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sábado, 26 de diciembre de 2009

Influencias II: Aquellas series de animación...


No puedo ocultarlo, hay unas cuantas series de dibujos animados que me volvieron loco siendo un crío. Se me quedaron grabadas a fuego en la cabeza, y desde entonces se las apañan para filtrarse de una manera u otra en lo que escribo.

Para empezar está el robot con mayúsculas: Mazinger-Z. Debí de soñar durante años con la escena en la que se veía esa gran piscina al lado del edificio, y cómo se abría para que pudiera salir al exterior Mazinger. Antes que un coche quise tener un planeador como el de Koji Kabuto, podéis estar seguros.


Bien es cierto que la serie era extraordinariamente simplona. Consistía en ver cómo los buenos descubrían el punto flaco del robot malvado de turno después de que Mazinger recibiera una paliza, en la que media ciudad japonesa quedaba arrasada. Exceptuando los episodios en los que que le entregaban nuevo equipo a Mazinger (¡Ay Dios cuando le pusieron alas! ¡Aquello fue el acabose!), el argumento no iba mucho más allá. Pero ese fue posiblemente mi primer peldaño hacia la Ciencia-Ficción. La primera vez que se me pasó por la cabeza la posibilidad de un mundo distinto del que veía al despertar. Un mundo donde eran posibles las cosas más increíbles. Aunque, claro, entonces yo sólo era un renacuajo y me limitaba a babear de envidia porque no podía tener un robot gigante para pilotarlo y correr aventuras.

Mazinger fue mi serie favorita hasta el día en que cinco chavales disfrazados con cascos de pájaros se asomaron al televisor. Eran el Comando-G, ¡y resultó que tenían poderes! ¡Y su nave se transformaba en un ave de fuego! El cambio era más profundo de lo que yo podía imaginar entonces, porque ya no se trataba de chicos montándose en máquinas para derrotar a los malos. El Comando-G estaba compuesta por héroes capaces de sacudir a los malos por sí solos. Y tenían vehículos superchulos...


Con "La batalla de los planetas" empecé a explorar la fantasía de los personajes "metahumanos". Un universo del cual me fue imposible desengancharme. Así no es extraño que, al cruzarme con los superhéroes de cómic, me viera impelido a seguirles el rastro. A devorar sus aventuras. A querer ser uno de ellos. Y, por si alguien se lo pregunta, Mark no era mi personaje favorito (a ese lo interpretaba el vocalista principal de Parchís en las actuaciones, y a mí no me caía bien).

Sin embargo, aún me falta una serie para completar la trilogía de influencias animadas de mi infancia. Un producto europeo, para variar, fruto de entremezclar la Ciencia-Ficción y la Mitología. Y no se trata de "Érase una vez... el espacio", otra serie que me tuvo pegado al televisor capítulo tras capítulo. Me refiero a "Ulises 31". Si no me equivoco, fue de los primeros ejemplos de animación francesa que llegó a España. Y aparte de una estética diferente (sobre todo en lo concerniente a las naves espaciales y los personajes), suponía seguir las desventuras de este Odiseo estelar mezcla de Sandokan barbudo y caballero jedi. Desventuras, porque Ulises y Telémaco pasaban las de Caín en cada episodio y nunca se veía el fin a sus desdichas. ¿Cuándo iba el pobre a volver a su planeta natal? ¿Conseguiría alguna vez romper la maldición de Zeus y despertar a los tripulantes de la nave?


Salvando las distancias, este personaje fue mi "Candy Candy" de la época. Igual que con la pobre huerfanita, uno se sentaba a ver la aventura de la semana deseando que la mala racha de Ulises se acabara. Pero con la sospecha interior de que la cosa no se iba a arreglar. Experiencia que se repetiría con "Dragones y Mazmorras".

A lo largo de este tiempo ha habido muchas otras series capaces de llamar mi atención (Ironman28, C.O.P.S., Macross, Transformers, Bola de Dragón, Caballeros del Zodíaco, Reboot...). Sin embargo, ya no me deslumbraba la sorpresa. Más bien, las veo como obras que me cautivaron gracias al hechizo inicial de esas series que me marcaron. Una regla que sigue vigente a día de hoy, puesto que no puedo resistirme a darle una oportunidad a cualquier ejemplo que me las recuerde.

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