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jueves, 29 de octubre de 2015

Los "Cuentos Cuánticos" (2)

Continuando con la narración del proceso de escritura de los relatos de Ni colorín, ni colorado, le toca el turno hoy a uno de los clásicos que me atreví a reelaborar: Caperucita Roja.

La idea de tomar un relato y escoger algún género literario "adulto" en el que pudieran encajar su trama y sus personajes se inició precisamente con esta historia. Y nació a raíz del problema que se me planteó al decidir cómo iba a tratar al personaje del Lobo, ya que un animal atropomorfizado no podía trasladarse tal cual a un relato de género, y tampoco quería reducirlo a la simpleza de un hombre con un apodo animal. De modo que empecé a buscar soluciones creativas (licántropos, mutantes, etc...) hasta que pensé en la posibilidad de que fuera un extraterrestre. En ese momento la musa tomó carrerilla y la cadena de pensamientos me llevó de "son alienígenas en la Tierra" a "Caperucita está en un planeta extraterrestre", a pensar en que el color rojo debía tener mucho protagonismo en el relato, lo cual me llevó a Marte, y eso me hizo recordar las Crónicas Marcianas de Bradbury. Como digo, todo un slalom de ideas encadenadas (y, como suele ocurrir en estos casos, ya metido en la cama. Así que tocó hacer uso de la libreta de emergencia que descansa en la mesita de noche).

Los lectores más veteranos puede que recuerden una serie de televisión (del año 1980, emitida en España en 1983) que adaptó parte de la historia. A mí, que siempre me habría gustado vivir en ese futuro de naves espaciales que se pintaba para el siglo XXI, me impresionó tanto como para buscar más tarde el libro y leerlo. Para un chaval de 10 años, el recuerdo que me quedó de aquello fueron una imágenes entre oníricas y fantásticas impregnadas de pesimismo. Una impresión que procuré trasladar a la historia ya que, al plantearme esta forma de abordar la reelaboración de los relatos, mi intención fue siempre elucubrar sobre cómo desarrollaría esa trama Bradbury, más que respetar el argumento original.

Aunque el proceso de escritura resultó "sencillo" (como con muchos de los relatos que componen el libro), los "lectores beta" encontraron motivos para rebajar un tanto el nivel de excelencia que yo había estimado. Para empezar, me sugirieron hacer cambios en el título (había usado el término inglés hood, y eso inducía a equívocos). Después, me hicieron notar una importante objeción científica (la Tierra no es distinguible a simple vista en el cielo marciano, lo cual me obligó a borrar una escena que habría sido científicamente inexacta). Y, por último, me dieron pie a añadir algunas anotaciones que aclarasen aspectos poco claros de la historia y a revisar el final del relato.

Ahora, al repasarlo, el resultado me parece bastante bueno. Sobre todo, en lo que respecta a los elementos de ambientación y a esa atmósfera mágica que lograba imprimirle Bradbury a sus historias. Tanto los marcianos como el paisaje creo que están muy cerca de esas imágenes un tanto fantásticas que nos encontramos en las Crónicas. Y, en cuanto a la historia, los lectores no van a encontrar demasiados problemas para identificar la trama original. El mayor cambio, como ya he advertido, se produjo al plantearme el final, ya que mis recuerdos de los relatos clásicos es que solían terminar de forma triste, y quería ceñirme a ese espíritu. todo lo cual hace que, en mi opinión, pueda sentirme orgulloso de este homenaje a uno de los grandes autores de la ciencia ficción clásica.

Y hasta aquí este artículo. En próximas entregas, nuevas aclaraciones sobre el proceso de creación de los demás relatos. 


(Ni colorín, ni colorado se puede adquirir en formato físico o digital en Amazon. Y si vives en Madrid y prefieres echarle un ojo antes, pásate por Generación-X Carranza).

(Aquellos que vayan a leerlo, tengan en cuenta la prescripción facultativa del autor: para disfrutar los relatos, no lean más de dos al día. Igual que las bolsas de caramelos, si se lo tragan de una sentada es posible que se les empache).

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