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jueves, 20 de enero de 2011

"El Último Héroe" de Terry Pratchett

(Reseña previamente publicada en Melibro)

Como aficionado al universo del Mundodisco me duele confesar que este libro ha esperado durante un año a que lo leyera, después de haber abandonado mi primera intentona por culpa de una agenda demasiado ocupada.

Calificar esta obra es difícil, puesto que su volumen es doblemente engañoso: las casi doscientas páginas de lectura no deberían superar la centena en un formato más ortodoxo. Y esto es así porque deben compartir su espacio con las numerosas ilustraciones que pueblan el libro, lo cual ha hecho necesario adaptar ese tamaño para lograr una adecuada reproducción de las mismas. El resultado es una novela breve, animada por un magnífico trabajo gráfico, y en ese sentido la novela me recordó a los especiales de Navidad en que actores de diversas series se entrecruzan en la trama.

La mayor dificultad que deberá afrontar el lector de “El último héroe” es el necesario conocimiento del universo y los personajes del Mundodisco, cuyas historias han sido entrecruzadas a lo largo de la treintena de obras que componen esta serie. Sobre todo porque Pratchett ha planteado la obra para los seguidores de su particular mundo paródico-medieval. Imagino que obligado también por la corta extensión del texto, introduce a los personajes con una somera descripción antes de retomar la acción, así que si no se ha leído “El color de la magia” y “¡Guardias!¡Guardias!” (como poco) la complicidad entre el lector y el texto es imposible. Otro inconveniente, a título personal, es el modo en que se ha acomodado el texto alrededor de las ilustraciones. En lugar de cederles un espacio, los párrafos se desplazan hacia los laterales y en ocasiones se pierde un poco la lógica de la narración.

Sin embargo, para quienes conocemos la idiosincrasia de los Ankh-Morporkianos, los magos, los héroes bárbaros, la MUERTE y los dioses del Disco, la obra es un pequeño gran tesoro. Quizá echemos en falta una profundidad mayor en la trama y sus enredos, pero también hay quien dirá que esta es la longitud apropiada para las obras de Mundodisco. Pratchett continúa dejando extraordinarios destellos de genial ironía en frases ante las que la sonrisa es inevitable. Y el trabajo de Paul Kidby dando vida a los personajes no se queda atrás. De hecho, no creo que sea el único en desear una edición en formato póster de alguna ilustración (el Gran A´Tuin llevando los elefantes y el disco por el espacio, para empezar).

En lo tocante a la trama, nos encontramos con una historia tan alocada como nos tiene acostumbrados Pratchett culminada con un final de tragedia griega (bueno, no tanto, pero le anda cerca). La historia comienza cuando Cohen el Bárbaro y la Horda de Plata deciden embarcarse en una misión de heroica venganza contra los dioses que les han defraudado. La noticia acaba llegando a Anhk-Morpork y, ante la amenaza de que provoquen el fin del mundo si llegan a la ciudad de los dioses, Lord Vetinari pondrá en marcha todos sus recursos para detener al batallón geriátrico de bárbaros. Rincewind, la Universidad de Magia, Leonardo de Quirm, el capitán Zanahoria y el propio patricio deberán poner en práctica sus muy peculiares talentos para lograr el éxito de la misión. A partir de esa premisa, el guión desarrolla dos historias en paralelo (como suele ser habitual en muchas de las obras de Pratchett). Por un lado seguimos a Cohen y sus compañeros de aventuras, en una parodia de todos los libros de espada y brujería, mientras Rincewind vuelve a ejercer de héroe totalmente involuntario en un remedo medieval-fantástico del Apolo XIII junto a Zanahoria y Leonardo de Quirm. Por supuesto ambos grupos acabarán enfrentándose, pero revelar cómo se resuelve el encuentro sería un delito.

Aunque al principio he calificado este volumen como un capítulo “festivo” para deleitar a sus más fieles seguidores, no sería justo negarle su relevancia. Además de ese despliegue de chistes y personajes tan familiares para los aficionados al Mundodisco, “El último héroe” supone la aventura postrera de Cohen. Un final sorprendentemente agridulce (en ese orden), con el que rematar esta joya de la fantasía y el humor.

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