lunes, 7 de enero de 2019

Mis deseos para 2019

Comienza un nuevo año y, como mucha otra gente en éstas fechas, no puedo evitar que mi imaginación se enrede en vaticinios sobre lo que me podrían deparar los próximos 365 días. Ensoñaciones que, por supuesto, se centran en todas esas posibilidades cuya materialización me daría una gran alegría. Por eso, y aunque quienes me conocéis sabéis que tiendo a ser bastante comedido en mi optimismo y a no dejarme llevar por cuentos de la lechera, después de los progresos conseguidos en el 2018 me voy a atrever a esperar cosas nuevas y mejores.

Éste deseo hubiese estado bien para el 2019, pero habrá que esperar a otro año. 😆


SAN JORDI
Ya he visitado varios años Barcelona para disfrutar de su fiesta del libro y la rosa, materializada en el extraordinario ambientazo que se vive ese día en la ciudad. Todas y cada una de las veces me ha sorprendido la multitud que pasea arriba y abajo por las casetas que inundan las Ramblas, y cómo el que más y el que menos acaba cargado con un par de ejemplares (y no digo nada si hay niños implicados). Lo que aún no he logrado es participar como autor invitado en alguno de esos puestos, o hacerme un hueco en las sesiones de firmas en la librería Gigamesh. Así que, por soñar...

FERIA DEL LIBRO
2018 ha sido el primer año en el que no he acudido a firmar ejemplares, rompiendo con una costumbre que se había mantenido ya varios años gracias a la participación en una u otra antología de relatos. Por otra parte, hasta ahora solía ocurrir que la publicación de los libros había sido reciente y, por lo tanto, nadie había podido leerse la historia de antemano. Es por eso que me encantaría volver en el 2019, pero esta vez para poder comprobar cara a cara el efecto de la magia de Monozuki en alguno de sus lectores y comentar con ell@s sus impresiones. Creo que, después de las reuniones con clubes de lectura, puede ser una experiencia muy reconfortante.

AVILES
Hasta ahora, nunca he logrado acudir al festival Celsius. Una mancha en mi currículum literario que me encantaría poder borrar éste año, aunque sea solo para estar allí en calidad de visitante. Todo lo que oído a otros escritores sobre el festival es genial (y no me refiero solo a la descripción de los cachopos), y  por eso tengo unas ganas enormes de poder experimentarlo en primera persona. En especial, esos encuentros tan cercanos con algunos de los autores invitados por la organización (Jon Bilbao estará allí y sería genial poder escuchar lo que tenga que contarnos, por ejemplo).

HISPACON
Dado que éste año la reunión anual de la AEFCFyT tendrá lugar en Valencia, y habida cuenta de la proliferación de eventos literarios que ha vivido la ciudad del Turia en el 2018 (incluida la creación del GolemFest), espero poder organizar mi calendario para estar allí aunque sean solo un par de días. Entre otras cosas, porque sigue siendo la mejor ocasión que tengo para reencontrarme con todos esos conocidos a los que la distancia impide que nos veamos durante el resto del año. Y como este año Monozuki podría optar a un premio Ignotus, pues igual hasta es una visita obligada... 

MAS MONOZUKI
A pesar de las buenas críticas que está cosechando la novela, su impacto se está viendo reducido a la página de Goodreads (donde mantiene una valoración muy buena, lo cual no es moco de pavo), mientras que aún no hemos conseguido llamar la atención de ninguna de las demás webs de referencia (aunque, eso sí, en el entorno del Japan Fan contamos con el inestimable apoyo de Kawaii y Frikismo). Así que podéis estar seguros de que durante el 2019 seguiremos en el empeño de descubrirle Monozuki a más lectores, pensando también en la salida de la segunda novela en algún momento de este año. Volumen con el que confío en hacer disfrutar mucho a los aficionados a la fantasía y las aventuras, además de responder a las peticiones de los lectores que querían saber más sobre Monozuki y su mundo. 

