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lunes, 29 de junio de 2026

El consentimiento, de Vanessa Springora

Aquí estoy, dispuesto a cumplir la promesa que hice en mi anterior publicación, con la reseña de mi última lectura (que vino motivada por el club de lectura en el que participo): la polémica obra auto biográfica de Vanessa Springora, que sirve de testimonio de sus experiencias como adolescente seducida y abusada por un famoso autor en la Francia de los años 80.

Una descripción breve y sucinta de la obra es que se trata de un texto poco extenso, que se lee con facilidad y rapidez, a lo largo del cual la autora describe su situación familiar previa a conocer a Gabriel Matzneff (que en el libro es referido como M) un escritor 36 años mayor que ella, cómo fue seducida por él y acabó teniendo una relación romántica a la que accedió su madre y, por último, describe la degradación de la relación y de ella misma como persona cuando la realidad de la situación la desbordó, así como la aparente obsesión que ha mantenido el susodicho Matzneff por recuperar el trato con ella.




El título de la obra tiene un significado mucho más elevado de lo que podría parecer. El consentimiento constituye un pilón principal en torno al cual se articula no solo la realidad de esa sociedad en la que ocurren estos hechos, sino también la causa principal de auto culpabilidad de la protagonista y de otras víctimas del depredador de adolescentes.  

Y es que, sin restar importancia a la culpabilidad obvia de un depredador sexual que, según sus propias declaraciones, gozaba practicando el sexo con menores (a lo largo de los años publicó múltiples obras en las que se vanagloriaba de estas "hazañas"), la autora habla de cómo en la Francia de esos años existía un debate (que ha llegado hasta nuestros días) alrededor de cómo tratar legalmente las relaciones entre menores y adultos, especialmente porque el país establecía en ese momento los 14 años como la edad a partir de la cual un individuo podía ejercer su consentimiento para tener relaciones sexuales con otra persona. Y, por otro lado, se menciona la importancia de los intelectuales franceses herederos de los movimientos del 68, y de esa mentalidad que se regía por la máxima del "prohibido prohibir", entre los cuales estaba el propio Matzneff (y que promovió en 1977 la publicación de una carta a Le Monde y Libération, respaldada por muchos de estos intelectuales, en la que se solicitaba clemencia con los abusadores y la despenalización de las relaciones sexuales "consentidas" entre adultos y menores). Ese ambiente cultural se refleja en la aptitud que toma el entorno de adultos alrededor de Springora y el propio Matzneff: la madre acaba por aceptar la relación entre ambos cuando la descubre (llegando a escenas kafkianas como la que relata la propia autora, en las que la pareja cenaba junto con la madre con la más absoluta normalidad), y el círculo de amigos del escritor parece no haber hecho nada para evitar que prosiguiera.

La otra vertiente de este eje en el libro es el de la incapacidad de una menor para asimilar el hecho de estar siendo la víctima de lo que está pasando. Springora insiste en cómo su vehemencia a la hora de defender su amor (que provocó la decisión de su madre de permitir la relación) y su determinación al permitir que Matzneff la convierta en su pareja (aún sin saber realmente a dónde la están llevando esas decisiones), se convirtieron en el látigo con el que fustigarse después cuando descubre el terrible escenario en el que se ha metido. Puesto que, como "consentidora", le resultó muy difícil durante años el asimilar que realmente su decisión no había sido tan libre ni tan mesurada como habría debido serlo. Que las palabras de un adulto son capaces de retorcer la percepción de la realidad de un adolescente para que lleve su razonamiento hacia donde quiere dirigirlo. Un proceso que le resultó aún más complicado de superar, puesto que su historia con Matzneff fue hecha pública por él a lo largo de varias publicaciones durante los años posteriores. Obras en las que ella (así como otras de las "afortunadas" jóvenes que logró seducir) siempre fue retratada como una adolescente deseosa de descubrir el sexo con un adulto y cuya incapacidad para aceptar tan "elevado regalo" la hizo adoptar una postura recalcitrante en contra del gran intelectual. Una pesada carga mental que ella misma menciona como culpable de la imposibilidad para tener relaciones sentimentales normales durante la mayor parte de su vida.

En definitiva, El consentimiento constituye una obra de breve extensión pero cuya lectura puede darnos en qué pensar durante mucho tiempo, tanto por el contexto en el que se produjo esta atrocidad como por el hecho de que se produjo en un contexto "legal" (lo cual tampoco es cierto, pues Springora aún no tenía esos 14 años que la ley exigía para considerar que su relación era consentida).  

jueves, 25 de julio de 2019

Mitos que se tambalean: Orson Scott Card

Si habéis sido de los afortunados que acudisteis al último Festival Celsius, estáis al tanto de lo que se comenta en el universo fandom y/o seguís en redes sociales a autores del mundillo, es más que probable que tengáis conocimiento de la reciente polémica que ha suscitado el anuncio, por parte de la organización del festival, de su invitación a Orson Scott Card para formar parte del plantel de autores del año que viene. Tal hecho, que en primera instancia parece que debería ser motivo de regocijo para quienes tuvieran previsto acudir a Avilés en 2020, ha caído como una bomba entre un amplio sector de autores y lectores (entre los cuales me incluyo).

La razón para esta inesperada incongruencia proviene de un aspecto ajeno a la creación literaria (aunque quizás no, según me han dado a entender las declaraciones de algunas personas): las convicciones religiosas de Card. Yo, como muchos otros lectores, apenas tengo referencias sobre la vida personal de la mayoría de autores que he leído, y pocas veces indago en ella; de hecho, desconocía que Card era mormón hasta que el tema surgió durante el debate que hicimos en mi club de lectura al respecto de El juego de Ender. Un detalle que en aquel momento no me pareció más que pintoresco, pues no había percibido ningún intento de pontificar en las obras que conocía de él (los dos primeros libros de la saga de Ender). Sin embargo, el anuncio de su posible presencia en el Celsius 2020 ha desvelado algo totalmente desconocido para mí (y sospecho que para un@s cuant@s despistad@s más): la activa militancia de Orson Scott Card en contra de la homosexualidad.


Mentiría si dijera que, en primera instancia, no consideré que podía tratarse de una reacción exagerada contra los ideales religiosos que pudiera haber vertido en alguna de sus obras. Teoría que debí desechar de inmediato en cuanto empecé a consultar información al respecto en internet. Así es como he descubierto, con seis años de retraso, una serie de artículos muy reveladores publicados en la época del estreno en cines de El juego de Ender, y que me habían pasado inadvertidos por completo. De ellos, éste sirve como botón de muestra de los problemas que ya entonces estaba teniendo con la opinión pública y el sector homosexual. Pero, para aquellos que se defiendan en inglés, os dejo también el enlace al artículo que escribió en 1990 en contra de la derogación de una ley "sobre la constitucionalidad de la sodomía en el ámbito privado" (estoy traduciendo de forma libre), en el cual carga contra los homosexuales (en especial contra los que se declaran mormones), y se defiende de las acusaciones de homófobo apoyado en las críticas de quien le acusó de ser pro-gay por usar personajes homosexuales en El maestro cantor y Las naves de la tierra (a pesar de que, literalmente, en el artículo advierte de que cualquier adulto debería de renunciar a los apetitos sexuales "contra natura", y mostrarse en contra de cualquier equiparación legal de las parejas homosexuales con su contrapartida tradicional, o la posibilidad de enseñar a los niños que la homosexualidad es una opción aceptable y normal en la vida).

Por supuesto, a la luz de estas declaraciones comprendo el malestar de la nutrida comunidad LGTBI (tanto autores como lectores de género) que visita el festival. En un momento en que la creación literaria ha empezado a dar pasos para escapar a la corriente patriarcal que la ha dominado desde el inicio de los tiempos, otorgando mayor visibilidad y relevancia tanto a personajes femeninos como a las diversas identidades sexuales posibles, no parece muy acertado llevar a ese foro a alguien que podría utilizar su estrado para reivindicar esas posturas retrógradas (Rodolfo Martinez ha comentado ayer su experiencia con Card en la Hispacon 1997, cuando una brillante charla sobre la concepción de la realidad del mundo acabó derivando en un discurso a favor del Creacionismo, mientras que otros autores han recordado que algunas de sus obras están próximas a considerarse apología de la ultraderecha). Y, teniendo en cuenta que éste mismo año ya se lanzó una pulla desde el público, reclamando mayor protagonismo a los personajes no heteronormativos, en una mesa tan poco sospechosa de continuísmo patriarcal como la compuesta por Kameron Hurley, John Scalzi, Anna Starobinets, Brandon Sanderson y demás... no sé hasta qué punto se estaría jugando con fuego al poner a Card ante los micros del auditorio de Avilés.

