Aún no eres un seguidor del blog?!

viernes, 26 de agosto de 2016

"La primera ley" de Joe Abercrombie

Aunque lo normal es que haga reseñas individuales de cada libro, incluso cuando se trata de una serie, el caso es que con La primera ley me veo obligado a hacer una excepción por la forma en que está concebida (y las impresiones que me ha causado). Por lo tanto, venga aquí mi opinión sobre la trilogía fantástica que ha hecho famoso a Joe Abercrombie.

En primer lugar hay que hablar sobre el universo en el que se desarrolla la historia. Y la mejor palabra para calificarlo que se me ocurre es hostil. Muy hostil. No sólo es que la mayoría de sus personajes vivan enfrentados a uno o más personajes, es que los lugares por los que se mueven son peligrosos (páramos helados, desiertos inacabables, ruinas malditas, campos de batalla de toda índole...). Y a eso hay que añadirle el toque Peckimpahniano con el que ha aderezado a sus personajes, de tal manera que todos ellos tienen defectos (físicos y/o de carácter) y secretos oscuros que callar. Lo cual es lógico, en un mundo egoísta como el que viven. Un mundo vendido al precio del beneficio que se pueda conseguir a costa de otros.


La saga comienza con La voz de las espadas, un tomo que sirve en esencia para presentarnos a los personajes principales de la saga, además del universo y las relaciones entre los distintos bandos que van a enfrentarse. Y precisamente eso es lo que me empujó a no escribir una reseña al acabar el libro, y continuar con la lectura de la saga. Porque, aunque los fans de Abercrombie que puedan leer esto me critiquen al expresarme así, la sensación al llegar a la última página fue como si El señor de los Anillos terminase su primer libro tras el Concilio de Elrond. Lo cual no quita para reconocer que se disfrutan mucho todas esas páginas en las que nos hemos ido haciendo una idea del carácter de cada uno de los protagonistas y sus claroscuros: Logen Nuevededos, como el guerrero norteño que ya está a vueltas de todo y al que le resulta imposible desprenderse de su violento pasado; Jezal dan Luthar, el joven noble, egoísta e inconstante, que ambiciona llegar a lo más alto de la élite a través de la carrera militar; Ferro Maljinn, la rebelde que una vez fue esclava y sólo vive para su ansia de destruir a los que la encadenaron; Bayaz, el mago cuyos poderes han empezado a palidecer pero se niega a dar por perdida la guerra que comenzó siglos atrás; Collem West, el héroe militar de origen humilde al que desprecian el resto de oficiales de la nobleza; y, por último, Sand dan Glokta, ex-soldado reconvertido en inquisidor tras sufrir el horror y las mutilaciones de las prisiones del reino Gurkhul, que lo redujeron a una sombra de su gloriosa figura.

Con estos personajes, Abercrombie desarrolla una historia punteada de episodios épicos, pero sucios, cargados de violencia que llega a ser demasiado explícita, al tiempo que maneja una trama soterrada de corruptelas palaciegas, falsas lealtades y auténticas conspiraciones para hacerse con el poder. Dos planos que se dividen durante la trilogía, hasta confluir en el último de los volúmenes. Mientras Bayaz y su compañía nos sirven la acción pura y dura, Sand dan Glokta es el que nos conduce por los elementos más escabrosos moralmente, sobre todo con las descripciones de las torturas y las motivaciones de los gobernantes, acompañado por un despliegue de humor negro que resulta admirable.


No quiero dar demasiados detalles sobre la trama de la trilogía, ya que hay ciertas revelaciones que no conviene estropear, pero procuraré explicarla lo mejor posible: el reino de La Unión domina una gran parte del mundo circular, aglutinando a centenares de nobles desde hace siglos. Sin embargo, el rey es ahora un viejo idiota y sus consejeros están en una continua por favorecer sus intereses. Y lo que todos ellos ignoran es que un terrible enemigo está hablando a los oídos de los enemigos de La Unión: los Norteños y el Imperio Gurko. Animándolos a coger las armas. Encendiendo los fuegos de la guerra. Una guerra en la que se emplearán armas convencionales, alquimia, magia y objetos místicos de un poder desmesurado, pues están involucrados los supervivientes del conflicto que provocó la división entre los magos, allá en los albores de los tiempos. 

Como ya he dicho, La voz de las espadas constituye la presentación general de la situación, mientras que Antes de que los cuelguen cubre las batallas en el norte y El último argumento de los reyes narra la invasión de La Unión y el desenlace final de la guerra.


