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jueves, 17 de abril de 2014

"¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" de Philip K. Dick

Es probable que, cuando Philip K. Dick presentó esta obra en 1968, hubiera más de uno y más de dos que le dieran la razón en las catastróficas previsiones que postulaba. Y eso, a pesar de que la distopía de Dick se ubicaba en un futuro tan cercano como 1992, sólo 24 años después.

Sin embargo, si uno se plantea cuál era la situación socio política en aquel momento y recuerda algunos de los hitos históricos que habían tenido lugar durante la década de los 60, no cabe duda que la impresión de que el mundo estaba cambiando a una velocidad vertiginosa debía ser común a todos los habitantes de la Tierra. No en vano, el hombre había logrado en menos de diez años salir al espacio y acercarse a la Luna, convirtiendo en común las fantasías sobre colonias extraterrestres (de hecho este año es el del estreno de 2001: Una odisea del espacio); Y, tras la crisis de los misiles de Cuba, el riesgo de una guerra nuclear mundial era una amenaza muy tangible con la que todo el mundo se había visto obligado a convivir. Así que, ¿por qué no imaginar que la Guerra Fría iba a acabar desencadenando un desastre global más pronto que tarde, obligando a la humanidad a abandonar el planeta?


Los fans de Blade Runner puede que crean conocer la trama de la historia: Rick Deckard, un experto cazador de recompensas especializado en "retirar" androides, se arma de todos sus talentos cuando acepta la misión de acabar con un grupo de estos seres sintéticos, dispuestos a cometer horribles crímenes para mantener su libertad. Todo ello aderezado de dudas filosóficas sobre la esencia de la humanidad, por supuesto. Pero, en realidad, esta sinopsis apenas araña la superficie del drama psicológico que sirve Dick en sus páginas. Y esa es la mayor sorpresa que se encuentra el lector que llega a la novela desde la película. Porque Ridley Scott, al final, apenas tomó algo más que los decorados de ese mundo devastado; aparcando mucho del trasfondo psicológico para centrarse en el elemento de suspense. De modo que los primeros capítulos de ¿Sueñan los androides...? suponen chocar contra un muro de desesperación y fatalismo que obligan al lector a olvidar de raíz las ideas preconcebidas que pudiera haberse hecho sobre el contenido del libro.

¿Qué nos aguarda, entonces, tras la portada del libro? Pues ni más ni menos que una Tierra devastada por un conflicto nuclear, de cuya superficie ya han huido todos aquellos que se lo podían permitir y además tuvieran el permiso de la ONU para hacerlo. Porque, a todos los efectos, el planeta ha acabado convertido en una prisión para cualquiera que haya sido afectado por la contaminación radioactiva. Y su condena es permanecer en él hasta que mueran, testigos de la extinción de la humanidad y, de paso, de todas las formas de vida existentes.

Imaginemos por un segundo lo que supone este hecho, porque ahí reside una de las bases principales del fatalismo que exuda la novela: los humanos de la novela constituyen la última generación que habitará la Tierra. ¿Cómo puede alguien levantarse cada mañana para ir a trabajar, sabiendo eso? La respuesta de Dick son las drogas. Eso sí, en una versión socialmente aceptable: el Órgano de Ánimos Penfield, una máquina programable para provocar estados de ánimo muy concretos en cada sujeto (todos ellos positivos). Gracias a este artefacto (que recuerda las funciones del Soma de Un Mundo Feliz), cualquier persona puede inducirse una satisfactoria y positiva percepción (artificial) de la realidad que le rodea. 

Sin embargo, y por si esto no era suficientemente aterrador, aún hay otro drama al que enfrentarse. Y es el de la soledad que afecta a todos. Ninguna escena refleja esto mejor que el momento en que la esposa de Deckard le refiere la angustia que le causó percibir el vacío en el edificio donde viven. Esa revelación resulta desgarradora, al hacernos imaginar unas ciudades que van quedando despobladas de modo sistemático sin que se pueda hacer nada por evitarlo. Un mundo postapocalíptico en el que los protagonistas adquieren tintes de personajes de un survival horror. De hecho, en la novela se comenta la existencia de poblaciones nómadas que vagabundean por los Estados Unidos para esquivar la nube de residuos radioactivos que flota sobre el país, y cómo la gente procura reunirse en ciertos puntos para poder reconfortarse al sentir la presencia humana. Una necesidad que se sublima en el concepto del Mercerismo, movimiento mesiánico que se sustenta en el uso de otra máquina, mediante la cual las consciencias de distintas personas pueden unirse y compartir experiencias. Amén de estar implicado en la obsesiva búsqueda por mostrar empatía que acosa a todos (y que gira en torno a la posesión y la demostración de cariño hacia los animales, aunque sean falsos).

Pero, como si a Dick no le bastase con todo lo anterior, introduce en este ambiente de inexorable decadencia a los androides: una imitación de vida que no siente ningún apego más que por sí mismos. Quizás la parte más oscura de la trama sea esta, puesto que la justificación del oficio de Deckard (eliminar androides fugitivos) no encuentra una respuesta adecuada a la pregunta ¿Por qué escapan a la Tierra? ¿Qué podría atraer a ninguna forma de vida, aunque sea artificial, a un mundo que agoniza? Esa paradoja es aún mayor que la pregunta que nos propone el libro en su título.

De hecho, la presencia de los "andrillos" parece destinada tan sólo a potenciar el dilema de los protagonistas: la incapacidad de los humanos para reconocerse como tales (recordemos que una de las razones para mantener a los habitantes de la Tierra dentro del planeta es que no son aptos para la reproducción). Lo cual, al final, puede que constituya la gran interrogante que plantea Dick al lector: ¿Qué será lo que defina las barreras entre lo que es humano y lo que no, cuando seamos capaces de crear inteligencias artificiales con recuerdos, sueños y emociones? ¿Cómo saber que realmente se es humano, y no una "imitación"? Y puede que la solución sea justo lo que propone el Mercerismo. Aferrarse a los valores morales que nos hemos apropiado como especie, al catalogarlos como "humanos". Practicar la empatía hacia otros seres vivos, rechazar a quienes son egoístas, no matar... todas las cualidades, en fin, que se suponen que nos hacen mejores como especie y evitan que nos consideren "inhumanos".

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