A título personal, y retomando el título del artículo, estos descubrimientos han hecho tambalearse a uno de mis mitos literarios. No tanto por su producción en general, como por la obra que (creo) le había hecho ganarse más adeptos: El juego de Ender. No sé si comparto experiencia con muchos admiradores de ese libro, pero yo lo leí en la adolescencia y no pude sentirme más identificado con el protagonista. Mi lista de amigos en aquella época podía contarse con los dedos de una mano, era demasiado listo, no compartía ninguna afición con mis compañeros de clase (salvo quizás, la lectura de cómics y alguna serie de televisión) y en el colegio había sufrido continuas "bromas" (hoy quizás ubicables en la frontera del bullying) por parte de algunos de mis compañeros de curso. Empatizar con Ender, en ese contexto, fue muy fácil y supongo que, para la mayoría de lectores que lo descubrieron a esa edad, el efecto debió de ser similar. Era un ejemplo de resiliencia para todos los que se sintieran menospreciados e incomprendidos, enfrentados a un mundo cuyas reglas, desde la perspectiva de un quinceañero, son injustas y arbitrarias. En mi caso, estoy bastante seguro de de que me sirvió para entenderme mejor que cualquier libro de autoayuda. Y por eso me resulta especialmente difícil renegar de él, aunque no veo ninguna forma de reconciliar lo que sé ahora con lo que pensaba en el pasado. 

La conclusión final a todo esto puede ser que, sin proponérselo, Orson Scott Card se ha convertido en el enemigo insector para una generación de autores y lectores, dispuestos a llegar al final del juego para ganar la guerra por reivindicar sus propias identidades.


P.D: Mis sinceras disculpas si he usado el término "identidad sexual" de forma incorrecta en algún momento del artículo.

miércoles, 8 de mayo de 2019

El poder de las reseñas (otra vez)

Hace ya un tiempo, en el artículo El valor del elogio, comentaba lo importante que es para cualquier escritor que se hable de su obra y, centrándome en que fuera de utilidad para nuevos escritores, les advertía sobre los problemas que suponía hacer promoción de tu obra a través de los blogs. Insistiendo (y aún debo hacerlo) en que ésa tarea adquiere una relevancia mucho mayor cuanto menos conocido eres, y en cómo se complica de forma exponencial por la misma razón. Y hoy, a causa de una anécdota vivida en la Feria del Libro de Cádiz, me gustaría retomar el tema.

Pongámonos en situación: en un stand de una feria cualquiera, una de las personas que pasea por allí se fija en uno de los libros. La portada le ha llamado la atención, y la sinopsis incrementa su curiosidad. Sin embargo, no conoce al autor del libro y eso le provoca el habitual recelo a comprar algo que le pueda decepcionar. Todos hemos sentido esa duda con un ejemplar entre las manos, sin saber si devolverlo a la estantería o llevárnoslo con nosotros a casa. Temiendo perdernos algo genial por culpa de ese desconocimiento. La persona de esta anécdota, en cambio, decidió seguir un camino nuevo y buscar el consejo de otros lectores: consultó la ficha del libro en Goodreads para comprobar qué opinaban allí y, tras hacer eso, se animó a comprar el título desconocido. 


Varios años atrás (como cuento en el artículo que he mencionado), escuché al ponente de una charla en la Hispacon hablando sobre la problemática surgida por la proliferación de blogs literarios: habían perdido su capacidad para servir como vehículo de promoción, porque eran demasiados peleando por hacerse con un grupo de seguidores que les permitieran convertirse en un blog de referencia. Lo cual hacía que, tanto para las editoriales como los autores autopublicados, constituyese una verdadera lotería el apostar por un blog u otro a la hora de enviarles ejemplares de cortesía. La conclusión del ponente era que los blogs de reseñas habían dejado de ser una vía factible para promocionar los libros, y aconsejaba no recurrir a ellos. Un razonamiento que debo confirmar, puesto que la opción más efectiva en la actualidad (en mi opinión) es colaborar con webs literarias; al no tener las limitaciones derivadas de ser el trabajo de una sola persona, hay unas cuantas que han seguido funcionando y, gracias a la experiencia acumulada, han logrado el reconocimiento de los internautas aficionados a la lectura. Aunque, por otro lado, también hay que decir que la predicción de aquella charla no pudo adelantar cómo iban a evolucionar los blogs personales, ni la sinergia derivada de las nuevas redes sociales, ya que en la actualidad se puede llegar a bastantes lectores potenciales mediante l@s bookstagramers (much@s de l@s cuales duplican su actividad, publicando las reseñas en blogs tradicionales que reciben las visitas desde Instagram). La promoción a través de internet sigue siendo posible, pero ha mutado.


Eso me lleva de nuevo a la anécdota detrás de este artículo, y a la fuerza de las reseñas hechas por los propios lectores. Los usuarios de Kindle, así como los escritores con obras a la venta en Amazon, saben a la perfección de lo que hablo. Del poder que tienen las simples puntuaciones que se otorgan a cada libro, y no digamos ya cuando el lector le dedica tiempo a exponer su opinión de forma más elaborada. Al igual que Imdb o Rotten tomatoes en el ámbito del cine, páginas como Goodreads o el servicio de librería de Amazon ofrecen a cada potencial lector una piedra de toque. Un atisbo de la posible experiencia lectora que les aguarda tras esa portada, si bien no deja de ser un valor "objetivo" resultante de acumular muchas opiniones subjetivas. Pero el resultado es evidente: a mejores puntuaciones, más probabilidades de que alguien decida hacer la compra. Lograr que los lectores compartan su experiencia en internet es una inversión de futuro, y por desgracia no todo el que lee está dispuesto a dedicarle el tiempo necesario (o desconoce la existencia de estas páginas). 

Personalmente, sigo fiándome más de las reseñas escritas por quien sé que comparte afinidades conmigo (aunque, por ejemplo, Goodreads te permite comparar tus gustos con los de tus amigos en la web, y a partir de ahí encontrar lecturas que podrían encajarte). Todo lo cual no evita que, en este mundo hiperconectado y compartido, acabemos tomando muchas decisiones basándonos en lo que opina un conjunto de personas a las que nunca conoceremos (elegir un hotel para las vacaciones, el modelo de coche nuevo, un restaurante, electrodomésticos...) Así que voy a aprovechar el final de este artículo para arengaros a que dejéis siempre vuestra opinión sobre los libros que leéis. En Amazon, Goodreads, o cualquier red similar. En todas ellas, si es posible. A los autores menos conocidos nos vais a ayudar un montón. Si se trata de un comentario positivo, facilitando que otros le den una oportunidad al libro (y disfruten de su lectura); si es una crítica, servirá para orientar al autor en los aspectos que debe pulir al escribir. En definitiva, colaboraréis a que la lectura sea para todos esa experiencia mágica que nos impulsa a seguir sumergiéndonos en nuevas páginas una y otra vez.

martes, 26 de marzo de 2019

Consejos para aspirantes a escritor (5)

El otoño pasado, a raíz de los breves cursos sobre cómo escribir una historia de aventuras en los que ejercí de profesor, tuve que repasar muchos conceptos básicos de la escritura para poder explicárselos a les alumnes. Y uno de los más extensos y difíciles de condensar es el de la creación de mundos ficticios: el renombrado worldbuilding al que tanto valor se le da últimamente en algunos círculos de aficionados a la fantasía y la ciencia-ficción.

A mí parecer, el mayor problema del worldbuilding reside, en la actualidad, en que ha dejado de ser una más de las herramientas disponibles para el escritor y ha empezado a ser vista en ciertos casos como un elemento puntal de la narración. Algo que se comentó precisamente en la entrevista que me hicieron en el Podcast La Milanosfera, ejemplificando en Tolkien esa sobre explotación del mundo que se ha creado. Y por eso he pensado en describir cuáles son las directrices por las que me guío a la hora de crear mis universos alternativos.

