lunes, 2 de noviembre de 2026

Galaxia cicatriz, de Kristö Bravo

El libro del que quiero hablar hoy ya tuvo una primera edición en 2021, que ha sido actualizada recientemente por la editorial Blanco hueso. Una nueva imagen que, probablemente, ayuda a hacer que el lector entre en su mundo sin saber lo que le espera y al final, como se suele decir “se quede con el culo torcido”. Y es que Galaxia cicatriz se mueve por los mejores ejemplos de la narrativa de Matheson, esos en los que acompañamos a personajes de lo menos interesantes y somos testigos de cómo su vida se va yendo al traste a causa de una fuerza ajena, hasta que acabamos sumergidos en las arenas movedizas del terror, sin posibilidad de escapar ya hasta haber leído el último párrafo de la historia. 


Kristö Bravo, a quien tengo el gusto de conocer y haber trabajado en lo literario, ha entregado una obra cuyo tamaño no refleja bien el talento que contiene en sus páginas y que, cuán arca de la alianza, te puede freír los sesos cuando empieces a pasarlas. Un efecto conseguido mediante la precisa combinación de personajes muy humanos en sus imperfecciones, de su capacidad para relatar los pensamientos de seres obsesionados hasta lo enfermizo, y a una habilidad admirable para combinar un terror weird, basado en lo orgánico, con teorías de ciencia ficción. 



Para empezar, la historia de Galaxia cicatriz es la de la relación entre Troy y Helen: un matrimonio cuya relación sufre por una herida horrible que sigue aún abierta y supurando. Y aunque la mejor solución para lo que les ha ocurrido y les está sucediendo sería separarse, vemos cómo se empeñan en enredarse más y más en esa telaraña tóxica que han ido tejiendo entre ellos. De hecho, durante la primera mitad de la novela acompañamos a Troy y Helen, leyendo sus pensamientos y atisbando la enormidad del pozo en el que se han metido y que no dejan de ahondar. Así, vemos la espiral obsesiva en la que se mueve Troy, centrada en torno a sus investigaciones de física experimental y las formas en que fantasea sobre la infidelidad de su mujer, mientras que Helen vive revisando un momento de felicidad del pasado cuando su insomnio le permite dormir y esquivando los consejos de su madre a favor del divorcio. 


Sin desmerecer los momentos de terror sobrenatural, el factor más poderoso de Galaxia cicatriz es la forma en que se nos narra esa relación y lo terriblemente real y plausible que nos resulta, a pesar de las señales evidentes de que ha llegado a un nivel de toxicidad peligroso… y quizás no ha hecho más que empeorar desde que empezó. Porque no hay forma humana de contemplar lo que está sucediendo entre ellos y pensar que puede acabar como una relación sana. Y lo peor es que, a pesar del enorme peso que tiene la desgracia que han sufrido, uno se queda al final de la lectura con la sospecha de que eso no fue más que un leño más grande para el fuego que los ha estado consumiendo. Que son dos personas que nunca deberían haber acabado juntas, y tampoco han tenido en ningún momento la valentía o la honradez consigo mismos para dar el paso y seguir caminos separados. 


Toda esta ponzoña, acumulada y abonada durante años, va a alcanzar su punto de ebullición cuando un accidente de tráfico obligue a Helen y Troy a hacer lo que llevan evitando todo este tiempo: convivir. Y es en este momento en el que Kristö nos introduce en la siguiente fase de la narración: cuando la casa se transforma en una entidad que personifica todo lo malo de su relación, tras haberlo absorbido día a día sin cesar. Y al igual que les ha ocurrido con su propia vida de pareja, ninguno parece capaz de huir de allí, a pesar de saber que no deberían quedarse. 


Así pues, no perdáis de vista esta obra y a su autor. Puede que estéis dejando pasar una joya por no andar atentos al radar. 

martes, 4 de agosto de 2026

Recomendaciones animadas veraniegas

Vamos hoy con unas cuantas recomendaciones lúdicas, para aquellos que visitáis el blog y os apetezca aprovechar el periodo estival disfrutando de series de animación (actividad a la que he dedicado gran parte de estos meses, con la excusa de estar queriendo activar el modo “japo” en mi cabeza).


Oshi no Ko. Comienzo por una serie de anime de la que aún no he visto su última temporada, pero después de 24 episodios me parece que se merece muchos de los elogios que ha recibido. 