Por supuesto, siguiendo la corriente actual de la fantasía, no nos conviene encariñarnos demasiado con los personajes, porque las muertes violentas están al orden del día. Pero, como ya decía al inicio, incluso resulta complicado empatizar con sus protagonistas. La mayoría de ellos tienen las manos tan sucias de sangre que ni ellos mismos se consideran dignos de redención, mientras que el resto actúa por motivos tan egoístas que no resultan dignos de admiración (salvo que seamos de los que admiramos a cabrones desalmados). Eso hace que, aunque en un principio resulte fácil buscar similitudes con Canción de Fuego y Hielo, a medida que vamos leyendo veamos que no hay ningún Ned Stark, ningún Jon Snow, ninguna Daenerys Targaryen. No hay nadie intentando hacer lo justo, porque Abercrombie nos sitúa en un mundo injusto en el que cada cual hace lo necesario para sobrevivir. 

Así pues, recomiendo La primera ley para todo aquel que se considere fan de El padrino, Harry el sucio, Los señores del acero y cualquier otra historia de anti-héroes de la peor calaña.

jueves, 4 de agosto de 2016

"Ready Player One" de Ernest Cline

Publicada en 2011, y con una versión cinematográfica prevista para 2017-2018, de la mano del mismísimo Spielberg, no hace falta decir mucho más para dejar claro que estamos ante un best-seller de aventuras. Una obra cuyo éxito, en mi opinión, se ha cimentado en una particular mezcla de nostalgia de la adolescencia, una trama sencilla pero absorbente y, por encima de todo, tratarse de un libro escrito por un friki para todos los que somos o hemos sido frikis.

El punto de partida del libro es bastante atractivo: una distopía situada en un futuro cercano (mediados del siglo XXI), en el que la escasez de combustibles fósiles ha derivado en una depresión mundial y una crisis social de graves consecuencias: los suburbios de las ciudades lo conforman torres construidas a base de apilar cualquier cosa que sirva como vivienda improvisada, lo cual incluye miles de vehículos de motor abandonados; muchos dependen de vales de comida para su sustento; algunas personas viven incluso como esclavos para las empresas a las que deben dinero; fuera de las ciudades se nos pinta un espectáculo propio de la saga Mad Max; y en ese estado de cosas, la realidad virtual es el lugar en el que todos los habitantes huyen de su horrible vida real y se relacionan. Para los amantes del cyberpunk, éste sería un estado temprano de cualquiera de sus universos.

En medio de esa predicción tan oscura tenemos a Wade Watts: un héroe que ejemplifica la mayoría de los estereotipos del friki, tal y como ha sido representado en el cine y los libros. Un muchacho poco agraciado, lo cual le provoca problemas para relacionarse en la vida real, demasiado listo y a la vez demasiado pobre para poder salir del agujero en el que está metido. Un crío cuyo minúsculo círculo de amistades está en OASIS, el mundo virtual que le permite ocultar todas sus inseguridades tras un avatar electrónico. Un círculo de amistades que se reduce a un amigo, con el que comparte su única afición: la cultura de los años 80 (videojuegos, películas, música, juegos de rol...), ya que está enfrascado en una "búsqueda del tesoro" a través de los incontables mundos virtuales de OASIS, cuyo premio es la fortuna multimillonaria de su creador.

Con esta premisa, cualquier lector que haya entrado en la adolescencia a lo largo de los ochenta se encontrará disfrutando de una especie de revival de su juventud. Y cuanto mayor fuera su afición a las películas, los videojuegos y/o la música, mayor será la diversión, pues el libro está plagado de referencias directas e indirectas a todo ello. De hecho, se pueden buscar en internet listados más que extensos de todos esos elementos. Y dudo que haya mucha gente capaz de haberlos identificados.

(ilustración de Florian de Gesincourt)

Por supuesto, como toda buena historia de aventuras con "chico marginado", a lo largo de la novela hará amistad con otros "buscadores del tesoro", que se convertirán en sus mejores aliados cuando haya que enfrentarse al terrible enemigo que acecha en la oscuridad virtual de OASIS: una corporación, que ha creado un ejército de esos buscadores, con el único propósito de ser ellos quienes consigan el premio final (lo cual incluye el control absoluto de ese universo virtual). Y mientras tanto tendrá tiempo para conocer el amor, sufrir que le rompan el corazón, pelearse con sus amigos por ser quien encuentre el tesoro, convertirse en un personaje famoso, escapar a un atentado y llevar a cabo proezas de espionaje informático.

