viernes, 5 de mayo de 2017

"Las puertas de Anubis" de Tim Powers

Aunque no es extraño que, mientras lees una novela, empieces a percibir semejanzas con libros leídos con anterioridad, resulta menos habitual que acabes indagando sobre esa obra y acabes con la sospecha de que aquellas lecturas previas serían, en realidad, historias influenciadas por la que tienes entre las manos. Y a pesar de que yo a Tim Powers ya le había conocido por medio de En costas extrañas, han sido Las puertas de Anubis las que me han descubierto su (más que probable) ascendente sobre otros autores.

La historia se desarrolla en torno a dos elementos principales: los viajes en el tiempo y la magia. Incluso, siendo un poco más preciso, debería decir que se trata de viajes en el tiempo favorecidos por una clase de magia muy antigua y poderosa. El hecho es que su protagonista, el especialista en literatura victoriana Brendan Doyle, es invitado a participar en un viaje secreto al Londres de mediados del siglo XIX, y a consecuencia de ello se verá perdido de pronto en ese paisaje dickensiano sin saber cómo hacer para volver a su mundo. Un planteamiento que, con diferencias, recuperaría más tarde para En costas extrañas, pues allí también teníamos a un personaje sacado fuera de su ambiente natural, a personajes históricos recreados con mucha gracia, y una magia que subsiste por debajo de ese mundo con mucha más fuerza de la que cabría esperar.


El mayor acierto de Powers en este punto es su capacidad para hacer viajar al lector a esa recreación del Londres victoriano. Además de una estupenda labor de documentación, que probablemente nos permitiría seguir los pasos de Doyle en un mapa de la época, la narración está aderezada de un buen número de referencias sensoriales (sabor de comidas y bebidas, olores...) que envuelven el conjunto y colaboran a hacerlo aún más tangible. Tan solo, para quienes somos aficionados a los grabados de Doré, nos puede chocar un poco que omita la niebla y el humo que comenzaban a enseñorearse de la ciudad por aquella época. A ese Londres "resucitado" se le contrapone el Londres escondido, habitado por los mendigos y el resto de los repudiados por la sociedad, en cuyas tinieblas la magia sigue prosperando bajo la férrea dirección del Doctor Romany y el terrorífico payaso Horrabin. Aquí, Powers despliega un verdadero zoo de pesadillas góticas que hará las delicias de cualquier seguidor de Lovecraft, acompañado por una magia que combina leyendas y rituales egipcios con un toque de abracadabra, cuyas reglas se nos irán desvelando poco a poco.

El problema para Doyle es que, sin quererlo, va a estorbar la conjura sobrenatural que se traen entre manos los dos magos. Esto hará que se convierta en el blanco de sus iras y lo empujará a toda una serie de aventuras un tanto calamitosas por esos bajos fondos londinenses, poblados de personajes propios de Dickens, mientras busca una solución a su situación e intenta conservar la vida de paso.

Un detalle curioso de la trama es la obsesión del protagonista por un poeta de la época de cuya vida apenas se conocen unos pocos detalles, William Ashbless. Interés provocado por el hecho de que ha empeñado su reputación en la tarea de escribir la biografía del poeta, y tras muchos esfuerzos se encuentra al borde del fracaso. Solo que el personaje fue una invención del propio Powers y James Blaylock durante su etapa universitaria, que ambos decidieron revivir en las novelas que estaban escribiendo a principios de los 80 y solo la casualidad quiso que compartieran editor y los convenciera para crear una biografía consistente del personaje, de modo que así le dotaron de un realismo aún mayor. Pero con la excusa de perseguir al poeta, se acabarán produciendo una serie de curiosas paradojas que darán mucho en qué pensar a los aficionados a la teoría del viaje en el tiempo cuando lleguen a la conclusión de sus aventuras.

Justo al alcanzar el final de la novela es cuando, en mi caso, ese regusto a "historia ya leída" se volvió más intenso. No dejaba de encontrar similitudes con dos de mis obras favoritas de Gaiman: Neverwhere y Stardust; sobre todo al pensar en ese planteamiento de un protagonista un poco estrafalario y poca cosa, negado para la acción, que se ve enfrentado de pronto con el hecho de que la magia es real y que se ha metido en una situación de la que no va a ser nada fácil salir. Lo cual me hizo comparar fechas. Y, dado que la obra de Powers precedió a las novelas de Gaiman en trece años, he empezado a pensar que las aventuras de Brendan Doyle bien pudieron inspirar su pluma mientras creaba el Londres de Abajo...