¿Cómo llegué hasta ella? Pues porque he visto varias series de “me morí y renací como…”, en las que los protagonistas acaban en mundos de fantasía, encarnando a héroes de lo más dispar… u objetos inverosímiles, así que el algoritmo me la presentó. 

Pero la primera diferencia básica en el caso que nos incumbe es que el prota se reencarna en nuestro mundo. Y después de un episodio inicial con longitud de película, en el que contemplamos su muerte y su infancia renacido, nos plantamos en el segundo episodio con el drama y los objetivos de la serie bien definidos: buscar a un asesino y disfrutar del típico enredo sentimental a tres bandas, tan típico en estas series. Eso sí, mientras se desarrollan algunos de los aspectos más oscuros de la industria de las idols y el mundo de los jóvenes talentos en la interpretación: el acoso en redes, la influencia de los “padrinos”, los problemas para tener una vida privada, los choques de ego… etc.


Yo, personalmente, la comencé a seguir porque me hacía gracia el conflicto “enemy to lovers” entre varios de los protagonistas, pero la trama detectivesca dio un giro radical al final de la segunda temporada y el elemento sobrenatural (que se había limitado al hecho de la reencarnación) volvió con otro detalle bastante oscuro e interesante. 



Tomo-chan es una chica. Entre las muchas series dedicadas al romance entre estudiantes de instituto, la premisa aquí es bastante más directa: Tomo-chan es una chica cuyo físico, forma de comportarse y estilo de vestir se pueden denominar como “poco femeninos”. Más guerrera que dama, un día descubre que su mejor amigo le gusta… pero él la trata como a otro chico de la pandilla. Y a partir de ese momento se nos presentan un montón de situaciones (cada episodio tiene 2 historias cortas, salvo al final de la serie) en las que ella busca el consejo de otras chicas para conseguir que ese chico la empiece a considerar como un interés romántico y no solo como un colega con quien practicar deporte y pelearse. Y, al mismo tiempo, la bisoñez de los dos les juega malas pasadas.

A mi me encantó el personaje de Tomo-chan por su forma de ser directa y sin medias tintas hasta la inocencia, y disfruté un montón (como buen tímido) cada situación en que la vergüenza daba al traste con sus planes. 



Campfire Cooking in Another World with My Absurd Skill. Para los que disfrutamos Tragones y mazmorras, esta serie propone una combinación similar: un mundo de fantasía en el que el protagonista realiza creaciones gastronómicas, usando como ingredientes las criaturas y plantas de este universo en lugar de los originales japoneses. 


La diferencia principal con respecto a la otra serie es que aquí el prota no es un aventurero que, además, cocina, sino que es un oficinista que aparece en este mundo de fantasía y que solo a veces (y obligado) se ve enfrentando a monstruos. Pero tras descubrir que su poder especial consiste en acceder a una tienda virtual (lo que le permite “materializar” productos frescos allá donde está), se da cuenta de que eso le hace valioso en un mundo donde los aventureros están hartos de no poder comer más que raciones de viaje secas y presas crudas durante sus misiones.

El problema es que ese talento culinario atrae a otros, aparte de a héroes, y acaba siendo engañado por un poderoso ser mágico. Así es como queda vinculado a Fel, un lobo mágico gigantesco inspirado en el Fenrir vikingo, y se ve obligado a cocinarle todos los monstruos y criaturas mitológicas que se ponen a su alcance. De modo que el lobo caza para que él los prepare con sus salsas e ingredientes del mundo real (y por efecto de su vínculo, ve incrementando a la vez su propio poder mágico más allá de lo esperable en un “cocinero”).



Super cub. La serie es, en primer lugar, un vehículo de admiración de una scooter superventas japonesa. No en vano le da el nombre, y se nota en la fidelidad al representar la maquinaria y la moto. Pero más allá de eso, lo importante es la relación de amistad y compañerismo que se forja entre la prota, una chica apocada que un día decide cambiar su bici por una scooter de segunda mano, y otra chica de su instituto que tiene una versión modificada y customizada de la misma moto. Cómo esa primera casualidad que las une va sirviendo para forjar lazos más poderosos, a medida que comparten momentos y sueños en sus escapadas moteras. 


