que, tal y como hice con algún otro relato del libro, en este caso reaproveché algo que ya tenía escrito para dar forma a la historia. Pero la tentación era enorme, dado que ese relato previo era un ejercicio de estilo en el que había experimentado con el vocabulario y la naturaleza de la novela negra. Y justo porque estaba planteado bajo la inspiración de las viejas películas de detectives fue por lo que heredó a un narrador protagonista, en la piel del típico antihéroe habituado a moverse por los bajos fondos, que se ha visto involucrado en un asunto muy turbio y peligroso. Quizás por todo ese cúmulo de circunstancias es por lo que, en cierto modo, se puede decir que éste es uno de los pocos relatos de la colección que tiene un final "feliz". Algo que también heredó del manuscrito original, donde un apaleado detective confesaba al lector sus conclusiones sobre el caso que había estado llevando entre manos.

En cuanto a las sugerencias y observaciones de los "lectores beta", reconozco que se reprodujeron los comentarios respecto a las dificultades para reconocer el cuento original (lo cual, en esta ocasión, sí me extrañó, pues las referencias parecían muy claras y evidentes). Aparte, me señalaron también que la multitud de motes entre los gangsters podía dar pie a confusión, e incluso el hecho de que su narrador protagonista tenía ciertas similitudes con el de otro de los relatos. Problemas que fui subsanando en la medida en que me resultó viable sin desviarme de mi visión inicial (la posible dificultad de identificar el cuento, por ejemplo, decidí mantenerla, ya que ese juego de ocultación con el lector había acabado formando parte del conjunto de relatos).

El resultado final me satisfizo, a título personal, porque lo considero un acercamiento bastante acertado a un género, el policíaco, que no suelo transitar en mis narraciones. Por lo tanto, me planteó el reto de "salir de mi zona de confort" creativa. y, como ya he dicho, creo que logré hacerlo de forma exitosa. Y poco más puedo añadir sobre el proceso de escritura de este relato, así que os invito a volver la semana que viene y descubrir qué locuras me pasaron por la cabeza mientras escribía otro de los relatos de Ni colorín, ni colorado. 

Un saludo.


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