El libro del que quiero hablar hoy ya tuvo una primera edición en 2021, que ha sido actualizada recientemente por la editorial Blanco hueso. Una nueva imagen que, probablemente, ayuda a hacer que el lector entre en su mundo sin saber lo que le espera y al final, como se suele decir “se quede con el culo torcido”. Y es que Galaxia cicatriz se mueve por los mejores ejemplos de la narrativa de Matheson, esos en los que acompañamos a personajes de lo menos interesantes y somos testigos de cómo su vida se va yendo al traste a causa de una fuerza ajena, hasta que acabamos sumergidos en las arenas movedizas del terror, sin posibilidad de escapar ya hasta haber leído el último párrafo de la historia.
Kristö Bravo, a quien tengo el gusto de conocer y haber trabajado en lo literario, ha entregado una obra cuyo tamaño no refleja bien el talento que contiene en sus páginas y que, cuán arca de la alianza, te puede freír los sesos cuando empieces a pasarlas. Un efecto conseguido mediante la precisa combinación de personajes muy humanos en sus imperfecciones, de su capacidad para relatar los pensamientos de seres obsesionados hasta lo enfermizo, y a una habilidad admirable para combinar un terror weird, basado en lo orgánico, con teorías de ciencia ficción.
Para empezar, la historia de Galaxia cicatriz es la de la relación entre Troy y Helen: un matrimonio cuya relación sufre por una herida horrible que sigue aún abierta y supurando. Y aunque la mejor solución para lo que les ha ocurrido y les está sucediendo sería separarse, vemos cómo se empeñan en enredarse más y más en esa telaraña tóxica que han ido tejiendo entre ellos. De hecho, durante la primera mitad de la novela acompañamos a Troy y Helen, leyendo sus pensamientos y atisbando la enormidad del pozo en el que se han metido y que no dejan de ahondar. Así, vemos la espiral obsesiva en la que se mueve Troy, centrada en torno a sus investigaciones de física experimental y las formas en que fantasea sobre la infidelidad de su mujer, mientras que Helen vive revisando un momento de felicidad del pasado cuando su insomnio le permite dormir y esquivando los consejos de su madre a favor del divorcio.
Sin desmerecer los momentos de terror sobrenatural, el factor más poderoso de Galaxia cicatriz es la forma en que se nos narra esa relación y lo terriblemente real y plausible que nos resulta, a pesar de las señales evidentes de que ha llegado a un nivel de toxicidad peligroso… y quizás no ha hecho más que empeorar desde que empezó. Porque no hay forma humana de contemplar lo que está sucediendo entre ellos y pensar que puede acabar como una relación sana. Y lo peor es que, a pesar del enorme peso que tiene la desgracia que han sufrido, uno se queda al final de la lectura con la sospecha de que eso no fue más que un leño más grande para el fuego que los ha estado consumiendo. Que son dos personas que nunca deberían haber acabado juntas, y tampoco han tenido en ningún momento la valentía o la honradez consigo mismos para dar el paso y seguir caminos separados.
Toda esta ponzoña, acumulada y abonada durante años, va a alcanzar su punto de ebullición cuando un accidente de tráfico obligue a Helen y Troy a hacer lo que llevan evitando todo este tiempo: convivir. Y es en este momento en el que Kristö nos introduce en la siguiente fase de la narración: cuando la casa se transforma en una entidad que personifica todo lo malo de su relación, tras haberlo absorbido día a día sin cesar. Y al igual que les ha ocurrido con su propia vida de pareja, ninguno parece capaz de huir de allí, a pesar de saber que no deberían quedarse.
Así pues, no perdáis de vista esta obra y a su autor. Puede que estéis dejando pasar una joya por no andar atentos al radar.