1- PARTIR DE UNA BASE RECONOCIBLE.
Para conseguir que los lectores de Monozuki pudieran imaginarse el mundo que había creado, recurrí a un método de enorme sencillez: usar nombres y palabras de origen japonés. La descripción del paisaje y ciertos objetos ayudaron a crear un contexto pre-industrial, y la mención a los kaijus, las visiones, y la aparición de seres imaginarios sirvieron para que cualquier lector se hiciera una composición de lugar y asimilase que estaba ante un universo de fantasía. Eso sí, también hay que tener en cuenta que es recomendable escoger aquellas palabras que resulten más conocidas para evitar el tener que añadir explicaciones sobre el significado de lo que se dice (por ejemplo, en Monozuki se habla de forma general de kimonos, aunque la prenda que viste la protagonista es, siendo exactos, una Yukata).

Por supuesto, un mundo ficticio tiene cosas que lo hacen diferente y único respecto a todos los demás, y esas características deben aparecer antes o después en la narración. Pero eso nos lleva al siguiente punto.

(ilustración de Erik Nykvist, de ArtStation)

2- CONOCE TU MUNDO AL DEDILLO, PERO NO DESCRIBAS CADA RINCÓN.
Este es el mayor defecto que yo le veo al Señor de los Anillos, y cualquier otra obra que imite ese celo por el detallismo de Tolkien. Como autor, estás obligado a conocer la geografía de tu mundo (tanto física como política), las particularidades de sus distintas etnias, sociedades, fauna y flora, y las leyes que rigen la tecnología y/o la magia. A este respecto, recuerdo de mi época como jugador de rol los Compendios de reglas del juego GURPS, que incluían unas amplias notas sobre cómo crear una raza de ficción o una sociedad, teniendo en cuenta cosas como los tabúes, sus motivaciones, capacidad para la imaginación, el tipo de gobierno, el nivel científico... etc.

El proceso de creación de algo tan complejo suele derivar en montones de páginas escritas y extensas explicaciones de muchos de sus elementos, así como una pila de datos sobre la historia de lugares y personajes concretos. Información que te ha de servir para respaldar las acciones de tus personajes y poder dar las razones de tal o cual hecho sucedido en el pasado, amén de saber los límites de cualquier artefacto o hechizo que aparezcan en la trama. Pero lo que no debes de hacer es plasmar una descripción pormenorizada de todos los cómos y por qués. Por poner un ejemplo y no dejar en tan mal lugar a Tolkien, os diré que os fijéis en la historia de Narsil: la espada rota y reforjada para que la empuñe Aragorn en la última batalla contra Sauron. Lo que se nos cuenta sobre ella le da un valor especial al arma y nos hace entender que es un elemento relevante en el conjunto de la narración. Y ese el el principal concepto a aprender respecto al worldbuilding: usa la información con medida, y cuando sea necesario. Que hayas reunido cincuenta páginas de trasfondo para tu universo no significa que debas plasmar cada punto y cada coma al escribir tu novela.

3- SÉ ORIGINAL.
Una de mis novelas favoritas de fantasía es Máscaras de matar. Y la principal razón es que propone una ambientación y una sociedad radicalmente diferente respecto al típico universo inspirado en centroeuropa y sus mitos. En lugar de eso, nos presenta un paisaje que recordaría a oriente próximo o el subcontinente indio, y una cultura muy peculiar que vamos conociendo poco a poco. También muy original, aunque respetando la ambientación clásica, es el caso de Elantris. E incluso la idea de un mundo con veranos e inviernos que duran años del Poniente de Martin es algo genial (que además no se limita a la perspectiva de Tolkien).

Uno de los grandes beneficios de haber jugado al rol muchos años (y a muchos juegos diferentes) es la enorme cantidad de universos que he visitado. Lo cual me sirvió a la hora de crear el mundo de Monozuki, ya que utilicé ideas de otras ambientaciones y las adapté a lo que yo quería conseguir. Pero lo que he dicho sobre los juegos de rol se puede aplicar a películas, series, juegos de ordenador...  Las opciones son infinitas. De hecho, si a alguien le ha picado la curiosidad, diré que Monozuki aprovechó ideas de La princesa Mononoke, Nausicäa del valle del viento, y el universo de Warhammer 40000 y el juego de rol de Hombre Lobo.

No es que os proponga crear mundos estrambóticos solo por ser original, pero si vas a crear un mundo propio opino que merece la pena arriesgarse y no limitarse a lo tópico. Hacer que sea de verdad "tuyo".

4- VIGILA LA COHERENCIA.
Orson Scott Card insiste sobre esta idea en varios capítulos de su libro Cómo escribir fantasía y ciencia-ficción, en especial al tratar los sistemas para hacer magia. Lo que quiere es que no olvides nunca respetar las reglas que has creado para tu mundo. El consejo se suele reducir a que "si los dragones de tu mundo son negros, no hagas que aparezca un dragón morado"; esto, que se aplica en especial a la continuidad en el aspecto de los personajes, significa que debes repasar de vez en cuando el trasfondo de tu mundo para comprobar que la memoria no te ha jugado una mala pasada y has cambiado el nombre a algún lugar, o el emblema de un estandarte... (cosas que, os lo puedo asegurar, no es raro que ocurran cuando menos te lo esperas). También has de tener en cuenta que, a medida que creas las peculiaridades de una sociedad, vas a tener que vigilar la posibilidad de estar incurriendo en incongruencias. Cada nuevo detalle es una capa que debe poder superponerse a las anteriores sin que resulte extraña. Por ejemplo, antes de decidir que tus elfos van a vivir de forma exclusiva en los bosques, rehuyendo las ciudades, tendrás que plantearte si eso cuadra con el resto de características que has pensado para ellos con anterioridad.


¿Un consejo para evitar problemas de coherencia? Procura guardar de forma ordenada todas las notas sobre el mundo que has creado. Yo suelo recurrir a un cuaderno archivador para poder añadir hojas donde corresponda o reescribirlas y sustituirlas si es necesario. Pero para vosotros puede ser más práctico tener un archivo en la nube y trabajar con él mediante el móvil, una tablet, o lo que sea. Eso sí, como he dicho antes, debes consultarlo siempre que vayas a hablar sobre algún tema que esté incluido en sus páginas. Más que nada, por refrescar las ideas.

5- DOCUMÉNTATE.
La mejor forma de ofrecer ese toque de familiaridad y ser al mismo tiempo original consiste en recabar toda la información posible sobre el tiempo y el lugar que va a servirte de base para tu universo. Cada palabra que decidas utilizar (ya se refiera a vestuario, armas, costumbres, religión, etc...) será una pincelada que ayudará a quien te lea a imaginarse el lienzo del mundo que has creado. Y, de la misma manera, ese conocimiento te permitirá cambiar lo que creas necesario al otorgarle su propia personalidad.

En mi caso, por ejemplo, el campo en el que centré mis investigaciones fueron las viejas tradiciones japonesas recogidas en el Kojiki (el libro que cuenta la historia antigua de Japón, en su variante mitológica, comenzando por la creación del mundo por Izanagi e Izanami), así como los animales fantásticos de su folklore y el concepto de kaiju. Eso, unido a lo que he ido aprendiendo sobre el Japón feudal a lo largo de los años, constituyó la base inicial del universo de Monozuki (aunque luego buscara información concreta sobre otros aspectos, como las fortificaciones y gastronomía japonesa).

Por supuesto, y no me cansaré de repetirlo, la función principal del worldbuilding ha de ser el procurar un decorado más realista y la sensación de estar ante un mundo con sus propias reglas y costumbres. Salvo que tu propósito sea escribir ficción especulativa sobre mundos o sociedades diferentes al nuestro (véase Mundo Anillo, El nombre del mundo es bosque, o El cuento de la criada), en el que el fin de la obra es sumergir al lector en las implicaciones de vivir en ese mundo.

martes, 12 de febrero de 2019

Consejos para aspirantes a escritor (4)

Si en los artículos anteriores hablé sobre las razones principales para tener paciencia y no querer publicar como sea y con quien sea, hoy quiero comentar otro aspecto de la escritura que está vinculado a las posibilidades de ser aceptado por una editorial tradicional (y al cual ya me he referido con anterioridad): la autocrítica. El mayor problema cuando se está empezando a escribir, ya sean relatos o novela, consiste en sufrir el síndrome del amigo de la guitarra, como dije en un artículo anterior. Si se tiene un mínimo de talento, se pueden articular sin demasiados problemas historias con las que rellenar unos cuantos centenares de páginas. Y al compartir estos textos con nuestros amigos o familiares (sobre todo si la vena literaria se despierta en la adolescencia), lo que se suelen recibir son halagos y admiración. Una respuesta que puede animar a seguir escribiendo pero, también, a crear en tu cabeza la idea de que se tiene mucho talento. Mucho más talento y oficio del que realmente tienes. Y ahí comienza el problema.
Mi primera novela la escribí con unos quince o dieciséis años. A máquina. Sin ningún guión. En cuartillas reutilizadas, que llegaban a casa para ofrecernos a mis hermanos y a mí un medio en el que desplegar nuestra inacabable afición a dibujar. El resultado de aquella primera efervescencia literaria fue una historia de aventuras en la que me atreví sin ningún pudor a colar a un par de mis personajes de cómic favoritos (lo cual, en la actualidad, hace que mi primera novela fuera una fan-fiction). Aún guardo esas cuartillas junto con el resto de cuadernos de mis manuscritos; pero cuando la he releído, pasados los años, vi con claridad la enorme cantidad de fallos y sinsentidos que contenía. Actualmente podría aprovechar la idea básica para armar una novela juvenil, pero de seguro que no reproduciría más que unas pocas líneas de lo que escribí.