Así pues, y sin querer extenderme más, si os gustan la ambientación victoriana, los viajes en el tiempo, la magia oscura y os apetece disfrutar de aventuras enarbolando un sable, no dejéis pasar al oportunidad y leer Las puertas de Anubis

lunes, 3 de abril de 2017

"Orgullo y Prejuicio" de Jane Austen

Por si a alguien le extraña que, dados mis gustos literarios, haya acometido la lectura de este libro (ignorando la versión zombificada de hace unos años), me explicaré confesando que se trata del título escogido por el club de lectura al que pertenezco. Es de esta manera como logro obligarme a leer clásicos y/o autores a los que, de otra manera, sería difícil que les diera una oportunidad. Y así, además, puedes entretenerte luego comentando tu opinión sobre el libro delante de un café y un pedazo de tarta. 

A pesar de todo lo anterior, no voy a despotricar en contra de la obra de Jane Austen. Aunque las historias centradas en romances siguen sin ser de mi predilección, Orgullo y prejuicio contiene varios elementos que me resultaron interesantes: por una parte, la representación de las diferencias entre los aristócratas ingleses; por otra, la plasmación del papel de la mujer en esa sociedad y las cortas ambiciones que se le ofrecen; y por último, aunque no menos importante, el humor negro con el que describe esos matrimonios nacidos de una mera conveniencia económica, entre otras cosas. 



La sinópsis de la obra es relativamente sencilla: la historia se centra en Elizabeth Bennet, hija de una familia adinerada venida a menos, y de la relación de amor/odio que se forja entre ella y Mister Darcy, un caballero con una inmensa fortuna a la que todos desean emparentarse. Sin embargo la narración se entretiene también en los esfuerzos de las demás hermanas de la familia Bennet por encontrar una pareja, y a través de ellas nos ofrece Austen un surtido de tipos de mujer de la Inglaterra de finales del XVIII (limitado, eso sí, a las clases medias y altas).

Para empezar, y es el elemento que cobra mayor importancia desde un principio en la novela, habría que hablar de las nítidas barreras que se establecían entre las personas según lo voluminoso de las rentas. A lo largo de la narración se refieren a ellas en varias ocasiones, demostrando la naturalidad con la que cada cual asumía su posición, inferior o superior respecto de los demás, en base a ese único factor económico y cómo, igual que en un sistema de castas, la persona de una "clase inferior" resultaba inadecuada para el matrimonio. Un detalle que, a la postre, le sirve a Austen para establecer el mayor de los escollos hacia la felicidad que se interpone en el camino de las hermanas Bennet.

(ilustración de una edición de 1923)

En un libro escrito por una mujer y centrado en personajes femeninos tenía que acabar por reflejarse la situación de su sexo en esta época. Y, por desgracia, el retrato que nos ofrece la autora resulta desolador. La máxima aspiración de esas mujeres residía en encontrar un marido. Un hombre con similar poder adquisitivo, cuando menos, si es que no se podía conseguir un pretendiente con rentas más suculentas. Tal es esto que incluso la protagonista, que en un principio se muestra indiferente a su soltería, acaba por evidenciar más tarde una clara disposición al matrimonio (aunque, como es obvio, la suya se supone como una muy poco común relación de igualdad marido-esposa para la época). Esta caza de un marido, en el amplio sentido de la expresión, nos brinda situaciones en que la edad, el aspecto físico, o la mezcla de ambos marcan la urgencia de cada personaje femenino por lograr su objetivo antes de convertirse en solteronas. Y, a la inversa, nos muestra a jóvenes recién llegadas a la adolescencia cuya meta es casarse cuanto antes para no verse "rebajadas" a tener que trabajar como institutrices. Como digo, un retrato nada favorecedor de las mujeres de la alta sociedad, que me recordó un poco al paralelismo de las hormigas en La vida de los insectos de Viktor Pelevin.

