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jueves, 11 de febrero de 2016

Los "Cuentos Cuánticos" (14)

Encaramos ya la recta final de esta sección, con los últimos tres relatos de Ni colorín, ni colorado que faltan por "diseccionar". Y siguiendo con la alternancia entre las dos secciones que componen el libro, hoy le toca el turno a lo que mi imaginación fantaseó sobre la versión adulta del muñeco de madera más famoso del mundo: Pinocho

De forma similar a lo que ocurrió con mi versión de El libro de la selva, el relato que se publicó fue el resultado de varias correcciones y modificaciones al texto (aunque menos sustanciales que en el caso de la historia de Mowgli). La idea principal surgió al considerar el origen del personaje: un muñeco de madera que cobra vida gracias a la magia, y que sólo al aprender a ser un buen hijo consigue ser transformado en un niño de carne y hueso. La influencia de la magia en su vida era tan importante que, de seguro, le habría dejado una impronta imborrable. Pero, además, contaba también con el detalle de ser uno de los clásicos más "modernos" que se han escrito, ya que se publicó a finales del siglo XIX. Y , al igual que en el caso del Libro de la selva, decidí que sería una buena idea aprovechar esa época a la hora de ambientar la trama. Aunque, dado que iba a crear una versión adulta, lo que hice fue avanzar un poco en la historia. Y así es como acabé por situar la historia durante la Primera Guerra Mundial.

Desde el principio tuve claro también que quería escribir una historia de terror, de modo que empecé a combinar los elementos que había escogido: el escenario bélico, el personaje cuya vida ha cobrado sentido gracias a la magia, y ese voto de "ser bueno" que le había permitido cumplir con su gran sueño. Un cóctel al que añadí de inmediato el principal componente de varios de estos epílogos: el trauma psicológico. Sólo que, en lugar de buscarlo en su pasado, preferí desarrollarlo como la consecuencia natural de enfrentarse al horror de la guerra (forzando un tanto la situación, pues Collodi no ubicó el pueblo de Pinocho en ningún lugar conocido y el frente italiano se limitó a una pequeña parte del norte del país).

Algo curioso de este relato es que existen dos versiones publicadas. La primera, escrita desde el punto de vista de un soldado herido que busca refugio en su antiguo pueblo, formó parte de una recopilación de relatos de terror. La segunda, recogida en Ni colorín, ni colorado, la escribí al considerar que ese punto de vista no ofrecía la suficiente contundencia. De modo que desplacé la cámara y mudé la voz del narrador para que el lector pudiera ver el mundo desde la enturbiada perspectiva de su anónimo protagonista, que sólo se revela en el momento final. En esa escena procuré condensar la imagen de la locura provocada por un horror inimaginable. Esa lógica imposible con la que la mente de una persona intenta convencerse de que no ha ocurrido nada malo.

El resultado final fue, al igual que con las versiones de Peter Pan o Mowgli, bastante satisfactorio. Su desarrollo consiguió el efecto impactante que me proponía cuando lo redacté. Y, salvo algunas anotaciones por parte de los lectores beta sobre elementos que podían dar pie a confusión, apenas hubo que hacer ningún retoque al manuscrito. Un éxito que se ha repetido después en algunas de las reseñas; aunque, a título personal, debo decir que se queda en la zona "intermedia" de mis favoritos.

Un saludo.



(Ni colorín, ni colorado se puede adquirir en formato físico o digital en Amazon. Y si vives en Madrid y prefieres echarle un ojo antes, pásate por Generación-X Carranza).

(Aquellos que vayan a leerlo, tengan en cuenta la prescripción facultativa del autor: para disfrutar los relatos, no lean más de dos al día. Igual que las bolsas de caramelos, si se lo tragan de una sentada es posible que se les empache).


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