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jueves, 5 de junio de 2014

De Yogurteras y Tomateras

Venga hoy otro artículo dedicado a mis divagaciones sobre el mundo editorial. En esta ocasión, dedicado a la reflexión que se puede plantear quien está inmerso en este mundillo por los problemas derivados del pirateo de libros.

En fecha bastante reciente, se abrió un debate sobre el conflicto de los ebooks "caseros" (y las salidas que podrían poner en práctica las editoriales para detener la pérdida de lectores que esta práctica supone) en un grupo de Facebook. El artículo principal tomaba como ejemplo una defensa contra la piratería de películas hecha por Javier Bardem, comparando el mundo editorial con un comerciante obligado a innovar sus productos para adaptarse a las nuevas tecnologías que pueden hacerle una "competencia desleal".

El caso es que este debate me recordó a otra polémica, surgida también en Facebook cuando alguien hizo notar que algún "avispado" había decidido convertir la Antología Steampunk de Felix J. Palma en un audiolibro (saltándose a la torera todos los derechos de la editorial, of course). Un plan para el que se había valido de alguna clase de programa lector de textos, similar al que posee el Adobe Reader. El resultado de semejante idea era una voz eléctrica, leyendo un texto en castellano con la entonación que debería usar para un texto en inglés. Una aberración, en pocas palabras. Pero lo asombroso de la noticia no era ya que este individuo hubiese tenido la osadía de ofrecer estos archivos en una página de descargas. Lo que a mí me resultó ya estrambótico fue comprobar que no sólo poseía un importante número de seguidores, si no que esas personas le reclamaban con ansia que colgase más grabaciones de ese tipo. ¿Realmente había gente capaz de dejar que el audio continuase tras los primeros quince segundos, en lugar de apagar el reproductor?

La conclusión a la que me hacen llegar es que, igual que hay personas que ya no van al cine porque se conforman con ver una grabación hecha a escondidas en la sala, se está creando un grupo de "lectores" que dan por bueno un ebook basado en el escaneo de páginas (por más fallos ortotipográficos que se encuentren), o un audiolibro que les lea como un analfabeto. Esto es un hecho que tira por tierra toda la teoría del "ponerse al día" o el "no seas ciego a las nuevas tecnologías". La constatación de que la gente pueda consumir un producto de ínfima calidad sólo porque es gratis sí que resulta preocupante. Porque eso significa que no importa cuánto innoves, o que decidas olvidarte de la polémica sobre el DRM para que los ebooks no pasen de un lector a otro. Ese grupo de personas sencillamente se han acostumbrado a no pagar. Y me da miedo que, al igual que antes con el "top manta", lo que era un recurso que sólo se usaba a veces se acabe convirtiendo en el modo habitual de consumir libros.

Vale, quizás se trate de una deducción muy catastrofista. Pero las evidencias están ahí. Y la pregunta es obvia: ¿cuánto tiempo puede soportar un negocio que la gente quiera su producto de forma gratuita? Podríamos esgrimir ahora el discurso de "ajusten los precios a las posibilidades de los clientes", pero no hace mucho era la propia editorial Kelonia la que se lamentaba del pirateo, a pesar de haber dejado el coste en papel o ebook a un mínimo muy razonable. De nuevo, hay gente que sigue prefiriendo ver un dvd (aunque se oiga fatal y no se vea bien) a ir a una sala, por mucha promoción del día del espectador que le puedan hacer. 


Y aquí entra mi razonamiento de la tomatera. ¿Sería justo que todos los que pasamos junto a un campo de tomates nos llevásemos los frutos? Al fin y al cabo, tampoco es que el agricultor haga gran cosa, ¿no? Se limita a plantarlos y a esperar a que crezcan.  Y los del super los cobran luego a precio de oro... Y aunque no lo parezca, las consecuencias de un abuso generalizado tiene un paralelismo muy similar: el agricultor (o editor) calcula una cosecha y espera un beneficio que le compense por los gastos de la siembra, la recogida, etc... Pero, si a la hora de hacer cuentas, los "avispados" nos hemos llevado una parte sustancial de los frutos, al agricultor le reducimos los beneficios. Y con esa constante, se le obliga a subir el precio del producto (lo que alimentará las críticas por un "precio abusivo", reafirmando la opinión de los "avispados") o a asumir que sus expectativas de ganancias con las que costear las siguientes cosechas se han reducido. Este ciclo, repetido una y otra vez con cada cosecha, acabará forzando al agricultor a abandonar su oficio cuando sea incapaz de afrontar los gastos de su empresa. Un extremo que puede ser lejano aún para el mercado editorial en general, pero tiene visos de convertirse en una realidad para los sellos modestos. 

Lo peor de todo esto es que estoy seguro de que los responsables de estos ebook/audiolibros "de baratillo" son totalmente impermeables a estos razonamientos. Para ellos, lo normal ya es ir a tu terreno a coger tomates en lugar de pagarlos en la tienda. Y cuando una editorial cierre, se buscarán otra tomatera y seguirán arrancando frutos...

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