Todo lo cual nos lleva hasta lo que, en mi opinión, debía ser para Jane Austen el ejemplo paradigmático de estos casamientos medidos por rentas y selladas por la necesidad: los padres de la protagonista. Una pareja dispar a la que el tiempo les ha enseñado a soportar las rarezas del otro, pero poco más. Como le dice el padre a Elizabeth en cierto momento: 
<<Hija mía, no me des el disgusto de verte incapaz de respetar al compañero de tu vida. No sabes lo que es eso.>>
Por último, aunque también sea un elemento persistente a lo largo de la historia, insistir en la fuerza con que se expresan algunas ideas mediante la ironía, desde la misma frase inicial del libro. Acidez verbal de la que el padre de las hermanas Bennet se convierte en máximo exponente, seguido a cierta distancia por la propia Elizabeth (en especial, en aquellos momentos en que el narrados nos desvela sus pensamientos). Esta forma de crítica a la sociedad se complementa con varios personajes que, más que retratos, son caricaturas de modelos de la época (la señora Bennet, el primo clérigo, las hermanas pequeñas...), al modo de "secundarios cómicos" de alguna obra de teatro. Y de esa apariencia risible podemos extraer cuál sería la opinión de Jane Austen sobre ellos y ellas...

Así pues, y dejando de lado la trama un tanto folletinesca y de comedia de enredos, el principal valor de esta novela reside para mí en ese retrato tirando a descarnado de la "Gentry" inglesa a finales del XVIII. Y una forma de tener presente cuánto ha avanzado el movimiento feminista en la mentalización y la consecución de mayor independencia para la mujer en estos últimos dos siglos.

martes, 13 de diciembre de 2016

"El horror según Lovecraft" de J.A. Molina Foix

La de hoy es una reseña dedicada a una lectura de "aprendizaje", un libro que me interesó por su capacidad para ponerme en contacto con una buena cantidad de autores que me eran más o menos desconocidos. No en vano, como aficionado a los relatos de Lovecraft he sufrido un dilema que (supongo) le debe resultar conocido a otros lectores: la dificultad para encontrar obras de autores contemporáneos al "genio de Providence", fuera de las recopilaciones de relatos ambientados en los universos de Cthulhu. Es una percepción personal, pero creo que durante muchos años las editoriales consideraban los ciclos de Lovecraft como un valor seguro y se limitaban a ese material a la hora de publicar "terror decimonónico"; que en las librerías había docenas de ediciones o reediciones de títulos lovecraftianos, y (casi) ninguna referencia fuera de ese universo, produciéndose un salto temporal inmediato que te llevaba a autores actuales.

Esa es mi opinión. Y esa es la razón de que en una de mis visitas a Barcelona y (casi por tradición) a Gigamesh, tardase solo unos segundos en decidir que necesitaba tener esta antología publicada por Siruela y organizada por Juan Antonio Molina Foix. Una decisión de la que me alegro, pues creo que cumple con el objetivo que se plantea: ofrecer un surtido de relatos de terror coetáneos a la creación de Lovecraft. Y, sobre todo, he disfrutado descubriendo a esos autores que le influenciaron a la hora de construir su personal estilo de relato (aunque, como el propio Molina Foix reconoce, las limitaciones de espacio le impidieron incluir a algunos de los considerados como pilares fundamentales del género: Radcliffe, Brockden Brown, Hodgson, E.T.A. Hoffmann...). Para mi, en concreto, este libro ha supuesto el hallazgo de Charlotte Perkins Gilman. Todo lo cual me lleva a la siguiente recomendación: si sois, o conocéis, un autor con aspiraciones de escribir terror y afición por el estilo de Lovecraft, este es un libro que os resultará muy útil para expandir vuestras referencias literarias. Algo a lo que colabora de forma sustancial el breve texto de presentación que acompaña a cada relato, en el que se referencian las obras más representativas de cada autor. 


Después de esta diatriba, creo que poco más puedo decir sobre mi opinión general al respecto del libro. Así que va siendo hora de comentar su contenido de forma sucinta, comenzando por aquellos relatos que más me han llamado la atención de los que componen la antología.

La litera de arriba, de Francis Marion Crawford. Como dice la propia presentación del relato, citando a Lovecraft, "gran parte de la mejor literatura de horror americana procede de plumas no dedicadas exclusivamente a este género". Y, si bien considero que se trata de un relato de terror con fantasma al cual el tiempo y la evolución de la narrativa le ha reducido su capacidad para causar miedo, lo resalto por esa frase y lo que puede enseñar a los aspirantes a escritores: no encerrarse en los círculos del género y aprender a encontrar voces igual de válidas en autores que estén en órbitas "más lejanas".