La segunda novela llegó un lustro después, más o menos, y la escribí para presentarme a un concurso literario. Hacía poco que había descubierto a Terry Pratchett y se me ocurrió que podría montar una parodia medieval fantástica de cierta enjundia. Por supuesto, el ganador del concurso fue otra persona y el manuscrito descansa junto a los demás. Esperando el día que pueda dedicarle tiempo, para llevar a cabo la pertinente reescritura que nunca llegué a afrontar con las prisas del momento (porque publicar una novela humorística al estilo de Pratchett me haría mucha ilusión). 

¿A dónde quiero llegar? Pues a que, como resultará fácil de imaginar, cada vez que puse el punto y final a esas historias, se las enseñé a cualquiera que se mostrase minimamente dispuesto a leerlas. Y el efecto general fue el que ya he descrito: halagos y palmadas en el hombro. Aunque, en mi caso, no recibir noticias del jurado del concurso fue una señal evidente de que no era todo tan bonito (creo recordar que existía la posibilidad de recibir una oferta editorial, si lograbas que tu obra fuera una de las finalistas, y mi optimismo estaba centrado en ella). Así que seguí escribiendo, y de paso decidí que podía aprender a hacerlo mejor. De aquella época conservo un puñado de fascículos del Taller de Escritura que publicó Salvat (me suscribí a la colección, de hecho, pero en cierto momento dejaron de llegarme los ejemplares y nunca pude acabarla), y más o menos por las mismas fechas alcancé mi primer hito como escritor: quedar finalista en la convocatoria de "El Fungible". Sin embargo, no volví a presentarme a ningún otro concurso ni logré desarrollar las ideas que se me iban ocurriendo para escribir novelas, de modo que dejé la escritura apartada.


No es que abandonase la escritura. ¿Me gustaban esas novelas? Sí. ¿Pensaba que eran buenas? Desde luego, pensaba que eran lo mejor que podía hacer en ese momento. Y eso es importante, porque ahora me planteo conceptos que en aquella época ni se me pasaban por la cabeza. Elementos que debía aprender, interiorizar y ser capaz de ver (o entender que faltaban) mientras escribía. Si me hubiese convencido de que aquellos halagos de mis padres y amigos eran proporcionales a mi verdadero talento, quizás no habría hecho otra cosa que acumular frustración contra las fuerzas invisibles que se oponían a mi "destino manifiesto": publicar libros como rosquillas. El ego artístico, ese que nos empuja a crear y a querer luego que nuestra obra llegue a la mayor cantidad de gente posible, me podría haber cegado. Pero en lugar de eso, dejé pasar el tiempo y me convencí de que conseguiría publicar cuando tuviese el nivel adecuado.

De hecho dejé de escribir, a excepción de pequeñas historias que me guardaba para mí o tramas de aventuras para las partidas de rol que jugaba con los amigos. Dejando que pasara una década antes de volver a plantearme el escribir con la intención de publicar. Y entonces llegó El secreto de los dioses olvidados, y lo cambió todo. Pero ese tiempo en el que dejé la escritura "olvidada" y me dediqué a dibujar me sirvió para madurar en varios sentidos. En especial, para ver en perspectiva lo que había escrito, meditar sobre los proyectos de novela que no llegaron nunca a ningún lado, y pensar en cómo aprovechar todo eso a mi favor. La paciencia, el saber aceptar el rechazo de los jurados, el no obsesionarme con publicar ya, y sobre todo la capacidad de pensar "puedo mejorar" y buscar vías para afilar mis capacidades narrativas... todo eso me permitió llegar hasta aquí. Y  es lo que me gustaría que os quedase al acabar de leer el artículo.

Este consejo, eso sí, viene acompañado de una nota a pie de página. Y es que, si bien todo lo anterior explica mi evolución desde aficionado a la escritura hasta escritor, en la actualidad es muy probable que ese camino hubiese sido muy diferente. Sobre todo porque internet ha abierto un abanico de posibilidades que eran inexistentes a mediados de los noventa, cuando yo estaba dando esos primero pasos como "juntaletras". Ahora se puede estar informado de manera puntual y casi inmediata sobre cada concurso literario que se convoca en cualquier punto del país, si quieres medir el músculo de tu pluma en concursos; y, del mismo modo, podemos ubicar talleres literarios o comunicarnos con otros aficionados que nos resuelvan nuestras dudas (en este aspecto, nunca me cansaré de recomendar el foro Abretelibro!) para poner a prueba tu habilidad literaria y encontrar quien te de consejos para pulir tu estilo). Siempre, eso sí, con la intención de asimilar las críticas y aprovecharlas de forma productiva. 

Porque ahí radica lo que considero más importante: no basta con pensar que se es bastante bueno para publicar. Hay que pensar en que siempre hay espacio para mejorar y llegar un poco más allá.

lunes, 8 de octubre de 2018

Stephen King, el éxito a pesar de uno mismo.

Con la reciente reimpresión de Mientras escribo, un buen número de aficionados a la escritura y seguidores del maestro del terror vuelven a tener a su disposición en las estanterías de todas las librerías este peculiar texto.

Personalmente, confieso que mi relación como lector de King pasó del amor al odio, para equilibrarse hace unos años en un respeto profesional tras leer éste libro. En la adolescencia disfruté de forma inmensa La zona muerta, (mi primer contacto, gracias a la biblioteca de un familiar), Ojos de fuego y Carrie (por su temática, que entroncaba de manera perfecta con mi afición a los cómics de mutantes), y La larga marcha (que considero una extraordinaria obra distópica y de terror psicológico); pero después de It, ninguna otra novela logró tocarme la fibra sensible. Cujo y Maleficio me parecieron ya menores en comparación con las otras y, cuando el maestro del terror anunció que iba a hacer una historia en un mundo fantástico, acabó de defraudarme con Los ojos del dragón. A partir de ese momento me uní al amplio sector de detractores que opinan que "King escribe demasiado y demasiado rápido para que todo sea bueno" (opinión que en Padre de Familia escenificaron a la perfección en un sketch en el que el autor, en una entrevista con su editor, se inventa sobre la marcha que su próxima novela tendrá a un flexo como el monstruo).

(Padre de Familia, ep. 11 temp. 2. Para haters de King)

A pesar de todas esas reticencias, había oído a muchas personas recomendar el libro y lo veía de vez en cuando en la lista de obras para "futuros escritores". Así que, coincidiendo con su publicación en formato de bolsillo, me hice con mi ejemplar un día que fui a la busca de libros dedicados a la escritura. Y solo con sus primeras páginas me impresionó.

King arranca la obra con una autobiografía centrada en su progresión literaria, desde la infancia errabunda provocada por el abandono paterno (salpicada de muchas anécdotas graciosas propias de semejante entorno en la niñez), pasando por su matrimonio a una edad muy joven y las dificultades económicas como profesor de lengua teniendo que mantener a una familia con dos hijas, hasta llegar al éxito de Carrie y sus primeras novelas... uniendo este ascenso al Olimpo literario con su muy personal descenso a los infiernos de la adicción: de su primera borrachera con menos de veinte años, a caer en el alcoholismo durante décadas, mezclado con el consumo de drogas en sus momentos más oscuros; llegando incluso a emular a los personajes del Yonqui de Burroughs, al acabar tomando jarabes con derivados de opiáceos. 
"El primer paso que dio Tabby fue vaciar en la alfombra una bolsa de basura llena de cosas de mi despacho: latas de cerveza, colillas, cocaína en botellitas de gramo, más cocaína en bolsitas (...) Valium, Xanax, frascos de jarabe Robitussin para la tos y de NyQuil anticatarro, y hasta botellas de elixir bucal."
Aunque sea una de las novelas que menos me gustó, resulta terrible leer su testimonio respecto a cómo le afectó su adicción durante la escritura de Cujo.
"... tengo una novela, Cujo, que apenas recuerdo haber escrito. No lo digo con orgullo ni con vergüenza; sólo con la vaga sensación de haber perdido algo. Es un libro que me gusta, y ojalá guardara un recuerdo agradable de haber redactado las partes buenas."
Una espiral que su familia le ayudó a cortar, por suerte para sus fans, ya que le sirvió para ver las cosas en perspectiva tras sufrir un gravísimo atropello en 1999 (que él describe como la escena de una de sus novelas) a resultas del cual comenzó la redacción del libro que nos ocupa.


