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viernes, 5 de octubre de 2012

"El Otoño en Pekin" de Boris Vian

(Reseña previamente publicada en Melibro)

La historia de la literatura es pródiga en genios efímeros, cuya luz se extinguió tras de haber impreso ese brillo deslumbrante a sus obras. Johh Kennedy Toole es uno de los casos más extremos, pero Boris Vian probablemente tenga todo el derecho del mundo a ser admitido en este exclusivo club.

Y, es que si hay una palabra para describir a Vian, ésta es “exclusivo”. Resulta muy difícil, por no decir imposible, recordar a otro autor con una forma de escribir similar. No sólo por la capacidad para jugar con el sentido de las palabras, aplicándolas fuera de su “entorno natural”, si no para transformar la realidad y dotar al universo de cualidades insospechadas; todo ello unido a una desproporcionada facilidad para jugar con los absurdos. No en vano, en la primera mitad de “El Otoño en Pekín”, el lector se siente en cierto modo como Alicia; cada personaje que se nos presenta es un Sombrerero loco, un Humpty-Dumpty o una Oruga Azul, conduciéndonos por su parcela de realidad, donde las reglas que conocemos se retuercen y transforman delante de nuestros ojos de maneras totalmente inesperadas.

En cuanto a la obra en sí, “Otoño en Pekín” es la historia de un grupo de personas que, por diferentes y disparatadas razones, acaban reuniéndose en el peculiar desierto de Exopotamia. Pero, sobre todo, es la historia del triángulo amoroso formado por Angel, Ana y Rochelle. Una relación que, al igual que la propia novela, irá mudando desde lo cómico hasta lo trágico a lo largo de sus páginas. Además, otros ingredientes que se podrían destacar en la novela son su versión ácidamente paródica de la Iglesia y la representación crítica del mundo empresarial. Eso sí, aderezado por momentos extraordinariamente simpáticos.

La relación sentimental que centra la historia, se nos presenta al comienzo de una forma bastante ordinaria (más aún, si cabe, teniendo en cuenta el contexto general): Angel es amigo de Ana, que está cortejando a Rochelle, la cual se muestra receptiva a esa seducción para disgusto de Angel, que también la desea. Una situación tan manida se acaba enquistando a medida que descubrimos la “pragmática” postura con que Ana y Rochelle afrontan la idea de una relación romántica; permanecer unidos hasta que el deseo por el otro se extinga y se esté en disposición de abandonarlo. A través de las confidencias de Angel a otros personajes conoceremos su sufrimiento; la lucha interna por mantener la amistad con Ana y, al tiempo, el dolor al ver qué poco le importa a su amigo el desgaste físico y emocional que le está ocasionando a Rochelle. Víctima, sólo desde el punto de vista del amante rechazado, pues ella se confiesa seguidora de la misma filosofía del amor fugaz y abrasador. Ese duelo entre la fidelidad al amigo u obtener el objeto de deseo irá carcomiendo a Angel, resolviéndose al fin de forma tormentosa.

Por otro lado la sátira a la Iglesia, más que paródica, raya la blasfemia desde el primer momento. En ningún instante se da Vian un respiro, y cada una de las intervenciones del Abad Petitjean nos aseguran una visión aún más mordaz y descreída del estamento eclesiástico. De tan amplio, el catálogo de bromas a su costa resulta difícil de enumerar: las canciones infantiles convertidas en elementos de la liturgia, la aparición de los lanzahostias, la existencia de un talonario de dispensas para cubrir las continuas tentaciones del abad... Elementos a los cuales se añade la figura de Claude Leon, ermitaño, anteriormente burócrata, iluminado por la gracia divina en el corredor de la muerte, y liberado de la pena capital porque la Iglesia “ha sido inventada para colocar a los criminales”. Entrelazado también con todo esto, pues el motivo de la reunión de los personajes es la construcción de un ferrocarril en el desierto, se encuentra una crítica puntual, pero no por ello menos cítrica, a los empresarios. Mediante breves capítulos, en los que nos narran las reuniones del consejo encargado del proyecto, se nos muestran brillantes pinceladas de humor a su costa.

Por último, y no menos importante, resaltar la locuacidad enciclopédica de que hace gala Boris Vian. Porque precisamente todo este loco entramado se sustenta en un uso desaforado de los juegos de palabras, las reinterpretaciones de las mismas y una riqueza en citas más o menos veladas, que hacen la adquisición de un diccionario casi indispensable. Si hay un autor al que los aficionados a la escritura deberían acercarse, por lo menos una vez en la vida, sin duda que es Boris Vian.

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