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jueves, 14 de enero de 2016

Los "Cuentos Cuánticos" (11)

Una semana más, vengo a comentar con vosotros el proceso de escritura de otro de los relatos incluidos en Ni colorín, ni colorado. Y cuando ya sólo resta un tercio del conjunto por comentar, le ha llegado el turno al que pudo ser el más complicado de afrontar: el Flautista de Hamelin.

Al leer el relato habrá quien piense que estoy exagerando, porque su breve extensión no debería haberme requerido un gran esfuerzo. Y, sin embargo, existía un escollo difícil de saltar que se me planteó en el mismo instante en que consideré la posibilidad de añadirlo a la recopilación: en el cuento original, el flautista es un personaje un tanto desdibujado: tan sólo se nos dice que es un músico de aspecto pintoresco, para luego convertirse en el vehículo por el que les llega su castigo a los habitantes del pueblo. De hecho, dando nombre al relato, resulta ser el villano del mismo (por más que la gente de Hamelin cometan un delito al no querer pagarle por sus servicios, la venganza del flautista se antoja desorbitada). Todo eso hizo que, a la hora de intentar imaginar cuál podría haber sido su destino con el paso de los años, me encontrara con muy pocos datos sobre su personalidad o motivaciones. Aparte de que, en su papel de "causante de la desgracia", tampoco contaba con la baza de un shock post-traumático con el que jugar. Así que me vi obligado a realizar un ejercicio de especulación, para intentar recrear la clase de persona que podría hallarse bajo esa figura un tanto esperpéntica con la que se le asocia.

Como ya he dicho, el cuento clásico no ofrece suficientes datos para realizar un perfil psicológico del flautista. De modo que acabé por desarrollar tres premisas, haciendo extrapolaciones un tanto aventuradas en base a lo que hace durante el cuento. La primera, que como buen músico ambulante debería de conocer otros instrumentos; lo cual me hizo dotarle de las habilidades de un luthier. La segunda, que tenía algo de inhumano (ignoro si el original evocaría a su público las criaturas faéricas, pero estoy por afirmar que algo de eso habría); así que imaginé que no envejecería al ritmo de la gente normal. Y la tercera, y más importante, fue la inflexibilidad con la que trata las promesas que se le hacen. Sus pactos tienen un poco de los deseos concedidos por los djinns. Y creo que, de todo el universo de los cuentos clásicos, éste es el único personaje al que, sabiendo de quién se trata, nadie osaría traicionar su confianza.

Insisto; sé que las bases de las que partí para redactar el relato no dejaban de ser endebles, pero el hecho es que me ofrecieron un asidero con el que empezar a trabajar. Y cuando empecé a organizar mis notas, la idea que lo centraba todo era esa cualidad misteriosa del flautista: un ser con un poder que los demás no querrían desencadenar, pero al que provocan con su actitud. Y de forma inconsciente acabé desarrollando una historia con no poco de "revival" del original, considerando que la capacidad del ser humano para olvidar las advertencias del pasado acabaría por obligar a este ser a manifestarse. 

Al final el resultado fue bastante positivo, ya que es uno de los relatos que ha recibido mejores críticas. Y supongo que parte de la culpa la tiene su fondo reivindicativo (algo que no había vuelto a aplicar a ninguna historia hasta que redacté el cuento con el que he participado en Supermalia). Un factor que, en la actual situación político-social, despertó simpatías de forma muy especial entre aquellos que se sienten desengañados. Algo que no fue buscado de forma consciente, pero que no deja de respetar el espíritu original del relato.

Y hasta aquí puedo escribir. Así que toca despedirme, prometiendo nuevos artículos para la semana que viene.

Un saludo. 



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(Aquellos que vayan a leerlo, tengan en cuenta la prescripción facultativa del autor: para disfrutar los relatos en su justa medida, no lean más de dos al día. Igual que las bolsas de caramelos, si se lo tragan de una sentada es posible que se les empache).

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