Como ya he dicho al principio, ésta es una sencilla historia de aventuras. Pero Ernest Cline desarrolla con enorme talento la trama, de modo que nos pasamos todo el tiempo preguntándonos ¿cómo va a resolver Wade esto? De hecho, para aquellos lectores que comparten las aficiones del protagonista y han jugados los videojuegos, han visto las películas o escuchado las canciones a las que se refiere, la novela se suele convertir en una de esas lecturas absorbentes que sólo se dejan cuando se llega al último punto y final. Si eres de los que disfrutó en el cine de La historia interminable, de Tron (la original), de Juegos de Guerra, de Lady Halcón, de MazingerZ, has conocido la prehistoria de los videojuegos, la década de las hombreras y te gustaría tener un DeLorean... Ready Player One no puede defraudarte.

(imagen promocional para la película)

lunes, 11 de julio de 2016

De maestros literarios

Los que siguen este blog desde hace más tiempo, ya conocen algunas de las principales obras y autores que me han influenciado en mi vida (Verne, Wells, Asimov, Doyle, Scott Card...). Sin embargo, aunque todos ellos me infundieron esta necesidad de crear universos en los que poder llevar a mis personajes a vivir aventuras, y siempre he aspirado a igualar su capacidad para la maravilla, de ellos lo que aprendí al final fueron los mecanismos de esos géneros. NO quiero decir que no me enseñasen nada, si no que, al leerlos, me hacían soñar con el día en que yo mismo fuera capaz de escribir historias así: aventuras sin fin, misterios sorprendentes, mundos increíbles, lugares escalofriantes, monstruos aterradores...

¿Dónde quiero ir a parar? Pues (y a partir de aquí veremos cuántos aficionados se indignan), que al llegar a la última página de esos libros, la vena de escritor que vivía oculta en mi cabeza solía sentirse admirada por el contenido, pero no tanto por el continente. Creo que la primera vez que pensé "quiero escribir así" fue después de leer El intruso, de H.P. Lovecraft. Más allá de la sorpresa (y la dicha) de saber que Phineas Fogg había logrado ganar su apuesta; de la alegría de ver al Corsario Negro triunfar sobre sus enemigos; del terror de la comprensión de la verdadera naturaleza del "juego" de Ender. Al leer aquel relato tuve mi primera epifanía sobre el oficio del escritor. Con su última frase, Lovecraft me hizo consciente de que todo lo que había experimentado era fruto del uso del lenguaje y el ritmo en la narración. Así que resulta sencillo entender de dónde proviene mucho del barroquismo y las estructuras de mis relatos a partir de entonces (que pueden rastrearse hasta El secreto de los dioses olvidados).

Después de publicar la novela, tanto las críticas de amigos y desconocidos como el simple hecho de dedicarle muchas más horas a la escritura, me acabaron convenciendo de que necesitaba depurar mi estilo. Y, entre otras cosas, he ido participando en talleres de escritura con la sana intención de tonificar los músculos del escritor y quitarme malos vicios. Tarea que, combinada con la participación en un club de lectura, me ha servido para conocer a unos cuantos autores de los que quisiera creer que he logrado capturar algo de su talento al redactar.

Para empezar, debería nombrar a Terry Pratchett. Su capacidad para la parodia creo que es muy difícil de igualar. Ni siquiera ser un gran aficionado al humor negro y a esa forma retorcida de ironía que practican los británicos te asegura que tus textos se acerquen a la calidad de este maestro.Y aunque lo coloco aquí el primero, es probable que haya entre mis lectores quien diga que es una influencia complicada de percibir, puesto que en toda mi producción lo cómico escasea. Y aquí debo confesar mi cobardía, pues estoy por asegurar que ninguno de los relatos en los que he pretendido añadir notas de humor ha logrado críticas favorables (o, al menos, el nivel de aplauso que hubiese esperado). Lo cual me ha disuadido de probar más veces con ese camino. Aunque, quién sabe, quizá en el futuro...