La segunda mitad, dedicada ya a la escritura, se titula "Caja de Herramientas" y define la forma en que él entiende el oficio: hacerse con una serie de buenas herramientas que te ayuden a la hora de fabricar historias. Así comienza a describir la necesidad de saber manejar el vocabulario, la gramática, a seguir un manual de estilo, y a aprender a trabajar los párrafos. Los últimos consejos serían leer mucho y escribir mucho.
"El programa agotador de lectura y escritura por el que abogo (de cuatro a seis horas diarias toda la semana) solo lo parecerá si son actividades que ni te gustan ni responden a ningún talento tuyo. De hecho, puede que ya estés siguiendo uno parecido. (...) La lectura constante te lleva a un lugar (o estado mental, si lo prefieres) donde se puede escribir con entusiasmo y sin complejos.  También te permitirá ir descubriendo qué está hecho y qué por hacer, y te enseña a distinguir entre lo trillado y lo fresco, lo que funciona y lo que solo ocupa espacio. Cuanto más leas, menos riesgo correrás de hacer el tonto con el bolígrafo o el procesador de textos."
Por supuesto, también habla de su rutina de escritura diaria. Un ejercicio estajanovista que es bastante conocido entre los aficionados.
"Me gusta hacer diez páginas al día, es decir, dos mil palabras. En un mes son 180.000 palabras, que para un libro no está mal..."
Cada capítulo se completa con varios ejemplos prácticos, incluidos fragmentos de textos propios de King, en los que desgrana los aspectos prácticos de su proceso creativo. Cómo estudia el manuscrito (a diario, y una vez terminado el manuscrito) para eliminar aquello que es superfluo o afecta a la calidad del texto, amén de repasar la mayoría de recomendaciones de estilo de todos los manuales (evitar adverbios, las repeticiones, los problemas de vocabulario, etc...)

De todo ello, el ejemplo sobre cómo leer un texto propio con ojo crítico fue con el que logró que volviera a respetarle. De todo el trabajo detrás de las horas invertidas en levantar una novela, esa capacidad para recortar "paja" al texto y decidir que tal o cual parte necesita reelaborarse o sobra del todo, es la más difícil de desarrollar. Pero también ocurre que, cuando lo consigues, la sensación después de corregir un manuscrito es satisfactoria en extremo.

En definitiva, Mientras escribo constituye una obra de referencia para cualquier persona que aspire al oficio de escritor. ¿Les convertirá en otro Stephen King? No lo creo posible, ya que no da ninguna receta secreta. De hecho, una de las primeras cosas que dice es:
"No hay ningún Depósito de Ideas, Central de Relatos o Isla de los Best-sellers Enterrados."
Lo mejor es que sus consejos le servirán de forma general a cualquier escritor. Y, en todo caso, quien tenga el talento y la capacidad para igualar su velocidad de escritura, podrá aspirar a niveles similares de prolificidad. Siendo consciente en todo momento, eso sí, de que si el propósito es alcanzar el oficio de escritor profesional ésta es una carrera de fondo en la que, a quien flaquea, le conviene quedarse en la cuneta igual que en su Larga marcha.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Consejos para aspirantes a escritor (3)

Pasado el parón veraniego aquí estamos una vez más, dispuestos a hablar sobre la aventura de publicar y a compartir con vosotros mis experiencias al respecto durante los últimos años. En esta ocasión, y dado que le dediqué el artículo anterior de esta sección  a la cuestionada coedición, me ha parecido apropiado hablar sobre el formato más polémico en la actualidad: la autoedición. Una opción a la que yo mismo recurrí a la hora de publicar Ni colorín, ni colorado.

Empecemos por lo básico: editarse uno mismo no es, en absoluto, garantía de obtener fama y fortuna; pero sí os puedo asegurar que os va a obligar a realizar un gran esfuerzo, del que muy pocas veces se habla cuando se dice que tal o cual autor desconocido ha logrado una cantidad astronómica de ventas. Porque las noticias solo se preocupan por reflejar el inusitado éxito de tal o cual autor/a, cuyo obra autoeditada ha logrado tal cantidad de ventas que ha llamado la atención de los grandes sellos editoriales, obviando el hecho de que esos éxitos son islotes diminutos en un océano de obras autopublicadas que, las más de las veces, pasan totalmente inadvertidas para el público. 


Sé que la razón principal para considerar la autoedición suele ser el fracaso al probar suerte con las editoriales "clásicas", y que muchos autores se refugian en la "miopía editorial" para justificar su decisión, hablando de casos como el de J.K. Rowling. Pero deberían recordar que los editores no dejan de estar apostando su dinero con cada obra que publican, por lo que procuran tener una cierta certeza de ir a recuperar la inversión (y que casos de superventas como el de J.K. Rowling tampoco son habituales, o abrir una editorial sería un negocio casi tan bueno como ser el dueño de un banco...)

¿Cuánto trabajo supone autoeditarse? Todo. Y es así porque, eliminada la figura del editor, eres tú mismo quien debe hacerse cargo de todas las tareas que llevaría a cabo una editorial... amén de correr con los gastos (que tampoco son pequeños). Con el agravante de que mucho de ese trabajo, si se trata de un autor novel, ni siquiera se habrá planteado (e ignorará por completo cómo hacer, con gran probabilidad). El primer muro de realidad con el que suelen chocar los autores "novatos" es el de estar convencidos que dominan la gramática y la ortografía. Y, aunque les cuesta creerlo, al pasar sus textos por la lupa de un corrector, no es raro que afloren buena cantidad de faltas ortográficas que estaban allí al acecho de los lectores futuros. La mayoría se suelen deber a fallos tipográficos provocados por despistes mientras se mecanografía el manuscrito, pero siempre hay un cierto número de ellos que se deben a puro desconocimiento de las normas impuestas por la RAE o a formas de expresarse locales (el laísmo y el leísmo, por ejemplo). Defectos que, en aras de resultar más profesional, deberían ser eliminados del textos que va a recibir el lector. Y una corrección orto-tipográfica, salvo que seas corrector o tengas quien pueda hacerla "a precio de amigo", será el desembolso inicial de tu futura obra autoeditada. 

Pero espera, porque esa no es la única corrección que debería pasar la obra. También está la corrección estilística, que analiza cómo escribes y qué podrías cambiar para resultar más efectivo o que tu escritura se adopte mejor al tipo de historia que quieres contar (o resulte más legible para la mayoría del público). Para que os hagáis una idea, el manuscrito de Monozuki. La chica zorro pasó por unas tres correcciones orto-tipográficas, incluyendo revisar el texto después de las modificaciones que le fuimos haciendo, antes de llegar a la versión que se ha publicado.

Nada que ver con todas esas imágenes de autores sonrientes que comparten por internet sus consejos sobre cómo imitarles y convertir la escritura en un negocio boyante. ¿Verdad? Pues una vez pulida la obra, toca afrontar la tarea de maquetar el texto. Algo que puede parecer una nimiedad, pero va mucho más allá de la organización de los márgenes laterales, las sangrías, o poner en mayúsculas los nombres de los capítulos. El tamaño de letra, la fuente que vas a usar (si hablas con editores, descubrirás que hay tipos de letra que nadie usa), evitar que las líneas huérfanas estropeen la legibilidad... Un trabajo que se multiplica en el momento en que decides adoptar la opción, muy en boga, de crear un texto digital que solo se imprima para aquellos que deseen un ejemplar en papel. ¿Por qué? Porque necesita que afines la maquetación para que tu texto se lea bien en todos (o la mayoría de) los distintos dispositivos electrónicos existentes. De nuevo, una tarea que puede requerir que desembolses dinero (salvo que te manejes por tí mism@ con los procesadores de texto para versiones digitales).