Y ADEMÁS...
Por supuesto, también querría recuperar la actividad en el blog a unos niveles parecidos a los que tuve durante años anteriores. El proceso de acabar el último manuscrito me ha absorbido en los últimos meses y esa ha sido la principal razón para que dejase de lado la redacción de artículos. Pero os puedo asegurar que ya hay unos cuantos listos en la recámara para dar los primeros pasos en 2019, y confío en poder ofreceros un ritmo de publicación aceptable hasta el verano por lo menos.  Además, para aquellos que también me seguís por Facebook, os comento que me haría ilusión recuperar esos cuentos "improvisados" que escribía inspirándome en la foto que elegíais. Y, por último, aunque no menos importante, espero encontrar tiempo para retomar mis reseñas de cine y literatura en el Athnecdotario Incoherente.

¿Qué os parece? ¿Estoy siendo muy ambicioso con mis expectativas para este año, o me he quedado corto? Comentad, comentad. Y no dejéis de leer.

martes, 6 de noviembre de 2018

Mi colección de cuentos favoritos (IV)

Si habéis leído los artículos que han precedido a este, puede que hayáis notado una constante en ellos: se trataba de relatos que formaban parte de mis recuerdos de infancia y adolescencia. A partir de hoy, sin embargo, doy un salto temporal y empezaré a referirme a obras que me han ayudado a evolucionar en mi estilo literario durante los últimos diez años. Empezando por uno de los nombres más relevantes de la ciencia ficción Hard contemporánea.

La ricura, de Greg Egan.
Aunque suelo advertir a mis amistades del menguante espacio que ofrecen día a día las estanterías en mi casa, nunca les agradeceré lo suficiente que me regalasen el Axiomático de Greg Egan; una recopilación de relatos que no debería faltar en la biblioteca de ningún aficionado a la ciencia ficción que se precie de tal. Y menos aún si tiene aspiraciones literarias (junto con Última etapa, si es que consigue hacerse con un ejemplar). La manera en que Egan plantea conflictos relacionados con posibles tecnologías futuras, las más de las veces en un entorno ordinario y del día a día, resulta muy interesante cuando no espeluznante.


La ricura me impresionó por cómo hace para presentar un aparato científicamente revolucionario bajo el aspecto de un electrodoméstico de usar y tirar: un útero artificial apto para ser usado por hombres que, en la sociedad imaginada por Egan, se considera poco menos que un capricho de Teletienda. Casi un juguete snob. Y por debajo de eso, acabamos por percibir un mundo en el que la industria ha perdido el miedo a usar la ciencia para saltarse barreras morales del calibre de la génesis humana, solo porque hay un potencial cliente cuya demanda puede ser satisfecha a cambio de un buen beneficio económico.

¿Cuáles son las claves del relato, y lo que explica la genialidad de Egan? Su capacidad para intuir un problema futuro derivado del comportamiento de la sociedad contemporánea, y concebir en qué manera se  le podría poner remedio (o algo parecido) desarrollando alguna tecnología actual (real o teorizada). En el caso que nos ocupa, parece haberse fijado en esta deriva cada vez más individualista y propensa a no crear vínculos emocionales, y se planteó luego un remedio a la incapacidad para formar parejas dispuestas a reproducirse. Un remedio cuasi rocambolesco, debo añadir, porque me imagino a Egan dándole vueltas al relato día tras día hasta encontrar la respuesta más polémica: dar a los hombres la posibilidad de engendrar vida pero, eso sí, con obsolescencia programada en relación al nivel de lujo que pueda permitirse el consumidor. En ese sentido, su postura choca de forma directa con quienes piden que la ciencia ficción retome el espíritu optimista de la Edad Dorada e imagine un mundo mejor. Y me temo que yo no puedo hacer otra cosa salvo respetar ese posicionamiento alarmista, ante las demostraciones que se ven en los periódicos sobre el sometimiento de la ciencia a las leyes del mercado. De hecho, La ricura es un relato que se puede considerar ahora mismo más que actual, con las polémicas recientes sobre la maternidad subrogada y los vientres de alquiler.

