jueves, 24 de mayo de 2018

De las manías de escritor.

Durante la presentación de Monozuki, la chica zorro, una de las preguntas que me hicieron desde el público fue sobre mis manías. Sobre una de las que provoca más curiosidad y/o admiración, de hecho: la de escribir a mano la primera versión de todos mis relatos y novelas. Una de varias que cualquiera (yo incluido) podría pensar que son inmutables; pero hoy, al repasar unos comentarios que escribí sobre ese tema el año que salió a la venta El secreto de los dioses olvidados, he descubierto que algunos "vicios" han variado con el tiempo y otros nuevos han ido apareciendo.

Plumas y Moleskines. Mi afición a escribir con pluma estilográfica se cimentó durante la redacción del manuscrito de El secreto de los dioses olvidados. Primero, por una razón de calidad estética, ya que escribir la novela con un bolígrafo me parecía un horror (máxime cuando iba a hacerlo en una libreta Moleskine); y en segundo lugar porque aún no estaba muy ducho en la escritura con pluma y eso me obligaba a redactar con una caligrafía mucho más legible (quienes me conocen saben que puedo convertir unas notas en una receta médica). Sin embargo, la costumbre de usar Moleskines se deshizo poco después de acabar el manuscrito. A raíz de tener que encontrar una sustituta para mi pluma (una humilde Inoxcrom), los nuevos modelos hicieron patente que las famosas libretas "de escritor" no se fabrican ya con un papel apto para resistir trazos húmedos. De modo que, mientras la colección de estilográficas crecía, la de libretas tuvo que dar paso a otros cuadernos que imitaban el aspecto vintage que tanto me gusta (Clairefontaine, Leuchtturm 1917...), y solo vuelvo a caer en el viejo fetichismo por algunas de las ediciones especiales que se hacen de vez en cuando, a las que me cuesta mucho resistirme.


Horarios. Cuando hablé de mis hábitos de escritura, hace diez años, me declaré un autor nocturno. Lo cual fue cierto durante mucho tiempo, ya que la mayoría de mis cuadernos estaban rellenos de historias cortas y escenas dispersas, fruto de la inspiración del momento, sin destino concreto pero que esperaba poder utilizar en el futuro... Pequeños experimentos de escritor novato, esbozados en mi habitación antes de irme a dormir, durante los años de universitario. Sin embargo, esa rutina se extinguió por culpa de mis horarios de trabajo, y acabó desplazándose a un momento menos sombrío: las horas entre el amanecer y el mediodía. Y, para poder alejarme de las distracciones que me acechan en casa, he terminado por desayunar en locales donde no me tomasen por loco al sacar los "bártulos de escribir". Lo cual ha acabado por convertirme en un paseante asiduo del barrio de Maravillas de Madrid. Una rutina que, en vacaciones (o cuando viajo) suelo cambiar a la hora de la merienda.

¿Brújula o plano? Las primeras novelas que escribí fueron el resultado de hacerlo sin ningún esquema previo... y son claros ejemplos de redacción "con brújula". Una que sería prima-hermana de la que lleva el Capitán Sparrow en el bolsillo. En mi descargo, diré que esas obras están escritas por un adolescente con el único propósito de contar una aventura; y que la imposibilidad de poner punto final a muchas otras historias fue lo que me convenció de que debía hacer uso de la herramienta "de mapa" por antonomasia: la sinopsis. Eso fue lo que me permitió dar vida a El secreto de los dioses olvidados, si bien la brújula hizo que dibujara algún requiebro en mi camino. Aún hoy, lo reconozco, dejo espacio para la improvisación en la redacción de mis tramas por culpa de una mala experiencia con una sinopsis demasiado rígida. Una costumbre a la que se sigue uniendo, de vez en cuando, la de redactar de forma no lineal, de modo que me centro en la escena que mejor se adecua a mi estado de ánimo de ese día.

Documentación. Si bien para El secreto de los dioses olvidados el trabajo de documentación histórica resultaba poco menos que imprescindible, incluso relatos cortos me han tenido horas buscando información para poder crear ese efecto de verosimilitud que tanto me gusta. Y es la razón de que haya acabado acumulando una pequeña colección de libros de viaje, con el fin de extraer la esencia histórica de los lugares que voy a retratar. E incluso en universos de fantasía como el de Monozuki sigo aplicando el mismo trabajo, ya que me parecen mucho más fascinantes esos mundo en los que no todo es "mágico" (amén de que las peculiaridades de ciertas culturas del pasado, no necesariamente exóticas, son tan interesantes que permiten crear civilizaciones completas en torno a esos detalles de su idiosincrasia). Un método que le ha dado muy buen resultado a autores como George R.R. Martin, por ejemplo. Y yo, debo reconocerlo, me dejo llevar enseguida por la emoción cuando se trata de dar forma a mundos imaginarios.


Cada firma, un regalo. En cierta ocasión me topé con un autor que, a la hora de hacer las dedicatorias, se valía de un rotulador grueso de pizarra con el que escribía una frase antes de rematar la tarea con un elegante garabato. Es una costumbre que he visto practicar en otras personas y que puedo disculpar en sesiones multitudinarias, pero que me parece muy fría, la verdad. Si a alguien le has conquistado con tu lectura hasta el punto de querer tener un ejemplar dedicado, considero que lo justo al esfuerzo que hace él o ella al salir de casa es ponerle un poco de cariño al asunto. Por eso en las sesiones de firmas acostumbro a llevar plumas que me permitan realizar trazos con cierta calidad caligráfica. Mi experiencia al respecto es que el lector se siente más agradecido... y te sirve para crear rivalidades graciosas, cuando se trata de una sesión de firmas grupal y se produce alguna comparación entre tu firma y la de otro compañero.


Y estos son, grosso modo, mis hábitos de escritura más reseñables. Sé que palidecen ante otros como teclear el texto de pie, escribir solo en la cama, encerrarse en una habitación a oscuras, o redactar oliendo manzanas en putrefacción. Uno aún es modesto. Pero confío en que me estén sirviendo para ofrecer a mis lectores mucho entretenimiento, que es mi meta última. 

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