El papel amarillo, de Charlotte Perkins Gilman. Ya he dicho antes que éste ha sido mi gran descubrimiento de la antología. Su relato plantea una bajada a los infiernos de la paranoia y la demencia con un talento enorme. Todo ello narrado en primera persona por su protagonista femenina, al que ese papel amarillo va trastornando de forma progresiva ante nuestros ojos, con unos resultados sorprendentes.

El gran dios Pan, de Arthur Machen. Un relato próximo a la novela corta, con un estilo que demuestra el gran ascendente que tuvo este autor sobre la forma definitiva de la obra de Lovecraft. Aquí encontramos hombres que buscar ir más allá de los límites de la ciencia, universos ominosos que contactan con el nuestro, seres pseudo divinos cuya naturaleza es ajena a la humana en el amplio sentido de la palabra. Y para rematar, un destino funesto sobrevolando a los personajes.

Los sauces, de Algernon Blackwood. Considerado uno de sus relatos más brillantes, con razón. Su descripción del terror psicológico del hombre al enfrentarse a una ruptura de las "leyes de la naturaleza" es de una intensidad brillante. Una lectura obligatoria sobre lugares malditos.

La araña, de Hans Heinz Ewers. Propone un típico diario/ confesión/ testamento del protagonista que se ha visto atrapado en la red (nunca mejor dicho) de uno de esos monstruos que permanecen ocultos entre los humanos sin que nadie lo perciba. Y, a pesar de lo predecible de este formato, logra mantenernos interesados por la resolución final.

Aparte de estos, completan la colección otros diez relatos:

¿Qué fue eso? de Fitz-James O'brien. En el que, con un discurso que recuerda a algunos clásicos como El doctor Jekyll, se nos narra la perturbadora experiencia de unos caballeros que dan con un insólito y aterrador ser.

El pacto de Sir Dominick de Sheridan LeFanu. Su relato sirve para demostrar de forma palpable por qué se le considera el máximo exponente de las historias de fantasmas victorianas.

¿Quién sabe? de Guy de Maupassant. El último relato de terror que escribió mezcla, por una parte, un misterio sobrenatural irresoluble y por otra un final teñido de humor negro.

La muerte de Halpin Frayzer, de Ambrose Bierce. Aprovecho la mención de este autor para recomendar El diccionario del diablo, una obra indispensable para quien practique el humor negro y/o el estudio crítico de la historia. Su relato, en cambio, es una incursión en los cuentos de protagonistas con destinos funestos y lugares, si no malditos, cargados de maldad.

El conde Magnus, de M.R. James. Nos presenta otro de los temas recurrentes de la época: el mal durmiente, que el protagonista acaba despertando (y sufriendo), en medio de un ambiente plagado de señales ominosas.

La mansión de los ruidos, de M.P. Shiel. Es una historia cuyo hilo argumental les resultará muy familiar a los seguidores de Lovecraft: una mansión que tiene algo de ser vivo, una maldición ineludible, y unos habitantes al filo de la locura en el entorno de un paisaje que transpira irrealidad.

La casa de la esfinge, de Lord Dunsany. El más breve de los relatos plantea la llegada del protagonista al lugar donde descansa un poder misterioso. Lírico y sugerente.

De profundis, de Walter de la Mare. El tema de la demencia y las presencias sobrenaturales/ espectrales se nos narra aquí a través de las vivencias del protagonista, un caballero que vuelve para tomar posesión de una antigua herencia familiar.

El final de la historia, de Clark Ashton Smith. Tiene bastante de los primeros cuentos de terror góticos: un ambiente de ruinas, personajes angustiados, y una maldición oculta cuya revelación acaba por trastornar al protagonista.

El testimonio de Randolph Carter, de H.P. Lovecraft. Una antología dedicada al genio de Providence no podía olvidar a su homenajeado, así que da el broche final al libro esta historia en la que uno de sus atribulados personajes nos rinde cuentas sobre el aterrador desenlace de su incursión más allá de las barreras de este mundo.

Y eso es todo lo que puedo decir. Tan solo insistir en mi recomendación como lectura muy práctica para aficionados al gótico y seguidores de Lovecraft. Si estas Navidades tenéis que hacer un regalo a alguien que cumple con esas características, ya sabéis...