Aunque mis amigos hicieron un gran trabajo para Ni colorín ni colorado, reconozcamos que las cubiertas ofrecen expectativas muy distintas respecto a la calidad de edición de su contenido.

Hasta aquí, más o menos, quedaría cubierta la tarea logística para que nuestr@s lectores/as no quieran arrancarse los ojos cuando se enfrenten al texto. Pero aún no se ha acabado el trabajo de construcción del libro. No podemos olvidarnos de la cubierta o, como los llamamos los legos en el asunto, la portada. Como se suele decir con la comida, los libros también "entran por el ojo" a muchos lectores. Y seguro que cualquiera de los que estáis leyendo el artículo podéis recordar algún ejemplo de cubierta que os quitó las ganas de leer un libro. En la autoedición y la coedición, el impulso de querer recortar gastos empuja a muchos a prescindir de un ilustrador "porque eso lo puedo hacer yo con Photoshop". Una decisión que suele acabar con portadas que van de lo kitsch a un dibujo infantil coloreado, pasando por montajes en los que se reaprovechan fotogramas de películas y cosas parecidas. Resultados que al autor le pueden parecer aceptables y sentirse muy satisfecho, pero luego la realidad acaba por demostrar que no era así. De hecho, elegir la imagen adecuada para la cubierta del libro es todo un arte. Basta hacer una búsqueda en Google para comprobar que, según la editorial, hay muchos casos en los que el contenido no siempre está reflejado (ni tan siquiera sugerido) en la cubierta. Aparte de que los autores no siempre acertamos con la imagen más adecuada. De nuevo, usando el caso de Monozuki como comparación, nunca se me habría ocurrido esa portada con aires manga que usó mi editorial. Y, sin embargo, ha enamorado a la inmensa mayoría de quien la ha visto.

Aún habría que hablar de la agotadora tarea de la promoción, y la frustración de las presentaciones y otros eventos. Pero por hoy creo que ya os he dejado con un montón de cosas en las que pensar. Si acaso, ya que he hablado de ello, decir que mi experiencia con la autoedición fue mucho menos estresante porque contaba con conocidos que me pudieron ayudar "a precio de amigo" a realizar una maquetación decente del texto, y una portada que aún hoy llama la atención. Pero de otro modo probablemente habría abandonado mi plan si no hubiese alcanzado al menos ese nivel de calidad.

ENLACES DE INTERÉS:



martes, 19 de junio de 2018

Consejos para aspirantes a escritor (2)

Aquí estoy de nuevo, escribiendo otro artículo que pueda servir de ayuda a quienes están ahora intentando dar sus primeros pasos en el mundo editorial. En este caso, para hablar de un tema recurrente cuando se trata de autores sin experiencia previa que buscan publicar: el negocio de las empresas de co-edición. Y digo empresas de co-edición, y no editoriales, porque el hecho de que esté formato esté demonizado (y con razón) lo tienen los empresarios sin escrúpulos que han visto en una mina en los aspirantes a escritor.

Pongámonos en situación. Escribir una novela requiere tiempo. Mucho tiempo. Incluso autores tan prolíficos como Stephen King solo pueden explicar ese volumen de escritura en base al tiempo que dedican en exclusiva a escribir. A estar sentado delante del teclado. Sin hacer otra cosa que hilvanar una palabra con otra. El genio del terror suele confesar un promedio de 4-6 horas diarias aislado en su despacho para producir alrededor de seis páginas. Mi promedio, en un ambiente que a duras penas se puede llamar aislado (y no puedo prolongar tanto como él), es de unas dos páginas diarias. Lo cual significa que, ahora mismo, necesito alrededor de tres veces más días que él para escribir la misma cantidad de páginas. Eso, añadido a la imposibilidad de escribir de forma diaria, aumenta aún más la diferencia. Si consideramos una novela de unas doscientas-trescientas páginas, eso puede significar un año o más escribiendo para un autor novato que no pueda dedicarse a tiempo completo a escribir. Doce meses robando tiempo al ocio para acabar tu manuscrito. 

(Éste es el espacio ideal para escribir. El pc, sin conexión a internet, que la carga el diablo)

¿Qué mecanismo usan las empresas de co-edición para aprovecharse de los autores novatos? La falta de paciencia. Ya dije en el artículo anterior que la paciencia, a la hora de publicar, es vital. Pero mucha gente sin experiencia cree que es muy fácil y rápido publicar. Que una vez el texto llega a una editorial, hay alguien que lo recogerá y empezará a leerlo con ansiedad hasta acabárselo (y que, obviamente, le llamarán para decirle que quieren publicar). Y eso no puede estar más lejos de la realidad. Así que, cuando la respuesta de las editoriales empieza a retrasarse más y más (y a no llegar, en la mayoría de los casos), los autores noveles añaden a la falta de paciencia otras dos carencias que, a veces, van unidas: ingenuidad y/o falta de autocrítica.

La falta de autocrítica suele estar provocada por el hecho de no tener a nadie cerca que pueda darte una visión realista de cuál es tu nivel de calidad literaria. Yo lo suelo llamar el síndrome del amigo de la guitarra. Ser el escritor de un grupo de amigos puede causar tanta admiración como ser el chico que toca la guitarra en las reuniones. Un arte que a muchos les resulta imposible de aprender (yo, de hecho, admiro a cualquier persona capaz de unir dos notas de forma coherente). Pero si todo el mundo te dice que lo que haces es bueno, te puedes creer que eres mucho mejor. Y entonces, al enfrentarte a la realidad, se produce una enorme frustración. Los autores noveles con falta de paciencia y autocrítica son, a mi parecer, los que están detrás de aquellos que se lamentan en las redes sociales de que solo se publique a "unos escogidos"; los mismos que se aferran a casos como el de J.K. Rowling para afirmar que las editoriales no reconocen la calidad literaria ni teniéndola delante de las narices. La ingenuidad, por otra parte, empuja a un autor sin experiencia a tocar las puertas de cualquiera que se anuncie como editor. Y que, con la ilusión de publicar, aceptan a ciegas la primera oferta que reciben sin informarse a fondo sobre lo que están firmando.

(Sí, la rechazaron muchas veces. Pero seguro que reescribió el texto durante ese tiempo)

¿Por qué se convierte la co-edición en el negocio maldito del mundo literario? Porque se fundamenta en un modelo que solo busca sacar beneficio de las ilusiones que han empujado a esas personas a convertirse en aspirantes a escritores. A dedicar horas y horas de su tiempo a escribir. Porque su intención es aprovecharse de ell@s, con un modus operandi que suele comprender varias, o todas estas normas:
  • Respuesta fulgurante. ¿No he dicho ya que es necesario armarse de paciencia, antes de recibir el veredicto de una editorial? Pues las empresas de co-edición tardan mucho menos en responder. Y nunca dicen que no, porque...
  • Su negocio es imprimir libros. Ese es el único y exclusivo fin de la "editorial". El contrato que se firma con ellos gira en torno a cuántos ejemplares quiere el autor que se impriman, y el coste de los demás "servicios editoriales" que deseas contratar (corrector, ilustrador, etc...), alcanzando importes que rondan con facilidad los mil euros (y que, con facilidad, cubren de sobra los gastos de impresión). Dinero que se ha de pagar para tener el libro en las manos, y que supone mucho más de lo que un autor novel alcanza a cobrar si logra firmar un contrato editorial tradicional. Lo cual viene a decir que, para ganar el mismo dinero, el autor co-editado debería vender el doble de ejemplares, grosso-modo.
  • El autor hace todo el trabajo. Promoción, presentaciones, publicidad... recaen en el autor. No importa qué promesas de "distribución en todas las grandes superficies" aparezcan en su web, lo normal es que no veas allí tu libro nunca. Y la anécdota habitual sobre las presentaciones habla de que al autor se le obliga a pagar X ejemplares y, si no los vende todos en el evento, se los debe quedar. Ojo: después de pagar por imprimirlos, pagas de nuevo por esos ejemplares. Más costes que solo va a asumir el autor, y que suponen un ingreso directo para la editorial sin haber vendido aún ningún ejemplar. Su interés se reduce a imprimir libros, recordemos.
  • Negocios fantasma. En el peor de los casos, la ilusión que empujó a la persona a aceptar la co-edición le arrastran a una pesadilla. Hay múltiples historias en internet que hablan de impagos a autores, editoriales que echan el cierre de un día para otro sin previo aviso (y sin pagar sus deudas a los autores)... Hasta casos en los que, después de haber rescindido el contrato con ellos, se descubre que la editorial sigue exprimiendo tu obra poniendo a la venta los ejemplares que se quedó.
Al final, este tipo de empresas no consiguen más que matar la ilusión de quién se ha pasado meses componiendo una historia para compartirla con el mundo. Aspirantes a escritor a los que esta clase de experiencias puede quitarles las ganas de seguir escribiendo, cuando (muchas veces) lo único que les hace falta es el consejo de alguien que tenga más experiencia. Y aunque ese consejo, casi siempre, será un "debes mejorar antes de poder publicar", al menos se evitarían un montón de disgustos.