La serie no es muy larga, pero cumple con creces a la hora de aportar un estupendo ambiente de comodidad y buenas vibraciones durante las horas de visionado. De hecho, el mono resultante me llevó a descubrir Bakuon!, que sería una versión disparatada y cómica del tema. 


lunes, 29 de junio de 2026

El consentimiento, de Vanessa Springora

Aquí estoy, dispuesto a cumplir la promesa que hice en mi anterior publicación, con la reseña de mi última lectura (que vino motivada por el club de lectura en el que participo): la polémica obra auto biográfica de Vanessa Springora, que sirve de testimonio de sus experiencias como adolescente seducida y abusada por un famoso autor en la Francia de los años 80.

Una descripción breve y sucinta de la obra es que se trata de un texto poco extenso, que se lee con facilidad y rapidez, a lo largo del cual la autora describe su situación familiar previa a conocer a Gabriel Matzneff (que en el libro es referido como M) un escritor 36 años mayor que ella, cómo fue seducida por él y acabó teniendo una relación romántica a la que accedió su madre y, por último, describe la degradación de la relación y de ella misma como persona cuando la realidad de la situación la desbordó, así como la aparente obsesión que ha mantenido el susodicho Matzneff por recuperar el trato con ella.




El título de la obra tiene un significado mucho más elevado de lo que podría parecer. El consentimiento constituye un pilón principal en torno al cual se articula no solo la realidad de esa sociedad en la que ocurren estos hechos, sino también la causa principal de auto culpabilidad de la protagonista y de otras víctimas del depredador de adolescentes.  

Y es que, sin restar importancia a la culpabilidad obvia de un depredador sexual que, según sus propias declaraciones, gozaba practicando el sexo con menores (a lo largo de los años publicó múltiples obras en las que se vanagloriaba de estas "hazañas"), la autora habla de cómo en la Francia de esos años existía un debate (que ha llegado hasta nuestros días) alrededor de cómo tratar legalmente las relaciones entre menores y adultos, especialmente porque el país establecía en ese momento los 14 años como la edad a partir de la cual un individuo podía ejercer su consentimiento para tener relaciones sexuales con otra persona. Y, por otro lado, se menciona la importancia de los intelectuales franceses herederos de los movimientos del 68, y de esa mentalidad que se regía por la máxima del "prohibido prohibir", entre los cuales estaba el propio Matzneff (y que promovió en 1977 la publicación de una carta a Le Monde y Libération, respaldada por muchos de estos intelectuales, en la que se solicitaba clemencia con los abusadores y la despenalización de las relaciones sexuales "consentidas" entre adultos y menores). Ese ambiente cultural se refleja en la aptitud que toma el entorno de adultos alrededor de Springora y el propio Matzneff: la madre acaba por aceptar la relación entre ambos cuando la descubre (llegando a escenas kafkianas como la que relata la propia autora, en las que la pareja cenaba junto con la madre con la más absoluta normalidad), y el círculo de amigos del escritor parece no haber hecho nada para evitar que prosiguiera.

La otra vertiente de este eje en el libro es el de la incapacidad de una menor para asimilar el hecho de estar siendo la víctima de lo que está pasando. Springora insiste en cómo su vehemencia a la hora de defender su amor (que provocó la decisión de su madre de permitir la relación) y su determinación al permitir que Matzneff la convierta en su pareja (aún sin saber realmente a dónde la están llevando esas decisiones), se convirtieron en el látigo con el que fustigarse después cuando descubre el terrible escenario en el que se ha metido. Puesto que, como "consentidora", le resultó muy difícil durante años el asimilar que realmente su decisión no había sido tan libre ni tan mesurada como habría debido serlo. Que las palabras de un adulto son capaces de retorcer la percepción de la realidad de un adolescente para que lleve su razonamiento hacia donde quiere dirigirlo. Un proceso que le resultó aún más complicado de superar, puesto que su historia con Matzneff fue hecha pública por él a lo largo de varias publicaciones durante los años posteriores. Obras en las que ella (así como otras de las "afortunadas" jóvenes que logró seducir) siempre fue retratada como una adolescente deseosa de descubrir el sexo con un adulto y cuya incapacidad para aceptar tan "elevado regalo" la hizo adoptar una postura recalcitrante en contra del gran intelectual. Una pesada carga mental que ella misma menciona como culpable de la imposibilidad para tener relaciones sentimentales normales durante la mayor parte de su vida.

En definitiva, El consentimiento constituye una obra de breve extensión pero cuya lectura puede darnos en qué pensar durante mucho tiempo, tanto por el contexto en el que se produjo esta atrocidad como por el hecho de que se produjo en un contexto "legal" (lo cual tampoco es cierto, pues Springora aún no tenía esos 14 años que la ley exigía para considerar que su relación era consentida).