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viernes, 23 de noviembre de 2012

Corta-Pega, revisión y sonrisas de ánimo

Ya comenté el miércoles que había aparecido una nueva reseña sobre "El secreto de los dioses olvidados", y la ilusión que me hizo descubrirla. Lo que ocurre es que hoy, repasando el blog que le dediqué a la novela, me he topado con un artículo que escribí allí y que, ahora, creo que merece la pena traer a Parrafos Perturbados.

Enlazando con ese breve repaso a mis influencias terroríficas que publiqué recientemente, me permitiréis que os cuente más cosas sobre cómo he llegado hasta aquí.

En primer lugar, debo reconocer que he sido un lector de ficción empedernido desde el mismo principio de mi afición a la lectura. Como ya he contado alguna vez, descubrí el placer por las aventuras con “La vuelta al mundo en 80 días” y desde entonces no he dejado de disfrutarlas. A partir de los 8 años y hasta acabar la EGB mi rutina diaria consistía en volver a casa, dejar la mochila y meterme en la biblioteca hasta que cerraban. Fue el tiempo de descubrir a Los Hollister, Los tres investigadores, el Pequeño Nicolás, Los cinco, Tocon… además de Asterix, Tintín, Blueberry, Valerian y demás. Recuerdo llegar a estar enfermo y, no teniendo otra cosa, leerme la colección de Celia de mi hermana. A tal punto llegaba mi incapacidad de entretenerme con otra cosa que no fuera la lectura...

De ésta época es mi primer “ramalazo literario”, consistente en presentarme a un concurso en el colegio. La desastrosa consecuencia fue que el jurado (de padres de alumnos) me acusó de haber plagiado el cuento. Al parecer, el lenguaje les pareció demasiado adulto para un niño de mi edad (esto último no lo supe hasta mucho más tarde), pero que un compañero me acusara en mitad del patio de haber copiado me afectó. Hizo que no volviera a presentarme a ningún concurso en muuuuuuucho tiempo.

El siguiente cambio ocurrió antes de pasar al Instituto, pero principalmente durante esa etapa. Me centré en la lectura y el diseño de cómics de superhéroes (motivado por mi otra gran afición, el dibujo). También fue el momento de pasar a la Biblioteca de Adultos, recorriendo las estanterías en busca de ciencia-ficción, con Asimov a la cabeza. Y aunque, como digo, llené cuadernos con argumentos para aventuras de superhéroes que yo creaba y dibujaba, no dejé de escribir. La primera novela debí de acabarla el último año de EGB. Si digo que la mecanografié en cuartillas hechas a base de fotocopias “recicladas”, puedo dar una idea aproximada de su apariencia. Estaba escrita, además, sobre la marcha. Por lo tanto, el argumento varió a medida que nuevas ideas iban surgiendo en mi cabeza día a día. Y, como puntilla final, contaba con personajes de cómic de “invitados especiales”. Un desastre vergonzante que guardo, sí, pero bajo siete llaves. Aunque, por supuesto, en aquella época me hizo sentir muy orgulloso y le pedí (obligar sería una palabra más apropiada) a mi madre que se la leyera. Más tarde, en el instituto, las buenas calificaciones que obtuve por un relato breve y varias “redacciones libres” me devolvieron la confianza en que aquello no se me daba tan mal, aunque es cierto que durante esos años torturé varias máquinas de escribir con más ilusión que otra cosa. Había otros futuros más brillantes en la lista de mi cabeza (dibujante de cómics, por ejemplo) que el de ser escritor.

Mi etapa en la universidad fue de las más creativas. Logré publicar un relato de “terror Lovecraftiano” en el certamen de “El Fungible” de 1.997, hice de articulista para varios fanzines (siempre alrededor del mundo del cómic) y acabé otra novela. Ésta vez, una parodia de la fantasía épica con tintes a lo Pratchett. Sin embargo, mi principal actividad literaria fue la escritura de aventuras para juegos de rol. Y podía decirse que así aprendí unos cuantos de los conceptos para acometer después la escritura de novelas. Me obligó a estructurar la narración, a planear los giros argumentales y a documentarme (me gustaba usar localizaciones reales). Aún así, acumulé cientos de páginas con historias que, llegadas a cierto punto, se morían por falta de ideas. Aunque también aumentó la cantidad de cuentos cortos, escritos en un cuaderno antes de irme a dormir, que fui guardando por no saber cómo (o no atreverme) a llevarlos a concurso.

En esa dinámica avanzó el tiempo hasta sufrir de cierta sequía, debida, casi por completo, a mi empecinamiento en que, puestos a centrar mis impulsos artísticos, estaba más dotado para el dibujo que para la escritura. Una idea que sólo se rompe al llegar el año 2.006. Entonces llegó el día en que me encontré con la primera novela publicada por un antiguo compañero del instituto, y decidí que era hora de probar fortuna en ese campo. Pero, eso sí, de un modo más profesional. Nada de mandar el manuscrito con la tinta de la impresora fresca. Convencí a amigos para leer la obra y saber qué debía mejorar. Acepté la necesidad de rescribir hasta que todo encajara y fluyera con suavidad. Una serie de detalles que, al ignorarlos en el pasado, habían sido la causa de resmas de palabras estériles.

Ahora, con “El Secreto de los dioses olvidados” publicado, procuro mantener siempre el bolígrafo a mano. Dejé apartado el sueño de dibujar cómics, sin perder el de escribir guiones. Buceo entre mis relatos cortos cuando descubro un concurso interesante. Escribo dentro de un “taller literario” de Mensa. Me esfuerzo por hacer avanzar cada siguiente proyecto… Y todo ello, animado por la misma ilusión que impregnó aquella novelita escrita a golpe de teclas cuando no tenía más de quince años: contar una historia que haga disfrutar a quien la lea.

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