¿Mi consejo de hoy? Humildad. Las noticias hacen que los éxitos de best-sellers despreciados por grandes sellos parezcan la norma, cuando en realidad son la excepción. Y si has tenido paciencia para esperar una respuesta editorial que no te llega, puede ser el momento de pedir una opinión crítica sobre tu obra. Igual solo necesitas trabajarla un poco más.

martes, 5 de junio de 2018

Consejos para aspirantes a escritor

Hace ya más de diez años, cuando mi primera novela comenzó a transitar por el camino que le llevaría a ser publicada, escribí una serie de artículos breves con el propósito de compartir mi experiencia de escritor novel con todos aquellos que aún estuvieran luchando por dar sus primeros pasos en el mundo editorial. Desde entonces, yo he aprendido muchas cosas más y el mundillo ha evolucionado: la autoedición ha crecido hasta dejar de ser algo marginal, las tiradas de libros en papel han menguado a números más modestos, los ebooks siguen ahí sin necesidad de exterminar a la edición tradicional... Así que, aprovechando el lanzamiento de Monozuki, he pensado que estaría bien recuperar aquellas notas y comparar mis sentimientos de entonces con los de ahora.

Aunque el consejo más repetido para todo aspirante a escritor es que debe ser constante con el hábito de escribir día tras día (el de leer se da por supuesto), como éstos artículos estarían más centrados en quienes buscan publicar su manuscrito mi recomendación inicial sería que se armen de paciencia. Para quien no haya pasado nunca por la experiencia de esperar a recibir respuesta de una editorial, le diré que (hace una década) yo lo comparé con el castigo a Prometeo... y que aún lo pienso.

(Rubens fue tan gráfico como muchos otros. Para saber en qué consistía el castigo, aquí lo explican)

Vayamos por pasos. Después de meses sentad@ frente al teclado, al fin has acabado tu novela/ colección de relatos/ poemario... y estás decidido a publicarlo. En primer lugar, habrás dedicado tiempo a rastrear en qué sellos editoriales podría encajar tu obra. Y ¡ojo!, que aquí ya hay que andarse con sutilezas. Si fueras a ofrecer una novela de zombies (el género que nunca muere), no le enviarías el manuscrito a la Editorial Perez, si no que lo harías a su sello dedicado al terror: Fantasmal Perez. Y eso, después de comprobar que están abiertos a recibir manuscritos y seguir cualquier indicación que te hagan al respecto en su página web.

Perdón... ¿he dicho que les enviarías el manuscrito? Pues no. Antes de eso, lo habitual es que le hagas una Propuesta Editorial, que básicamente consiste en un correo para contarles quién eres, qué has publicado con anterioridad, qué clase de obra les estás ofreciendo, cuál sería su público objetivo, etc... (evitando tirarte faroles del estilo "éste libro va a ser el próximo Harry Potter / Crepúsculo / Cincuenta sombras) con una sinopsis general y, a veces, dos o tres capítulos. Como digo, cada editorial impone sus propias condiciones a la hora de recibir obras para estudiar.

(explicación gráfica de la reacción al abrir el correo, el tercer mes de espera, y seguir sin recibir respuesta de la editorial)

Una vez cumplidos estos pasos intermedios, la obra queda en manos de los lectores profesionales. Y la prueba de resistencia de nuestra paciencia acaba de dar comienzo. Los días y las semanas se van desgranando hasta convertirse en meses, y lo que al principio nos parecía un tiempo prudencial para que se llevase a cabo la lectura y algún responsable diera el visto bueno a la publicación se nos acaba antojando como una tortura orquestada a la perfección para sacarnos de nuestras casillas. En mi experiencia, debo decir que muy pocas editoriales me han llegado a comunicar el acuse de recibo del manuscrito, y que la valoración del mismo tampoco se envía en todos los casos (lo que hace imposible saber si ha sido desechada, o continúa en una pila de obras por leer). Y de ello tenemos parte de culpa los autores, porque de un tiempo a esta parte es sabido que se reciben cientos (por no decir miles) de obras para valorar, lo que satura a aquellos que deben efectuar el filtro. Todos estos factores, como es comprensible, colaboran a crear una sensación de frustración generalizada entre los aspirantes a publicar. Y eso es lo que hace que me sienta aún más agradecido por ese correo de Grupo Ajec, que apareció un día de 2008 en mi bandeja de entrada ¡para decirme que me querían publicar!

¿Algún remedio o consejo? Pues más paciencia. O una alternativa profesional: buscar un agente literario que esté dispuesto a representarnos. En mi caso, la experiencia en éste campo fue agridulce porque no conseguimos que ninguna editorial aceptase el proyecto que me traía entre manos; pero, a cambio, tenía información puntual sobre quién estaba valorando la obra, y sabía al momento si tal o cual sello había decidido descartarla. Lo cual, en niveles de tranquilidad y sosiego (aún recibiendo malas noticias), es un plus enorme. Sin embargo, deberéis tener en cuenta que las agencias literarias también tienden a moverse por géneros específicos y que algunos agentes pueden deciros que no porque las obras que vosotros les traéis no se publican en las editoriales con las que trabajan. No es que se cierren en banda si la obra les parece buena, pero igual que con los sellos editoriales es bueno que indaguéis qué perfil de autor es al que están representando.

Y de momento ésto me parece bastante. Nuevos consejos para novatos, en algún momento del futuro. Un abrazo para todos y todas.


jueves, 1 de septiembre de 2016

Entresijos Editoriales: Ediciones Nevsky

Abrimos el mes de septiembre y la temporada otoñal con una nueva entrevista a los responsables de un sello editorial; en este caso, los de Ediciones Nevsky. Un sello que comenzó centrado en la traducción de autores rusos, nos ha dado bastantes alegrías al hacer hueco a la ciencia ficción y lo fantástico nacional (en especial Sofía Rhei y Angel Luis Sucasas), y que ahora parece estar pasando por un periodo de readaptación, en el cual han vuelto a fijar sus miradas en los textos eslavos. Por mi parte, y a título personal, debo decir que estoy encantado de contar con ellos entre mi grupo de "conocidos del mundillo", y que espero que su tarea siga por muchos años.


1. Defínete como lector/a. Gustos, influencias...
Somos lectores bastante eclécticos, creemos que un editor tiene que serlo un poco. Aunque publiques género, por ejemplo, hay que leer otras cosas. Aunque publiques narrativa, hay que leer poesía. Y es una obviedad, pero en cuantos más idiomas puedas al menos leer, mayor ventaja tendrás para descubrir cosas y alimentar tu sello. La combinación de los gustos y la formación de los dos socios y editores de Ediciones Nevsky asegura bastante variedad y diversidad en nuestras lecturas, lo cual solo puede ser bueno para la editorial.

2. ¿Qué te empujó a crear un sello editorial?
¿La inocencia? No, en serio. Intentábamos abrirnos camino como traductores, pero no conseguíamos colocar todas nuestras propuestas. Un día nos dijimos que por qué no las publicábamos nosotros… El resto son casi seis años de lucha.

3. Autopublicación, piratería... ¿No es un momento arriesgado para embarcarse en esta aventura?
Nosotros estamos abiertos a otras fórmulas y modos, ¡siempre que sean legales! No somos contrarios a la autopublicación; es más, en nuestro caso nuestra experiencia editorial era prácticamente nula en nuestros inicios. Aprendimos caminando, también equivocándonos. Pero también creemos que los editores siempre serán necesarios, de una forma u otra. Eso se ve de forma clara cuando te llegan manuscritos para su valoración, que no están “pulidos” a un nivel de profesionalidad mínimo, pero ves que tienen buenas ideas detrás, incluso talento narrativo. Los editores manejamos herramientas todos los días que pueden ayudar a los escritores a que sus propuestas brillen más. Pero ojo, quien quiera autopublicarse, bienvenido sea. Sobre la piratería… mejor no hablamos. Hay que tener mala fe para piratear libros de editoriales pequeñas que ya de por sí lo tenemos complicadísimo para sobrevivir, y que lo hacemos mes a mes, como cualquier hijo de vecino.