Por supuesto, mi principal razón para admirar a Egan es su enorme conocimiento científico (algo que me ocurre con la mayoría de autores Hard), y cómo hace para explicar los principios teóricos de cada relato con sencillez (o, al menos, con la sencillez suficiente para ser comprendido por personas interesadas en la ciencia pero sin estudios específicos). En su caso, como con las personas dotadas de talento musical, no puedo hacer otra cosa salvo maravillarme ante su arte. Aunque sea con una especulación muy poco optimista. Por eso, si estás leyendo el artículo y te interesaría escribir ciencia ficción, busca su obra y tenla en cuenta. Sobre todo, por su capacidad para tratar la ficción especulativa temprana, esa que se ubica solo a unas décadas de distancia y que resulta tan arriesgada de escribir en comparación con los universos alejados siglos o milenios de nuestro presente (por su tendencia a acabar resultando obsoleta en pocos años, o convertida en un relato cómico del futuro).

lunes, 8 de octubre de 2018

Stephen King, el éxito a pesar de uno mismo.

Con la reciente reimpresión de Mientras escribo, un buen número de aficionados a la escritura y seguidores del maestro del terror vuelven a tener a su disposición en las estanterías de todas las librerías este peculiar texto.

Personalmente, confieso que mi relación como lector de King pasó del amor al odio, para equilibrarse hace unos años en un respeto profesional tras leer éste libro. En la adolescencia disfruté de forma inmensa La zona muerta, (mi primer contacto, gracias a la biblioteca de un familiar), Ojos de fuego y Carrie (por su temática, que entroncaba de manera perfecta con mi afición a los cómics de mutantes), y La larga marcha (que considero una extraordinaria obra distópica y de terror psicológico); pero después de It, ninguna otra novela logró tocarme la fibra sensible. Cujo y Maleficio me parecieron ya menores en comparación con las otras y, cuando el maestro del terror anunció que iba a hacer una historia en un mundo fantástico, acabó de defraudarme con Los ojos del dragón. A partir de ese momento me uní al amplio sector de detractores que opinan que "King escribe demasiado y demasiado rápido para que todo sea bueno" (opinión que en Padre de Familia escenificaron a la perfección en un sketch en el que el autor, en una entrevista con su editor, se inventa sobre la marcha que su próxima novela tendrá a un flexo como el monstruo).

(Padre de Familia, ep. 11 temp. 2. Para haters de King)

A pesar de todas esas reticencias, había oído a muchas personas recomendar el libro y lo veía de vez en cuando en la lista de obras para "futuros escritores". Así que, coincidiendo con su publicación en formato de bolsillo, me hice con mi ejemplar un día que fui a la busca de libros dedicados a la escritura. Y solo con sus primeras páginas me impresionó.

King arranca la obra con una autobiografía centrada en su progresión literaria, desde la infancia errabunda provocada por el abandono paterno (salpicada de muchas anécdotas graciosas propias de semejante entorno en la niñez), pasando por su matrimonio a una edad muy joven y las dificultades económicas como profesor de lengua teniendo que mantener a una familia con dos hijas, hasta llegar al éxito de Carrie y sus primeras novelas... uniendo este ascenso al Olimpo literario con su muy personal descenso a los infiernos de la adicción: de su primera borrachera con menos de veinte años, a caer en el alcoholismo durante décadas, mezclado con el consumo de drogas en sus momentos más oscuros; llegando incluso a emular a los personajes del Yonqui de Burroughs, al acabar tomando jarabes con derivados de opiáceos. 
"El primer paso que dio Tabby fue vaciar en la alfombra una bolsa de basura llena de cosas de mi despacho: latas de cerveza, colillas, cocaína en botellitas de gramo, más cocaína en bolsitas (...) Valium, Xanax, frascos de jarabe Robitussin para la tos y de NyQuil anticatarro, y hasta botellas de elixir bucal."
Aunque sea una de las novelas que menos me gustó, resulta terrible leer su testimonio respecto a cómo le afectó su adicción durante la escritura de Cujo.
"... tengo una novela, Cujo, que apenas recuerdo haber escrito. No lo digo con orgullo ni con vergüenza; sólo con la vaga sensación de haber perdido algo. Es un libro que me gusta, y ojalá guardara un recuerdo agradable de haber redactado las partes buenas."
Una espiral que su familia le ayudó a cortar, por suerte para sus fans, ya que le sirvió para ver las cosas en perspectiva tras sufrir un gravísimo atropello en 1999 (que él describe como la escena de una de sus novelas) a resultas del cual comenzó la redacción del libro que nos ocupa.


