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viernes, 3 de febrero de 2012

"La Espada Rota" de Poul Anderson


(Reseña previamente publicada en "Melibro")

En 1954, la fantasía épica tuvo la suerte de añadir dos títulos al género: “La Espada Rota” y “El Señor de los Anillos”. Este sencillo dato, recurrente en muchas reseñas de la obra de Anderson, alimenta una inmediata necesidad de comparar los dos textos. Contraste obligado, pues uno y otro parten de premisas similares: la reutilización de mitologías clásicas para dar forma a lo fantástico en sus respectivos universos. Las diferencias entre la trilogía Tolkieniana y el libro de Anderson puede reducirse, sin embargo, a una mínima expresión: mientras “El Señor de los Anillos” reelabora esas mitologías para forjar un mundo de fantasía nuevo, “La Espada Rota” busca una versión cuasi literal y así recrear el mundo sobrenatural de la Europa medieval. Cuál de las dos opciones resulta ganadora queda al gusto del lector.

En cuanto a Anderson y su obra, es importante hacer notar que “La Espada Rota” se trata de una novela “de juventud”. Y que el género escogido lo fue, supongo, por sus raíces danesas (aunque nacido en los USA, sus padres eran de Dinamarca y allí vivió durante unos años). Resulta curioso también que no perdió de vista esas “raíces” en obras posteriores y, veinte años después, se le reconoció el talento para la recreación medieval con un galardón por su “Saga de Hrolf Kraki”. Premio para un talento capaz de manejarse en muy diversos géneros.


Sobre la novela propiamente dicha, hay que empezar por insistir en su pretensión de emular las sagas nórdicas y las leyendas de los pueblos escandinavos. La trama se desarrolla en la zona de influencia histórica de los vikingos, entre Dinamarca e Inglaterra, mezclando este mundo en proceso de evangelización con el “plano faérico”, invisible a los hombres, donde conviven las criaturas propias de ese folklore. Y aquí es necesario pararse un instante, y elogiar la forma en que Anderson insufla vida a tales seres. Por un lado, ubica a todos ellos en parajes que evocan la naturaleza de sus ocupantes mediante la maravilla o el horror. Descripciones grandilocuentes (sin llegar a los extremos de exhaustividad de Tolkien) nos ponen ante los ojos de la imaginación escenarios imposibles. Y tampoco escatima adjetivos a la hora de describir las peculiaridades físicas de esas entidades sobrenaturales. Pero, y esto es importante, no hay cabida para los estereotipos de “buenos” y “malos”. Los elfos son capaces de saquear, intrigar o mostrarse vengativos sin reparos, mientras que los trolls, aunque salvajes, lloran a los familiares torturados y se aprestan a la guerra para evitar su extinción. El resultado es una recreación no sólo “visual” si no también psicológica de estas criaturas, tal y como podían imaginarlas en los primeros siglos de la Edad Media. Respondiendo a la forma en que los vikingos proyectaron su sociedad, fatalista y sangrienta, en un panteón mitológico. Eso sí, es curioso ver cómo se las apaña Anderson para involucrar en la guerra entre trolls y elfos a criaturas de otras regiones geográficas (djinn incluidos), o la aparición de los Tuatha Dé Danann para ayudar al héroe principal.

En cuanto a los protagonistas, y a pesar del título, la obra podría (o debería) subtitularse como “La Saga de Skafloc”, pues así nos lo señala Anderson en el corolario final. Y así, como las sagas nórdicas de las que bebe, nos empieza narrando cuál es la genealogía del héroe: hijo de Orm el Fuerte, un vikingo contrario a aceptar el cristianismo, serán los violentos actos del padre los que provoquen el funesto destino de Skafloc. Esta herencia le hará objetivo de una maldición lanzada en el pasado, e ignorante de tal hecho recorrerá el sendero trazado por ese oscuro designio (del que los propios dioses son partícipes). Así veremos cómo es arrebatado por los elfos cuando sólo es un recién nacido, sustituido por un doble creado mágicamente y criado en el plano faérico. Cómo Odin le regala una espada mágica “para usarla en un momento de gran necesidad” y, cuando estalla la guerra con los trolls, acabará por empuñarla. Cómo su felicidad con la muchacha que salva de la muerte se torna en desgracia. En definitiva, cómo va encaminándose poco a poco (y sin saberlo) hacia la tragedia.

El otro protagonista mortal de la historia es Valgard, el gemelo creado por los elfos a semejanza de Skafloc, convertido con el paso de los años en su reflejo oscuro. Se nos presenta como un ser feroz, poseído por la furia del “berserkr”, al cual elegirá el bando afrentado por Orm el Fuerte para ejecutar su venganza. A partir de ese momento, la dualidad enfrentada de Valgard y Skafloc se acentúa, pues al primero le torturará por siempre el conocimiento de su naturaleza monstruosa mientras el segundo se angustia porque dioses y elfos le auguran un trágico destino a causa de lo que ignora: cuál es su origen. El conflicto lleva a Valgard a acabar con la estirpe de Orm para después, como un monstruo de Frankenstein medieval, buscar al elfo que le creó y causar su ruina como aliado de los trolls. Lo cual hará que el hijo robado y el engendro sustituto acaben enfrentándose a muerte.

imagen de Boris Vallejo para una de las ediciones de la novela

El último personaje de la trama, por importancia, es la espada que da nombre al libro. Tyrfing llega a la obra de Anderson directamente de las mitologías escandinavas originales, con su tipología de arma maldita a cuestas. Precursora de la Stormbringer de Elric de Melniboné, debe matar al desenfundarse y se regodea en esta tarea. En ella se ejemplifica el término “regalo envenenado”, pues todos reconocen la maldad imbuida en este objeto (entregado por Odin, hay que recordarlo) y le advierten continuamente a Skafloc que no debe reforjarla por más poderoso que pueda hacerle. Pero el ahijado de los elfos está atado a su sino, y cada hazaña que realiza sólo le acerca un poco más a cumplir con la maldición que acarrea su arma.

En resumen, animo a cualquiera a leer "La Espada Rota". Pero no como un libro de "fantasía épica" al que se nos suele tener acostumbrados, si no a una forma "de transición" entre los relatos mitológicos nórdicos y la novela épica contemporánea. Y un último dato a reseñar para quienes sientan la tentación de embarcarse en esta aventura a los mundos invisibles para los mortales: la edición “más buscada” de este libro la publicó Anaya, en su colección Última Thule, en los 90. Resulta recomendable por el glosario de términos, la traducción y una peculiar tipografía que rememora a la vista la caligrafía medieval. Edición que, por cierto, corresponde a la "reescritura" que el propio Anderson realizó en 1971, cuando se le propuso volver a publicar la novela.

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