4. También se dice que hay demasiados escritores y demasiados pocos lectores... 
Lo de que hay demasiados escritores, no lo sabemos, y tampoco nos parecería malo que existiera un “exceso” de creatividad. La industria editorial necesita a los creadores. Desgraciadamente, que haya pocos lectores es una obviedad en nuestro país, y algo que encima las instituciones no se esfuerzan en solventar.



5. Lectores, escritores, editores... ¿Cuánta influencia tienen a la hora de «poner de moda» cierto género?
Sólo hay dos cosas que pueden poner de moda un género: los medios audiovisuales (cine, televisión, videojuegos) y las campañas de márketing. Es absurdo pensar que los lectores, los escritores, y mucho menos los editores, tengan ninguna influencia en las modas.

6. Para publicar en tu sello... ¿Cuentos o novela?
Estamos pasando una etapa de regreso a los orígenes; así que diría que ser ruso.

7. ¿Qué buscas en un manuscrito a la hora de valorarlo?
Que me sorprenda de alguna forma.

8. ¿Cuál es el principal error que cometen los autores al enviar manuscritos?
Sin duda, enviarlos sin prestar atención a la lista editorial, a los géneros que publica la editorial en cuestión; o bien enviarlos cuando no tenemos abierta la recepción de manuscritos. Eso nos da una pista de que no se han molestado ni en mirar nuestra página web.


9. ¿Cuál es el libro del que estás más satisfech@?
Nuestra edición de El Maestro y Margarita.

10. ¿Un/a autor/a que te haya hecho ilusión publicar, o quien te gustaría trabajar?
Pocas veces se puede presumir de publicar a alguien que pasará a la historia de la literatura, pero creemos que será el caso de la joven autora rusa Anna Starobinets.

11. Un proyecto del que puedas hablar... 
Estamos trabajando en una antología definitiva, en dos volúmenes, de la ciencia ficción rusa y soviética, que va a ser sencillamente espectacular. El primer volumen se publicará en otoño, y creemos que será uno de los libros del año.

12. Recomiéndanos una lectura (que no sea de tu editorial).
En España hay pocas revistas de creación literaria, y eso supone un problema grave para el tejido cultural del país. Recomendaré dos revistas que destacan por sus contenidos y niveles de calidad: SuperSonic y Presencia Humana.

lunes, 4 de julio de 2016

Entresijos Editoriales: The Black House Editorial

Rompiendo un poco la tradición de esta sección (que siempre se había publicado el primer día del mes), conste que inaugura los artículos (muchos, espero) del mes de Julio, para seguir dándoos a conocer esa información que os podría ser útil a la hora de publicar con una editorial. En el caso que nos ocupa: The Black House, nacida por y para escritores en fechas muy recientes. Y para saber un poco más sobre qué hay detrás de ese sello "joven, dinámico e independiente", tenemos a María Victoria Stange, que ha decidido someterse con gran valentía a nuestro arduo cuestionario.


1. Defínete como lector/a. Gustos, influencias...
Como lectora soy ávida, voraz. No puedo evitar que todo lo que caiga en mis manos sea devorado. Me gusta la novela negra, el terror, el humor, la novela histórica, la ciencia ficción... Todos lo géneros tienen algo que aportar. Un libro permite que viajes, que rías, que sueñes, que ames, que odies. Un libro es un transmisor de emociones y siempre es un placer tener uno entre las manos.

2. ¿Qué te empujó a crear un sello editorial?
Muchas veces que hago esa pregunta, es un mundo apasionante pero de locos. Quizás la decisión principal fue intentar abrir espacios que para muchos autores estaban cerrados. Como sabes somos una editorial recién nacida, sólo llevamos seis meses sumergidos en esta vorágine y de momento solamente podemos dar las gracias a los autores, a las distribuidoras, librerías, imprenta, a los medios y por supuesto a los lectores, que sin ellos ninguno de nosotros existiría, por apoyarnos y confiar en The Black House editorial.

3. Autopublicación, piratería... ¿No es un momento arriesgado para embarcarse en esta aventura?
La pregunta del millón. No, con miedo no vas a ninguna parte. Si confías y crees en tu proyecto ¿por qué temer? Luchar contra la piratería es complicado pero no puede frenar tu trabajo. Nosotros no editamos en e-book (a no ser que un autor lo desee, y tendrá que convencerme jajaja). Apostamos 100% por el papel, que los libros estén en las librerías y trabajar mucho con la distribución. Si intentas hacer bien tu trabajo creo que no debemos excusarnos ni lamentarnos.

4. También se dice que hay demasiados escritores y demasiados pocos lectores...
Nunca hay demasiados escritores al igual que tampoco hay pocos escritores. Lo importante es ofrecer calidad, seleccionar muy bien los manuscritos y volcarte en tu trabajo. Un libro siempre tiene que estar vivo nunca puedes abandonarlo.



5. Lectores, escritores, editores... ¿Cuánta influencia tienen a la hora de «poner de moda» cierto género?
Creo que todos influimos un poco en  todo eso. Por ejemplo si un libro de novela histórica es un éxito de ventas es inevitable que libros de ese género se promocionen más, pero el juez más implacable es el lector. Lo que no se debe hacer es dejar de editar buenos libros porque supuestamente es un género “que no está de moda”.

6. Para publicar en tu sello... ¿Cuentos o novela? 
Las dos cosas. No se puede poner freno a la literatura. De hecho nuestro primer libro es una fábula y el segundo es una novela de ciencia ficción.

7. ¿Qué buscas en un manuscrito a la hora de valorarlo?
Ante todo calidad. También miramos si encaja en nuestra linea editorial ya que principalmente editamos obras de terror, fantasía, ciencia ficción, novela negra, humor y juvenil (porque creemos que los jóvenes tienen que leer mucho) pero si una obra nos llena y nos gusta siempre tendrá las puertas abiertas de nuestra editorial, sí el autor así lo quiere.

8. ¿Cuál es el principal error que cometen los autores al enviar manuscritos?
La impaciencia, pero es comprensible. Tienen que entender que todo lleva un proceso. Mimamos mucho el libro y una vez que seleccionamos un manuscrito nos volcamos en él. Por eso los autores deben entender que, si nos envían un manuscrito, no podemos valorarlo en dos semanas ni en tres meses. No es fácil seleccionar un manuscrito. Lo leemos, lo releemos, lo volvemos a leer y entonces decimos... y eso lleva su tiempo. No hay cosa más dura, y puedes creerme, que rechazar un manuscrito, porque en esa obra esta el trabajo y la ilusión de un autor. Y es muy difícil tener que decir que no.


9. ¿Cuál es el libro del que estás más satisfech@?
De los dos que hemos editado y si me preguntas dentro de un dos años te diré que de los quince que hayamos editado y así siempre. Todo libro que decidimos editar es una satisfacción y no estoy siendo políticamente correcta, es la pura verdad. Sí lees La fábula de la palabra perdida de Jacobo Feijóo y Los náufragos del Aurora de Francisco José Segovia Ramos ¿Cómo no estar satisfecha? Si son una delicia. Sumergirse en su lectura es un auténtico placer.

10. ¿Un/a autor/a que te haya hecho ilusión publicar, o quien te gustaría trabajar?
Me hace ilusión editar a Jacobo Feijóo, a Francisco José Segovia Ramos, a Marc Fernández Cardellach, a Eduardo Martínez Abarca, Ramón y Gervasio López... Y me hubiese encantado trabajar con Terry Pratchett, Tolkien, Poe... Es imposible dar un solo nombre

11. Un proyecto del que puedas hablar...
El próximo proyecto en el que estamos trabando y que pronto verá la luz, es una saga de literatura fantástica, en la que el autor ha creado unos personajes y un mundo increíbles y estamos convencidos que no va a dejar indiferente a nadie

12. Recomiéndanos una lectura (que no sea de tu editorial).
Esta si que es una pregunta complicada, recomendar sólo un libro con las maravillas que existen, pero no te haré caso y recomendaré dos. El primero El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, es obvio el porqué, y la segunda es La feria de los santos de George Herman.