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miércoles, 9 de diciembre de 2009

"El Maestro Cantor"


Para alguien que tiene "El juego de Ender" entre sus libros favoritos, comentar "El maestro cantor" supone un gran esfuerzo. Es casi imposible evitar que cada frase incluya un "comparado con...". Así pues, he procurado eliminar esas referencias en la reseña y centrarme sólo en la historia que constituye la, según dicen, mejor obra de Orson Scott Card.

"El maestro cantor" es la historia de Ansset, desde que es comprado en un mercado de esclavos hasta la madurez y la vejez. Scott Card nos propone acompañarle mientras desarrolla un superdotado talento para el canto, el cual le será descubierto en la Casa del Canto de Tew y le convertirá en un "Pájaro Cantor": un niño al servicio de quien sus mentores deciden que es apropiado para él.



El destino de Ansset, marcado por el secuestro que lo convirtió en mercadería, se torcerá aún más cuando los responsables de la Casa del Canto crean haber encontrado en él al "Pájaro Cantor" de Mikal. El poderoso y terrible gobernante del Imperio Interplanetario de la Humanidad ha exigido su derecho a deleitarse con una voz adecuada a su majestad. Un requerimiento al que la Casa del Canto no se podrá negar, aunque pueda oponer también sus propias condiciones. A partir de entonces, el niño se verá involucrado en las telas de araña de la política. Entrenado para aplicar su habilidad con devoción hacia el Emperador, conocerá las luchas de poder que rodean al trono. Cómo cualquiera puede ser un traidor, hasta de forma involuntaria. En ese mundo crecerá y envejecerá, obligado por las circunstancias más allá de lo que nadie desearía. Influenciado en todo momento por lo que la Casa del Canto hizo de él.

Personalmente, reconozco que "El maestro cantor" encierra una gran carga sentimental. La principal baza del protagonista es la capacidad que posee para percibir y proyectar las emociones de los demás, por lo que ese aspecto está presente durante toda la novela. Ansset es comparable con un "diapasón", vibrando con los sentimientos que lee en los demás y que él mismo es capaz de amplificar y modular. Todo ello a través de la música, descrita en detalle con cada canto que interpreta.

Sin embargo, hay una serie de cosas que me dejaron un regusto amargo tras la lectura de la novela. El mundo de "El maestro cantor", exhuberante en su capacidad para permitir a la naturaleza el poder de expresarse, es un cuadro gris repintado. La paz que trasciende de esas imágenes bucólicas es fruto del control imperial, reflejada en burócratas corruptos, funcionarios impasibles y la retransmisión de ejecuciones ejemplarizantes de aquellos que socavan su poder. La carga de hazañas de gran crueldad que jalonan la novela contribuyen a mantener la tensión emocional, sí, a costa de crear un contraste más acentuado con los momentos en que se producen "buenas acciones". Un universo que puede rememorar el clima de la antigua China Imperial. Un gobernante todopoderoso, encerrado en su propia jaula de oro guardada por conspiradores.

Lo más descorazonador es ahondar en la Casa del Canto de Tew. Una institución con la que Scott Card introduce su continua tendencia a elucubrar sobre sistemas educativos manipuladores "por un bien mayor". Todos sus miembros son huérfanos, adoptados por la Casa para cuidar de ellos hasta la mayoría de edad y más allá. Pero, lo que parece una forma de salvación, no deja de ser una horrible contradicción. Quizá la vida de esos niños hubiese sido horrorosa fuera de la Casa del Canto, pero al entrar en ella se van a convertir en elementos a su servicio. Algo a lo que debe añadirse la frustración de quien sólo es salvado de su miserable condición por un potencial talento que luego puede no desarrollar, y por tanto es relegado a una clase inferior. O, como la propia novela describe, la clase de tensión a que son sometidos esos "Pájaros Cantores", y cómo puede llegar a causarles daños mentales.

Quizá sea esa la forma correcta de abordar esta obra: considerando el mérito del protagonista para sobrevivir a un mundo que puede resultar aterrador, a pesar de todo el daño psicológico que se le hace sufrir. Visto así, en clave de "mártir ejemplar", cabe la posibilidad de encontrar más razones para disfrutarla sin lamentarse por la poca esperanza que hay en ella.

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