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viernes, 3 de junio de 2011

"Snow Crash" de Neal Stephenson


(Reseña previamente publicada en Melibro)

William Gibson inauguró el género del Cyberpunk en 1984, al publicar “Neuromante”, y 8 años después Neal Stephenson se encargó de afinar el modelo. “Snow Crash” bulle de acción, soportada por una explosión de adjetivos prestos en todo momento a darnos la visión, el gusto, el olor y el sonido de ese mundo hipertecnificado en el que los personajes corren de un lado para otro. El discurso cuajado de analogías deslumbrantes, seña de identidad de “Neuromante”, se acompaña aquí de una ambientación que responde al estereotipo del género (sociedad decadente, radicalización de las diferencias sociales, multinacionales con atributos de estados soberanos...)

La historia transcurre a principios del siglo XXI. El gobierno de Estados Unidos ha cedido su soberanía a franquicias internacionales, y el Metaverso constituye un universo binario en el cual la libertad de acceso no impide mantener las diferencias de status, derivadas de la capacidad para utilizar software/hardware superior. Los habitáculos de almacenaje son una vivienda habitual y los trabajadores de las Franquicias pertenecen (en el amplio sentido de la palabra, a veces) a la empresa. Tras el debacle del gobierno, los Estados Unidos han pasado a regirse por la versión más salvaje del libre mercado.


En términos generales, la trama del libro no deja de ser una historia de “nobles bandoleros” implantada en ese universo futurista: el personaje principal (Hiro Protagonist) y su aliada (T.A.*) son personajes que actúan de forma “alegal”, aunque ceñidos a códigos de conducta que los mantienen dentro de una cierta “tendencia al bien”. Hiro es un hacker, y como tal luce desde el principio una abierta actitud inconformista con el orden establecido. T.A. es un correo, cabalgando las autopistas sobre un patín inteligente para entregar paquetes cuyo contenido le es indiferente. Pero ambos acabarán convertidos en héroes (muy a su pesar), en medio de una gran conspiración por hacerse con el monopolio de los Estados Unidos. Por supuesto, como toda historia con héroes involuntarios, la acción será la que acabe encontrando a los protagonistas. Acción a raudales, que les obligará a moverse más por instinto de supervivencia que por su idealismo. En el caso de Hiro, su vinculación con el Metaverso le pondrá en contacto con Snow Crash, una forma de virus informático capaz de afectar físicamente al usuario. Y T.A., por su parte, descubrirá que hacerle favores a la Mafia no siempre conlleva experiencias agradables.

En ningún momento podemos olvidar que, sobre todo, esta es una historia de aventuras. Las escenas en que los protagonistas luchan o llevan a cabo hazañas espectaculares priman a lo largo del texto, en una demostración continua de las posibilidades que ofrecen tanto el Metaverso (con su ficción de realidad) como el mundo real (con dispositivos que desafían a la realidad). Así que es posible disfrutar con los combates de espada de Hiro, las acrobacias en monopatín de T.A. y las innumerables batallas que riegan la persecución de Cuervo. Es por eso que, en comparación, la base teórica en la que fundamenta Stephenson el funcionamiento del virus Snow Crash se queda muy atrás. El mito de Babel pasa a convertirse bajo su pluma en una serie de datos algo abstrusos, que supuestamente permitirán dominar la civilización a quien los desentrañe. Personalmente es el único “pero” que le encuentro a esta obra. La reinvención de los dioses asirios y de parte del Antiguo Testamento, mediante una analogía entre ese mundo primitivo y el funcionamiento de un programa informático, es curiosa. Pero en mi caso no me resultó coherente con el mundo propuesto por Stephenson.

Aún así, la novela es interesante por los planteamientos que hace en torno a evoluciones tecnológicas y sociales. Por ejemplo, el Metaverso. Esta realidad paralela, sustituta de la física, puede considerarse en parte un anticipo del “Second Life”. No en vano comparte varios elementos fundamentales (avatares modificables, la capacidad de interactuar con los demás usuarios, opciones para construirse una vivienda, e incluso el tener un negocio ubicado en ese mundo cibernético...) Aunque, eso sí, en Snow Crash este entorno va unido a dispositivos de Realidad Virtual con una capacidad de inmersión aún por alcanzar.

En cuanto a cambios políticos y sociales, aún estamos lejos (por suerte) de la radicalización que imaginó Stephenson. Y es que, aunque debamos conformarnos con democracias imperfectas, la opción que nos propone la novela (transnaciones basadas en establecimientos franquiciados, que hacen las veces de consulados), resulta bastante más aterradora.

De todos modos, “Snow Crash” cumple sobradamente como “lectura ligera” con la que entretenerse y pasar un buen rato. Seguro que más de uno acaba envidiando las hazañas de Hiro y T.A.


(*En el original inglés, Y.T., que da pie a un chiste fonético no trasponible al castellano)

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