Siguiendo la cronología de mi memoria, en segundo lugar debería ir Cormac McCarthy. Para describir la impresión que me produjo su escritura, baste decir que había empezado a leer La carretera en un PDF que debían haber hecho con el escaneo de algún ejemplar, y acabé por comprarme un ejemplar en papel porque sabía que esa copia me estaba robando la experiencia de lectura.  Una decisión de la que nunca me arrepentiré, porque así pude disfrutar de esa forma descarnada de escribir, logrando que parezca fácil hacer un texto sin florituras. Me dejó impresionado. Y como su lectura coincidió con la época en que intentaba asimilar las críticas al barroquismo de El secreto de los dioses olvidados, se convirtió en una de mis primeras referencias a la hora de simplificar la construcción de una narración. (De hecho, La carretera me resultó tan buena que no me he atrevido a leer ni una página del resto de su obra, por temo a que mi admiración se vea truncada, aunque sea un poco).

(ilustración de Mariusz Starwarski)

El siguiente autor al que debo referirme es uno de los grandes clásicos: Nabokov. Al autor de Lolita (que no he leído) le comencé a conocer gracias a una amistad, que me regaló un ejemplar de Mashenka, y un gran amigo que me animó a leer Pnin. Pero fue con Risa en la oscuridad con la que me rendí a su talento para crear diálogos brillantes, capaces de evocar mil detalles en la personalidad de sus criaturas. Esa manera de plantearlos, como si tan sólo estuviera transcribiendo una conversación intranscendente (y que lo que diga cada uno sea tan significativo, a todos los niveles), me fascina. Lo cual, para alguien que considera los diálogos como una "asignatura pendiente", es una gran meta. O, al menos, un desafío importante a largo plazo.

Al igual que con Nabokov, fue un buen amigo el que me dejó su ejemplar de Bajo el influjo del cometa para que pudiera conocer a Jon Bilbao. Pero la suya es una clase de maestría compleja. Te fascina sin que puedas señalar con claridad un recurso técnico concreto que resulte clave, y su destreza narrativa es impresionante. Para empezar, esa capacidad para convertir una situación en apariencia mundana en una trama angustiosa y hasta fuera de lo común, en todos los sentidos. Algo que no se puede imitar, porque proviene de la misma mente del autor. Como con los genios de la pintura, uno puede explorar los elementos técnicos de su obra y, aún así, sólo quedarse en "imitador de". Sin embargo, aspirar a provocar en el lector esa sensación de extrañamiento del mundo creo que es la clase de reto que te puede empujar a mejorar en la escritura.

Para acabar, siguiendo el orden más o menos cronológico que he establecido, tengo que hablar de Hemingway. otra de mis flagrantes "carencias en clásicos" durante años, que decidí subsanar tras leer varios fragmentos de sus relatos en sendos cursos de escritura. Para alguien tan aficionado a incorporar el misterio y a jugar con la evocación, los relatos de Hemingway proporcionan un sinfín de ejemplos sobre cómo trabajar la trama a través de "la parte sumergida del iceberg", con un narrador que da información con muchos niveles de interpretación (cuyo ejemplo más conocido es Colinas como elefantes blancos). Y, al igual que Nabokov, te obliga a admirar al forma en que plasma sus diálogos. Cómo puede organizar un relato en torno a una charla entre amigos, o la manera en que es capaz de plasmar aquello que dos personas no necesitan explicarse sin que resulte artificioso. Aparte de esa manera de escribir, como si cada cuento fuera el fragmento de un diario y estuviésemos leyendo una confesión de su pasado, o sus duras narraciones de escenas de guerra (En el muelle de Esmirna, o Tal como nunca serás). Muchas cosas que, por la proximidad en el tiempo, ya veremos cómo digiero y voy aprovechando...

Por último, y como mención honorífica, quiero referirme a Eloy Tizón, al que le debo una enorme disculpa por no haber encontrado aún el momento para leerle. Pero le incluyo aquí porque su tarea como profesor, en la opinión de unas cuantas amistades, le ha venido muy bien a mi forma de escribir. Para un autodidacta como yo, obligarme a reflexionar sobre el poder de ciertos elementos técnicos fue la manera de abrir puertas que no quería (o no sabía cómo) abrir. Y, de paso, me ayudó a madurar bastante en la forma de afrontar ciertos temas que, hasta entonces, solía evitar por la implicación emocional o una especie de "pudor literario".

Y con esto termina el artículo. Sospecho que me estoy dejando algunas referencias literarias en el tintero, pero prefiero dejarlas para una reflexión futura (en la que, seguro, podré añadir otros autores a los que habré "descubierto"). Y, además, en las disecciones que voy haciendo de los relatos ya publicados estoy procurando reflejar esos datos.


Así pues, hasta pronto y espero que disfrutéis de este artículo. Un saludo.