La segunda mitad, dedicada ya a la escritura, se titula "Caja de Herramientas" y define la forma en que él entiende el oficio: hacerse con una serie de buenas herramientas que te ayuden a la hora de fabricar historias. Así comienza a describir la necesidad de saber manejar el vocabulario, la gramática, a seguir un manual de estilo, y a aprender a trabajar los párrafos. Los últimos consejos serían leer mucho y escribir mucho.
"El programa agotador de lectura y escritura por el que abogo (de cuatro a seis horas diarias toda la semana) solo lo parecerá si son actividades que ni te gustan ni responden a ningún talento tuyo. De hecho, puede que ya estés siguiendo uno parecido. (...) La lectura constante te lleva a un lugar (o estado mental, si lo prefieres) donde se puede escribir con entusiasmo y sin complejos.  También te permitirá ir descubriendo qué está hecho y qué por hacer, y te enseña a distinguir entre lo trillado y lo fresco, lo que funciona y lo que solo ocupa espacio. Cuanto más leas, menos riesgo correrás de hacer el tonto con el bolígrafo o el procesador de textos."
Por supuesto, también habla de su rutina de escritura diaria. Un ejercicio estajanovista que es bastante conocido entre los aficionados.
"Me gusta hacer diez páginas al día, es decir, dos mil palabras. En un mes son 180.000 palabras, que para un libro no está mal..."
Cada capítulo se completa con varios ejemplos prácticos, incluidos fragmentos de textos propios de King, en los que desgrana los aspectos prácticos de su proceso creativo. Cómo estudia el manuscrito (a diario, y una vez terminado el manuscrito) para eliminar aquello que es superfluo o afecta a la calidad del texto, amén de repasar la mayoría de recomendaciones de estilo de todos los manuales (evitar adverbios, las repeticiones, los problemas de vocabulario, etc...)

De todo ello, el ejemplo sobre cómo leer un texto propio con ojo crítico fue con el que logró que volviera a respetarle. De todo el trabajo detrás de las horas invertidas en levantar una novela, esa capacidad para recortar "paja" al texto y decidir que tal o cual parte necesita reelaborarse o sobra del todo, es la más difícil de desarrollar. Pero también ocurre que, cuando lo consigues, la sensación después de corregir un manuscrito es satisfactoria en extremo.

En definitiva, Mientras escribo constituye una obra de referencia para cualquier persona que aspire al oficio de escritor. ¿Les convertirá en otro Stephen King? No lo creo posible, ya que no da ninguna receta secreta. De hecho, una de las primeras cosas que dice es:
"No hay ningún Depósito de Ideas, Central de Relatos o Isla de los Best-sellers Enterrados."
Lo mejor es que sus consejos le servirán de forma general a cualquier escritor. Y, en todo caso, quien tenga el talento y la capacidad para igualar su velocidad de escritura, podrá aspirar a niveles similares de prolificidad. Siendo consciente en todo momento, eso sí, de que si el propósito es alcanzar el oficio de escritor profesional ésta es una carrera de fondo en la que, a quien flaquea, le conviene quedarse en la cuneta igual que en su Larga marcha.