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domingo, 8 de noviembre de 2009

Redescubrirse


Parece mentira que uno necesite de toda una vida para darse cuenta de ciertas cosas. En mi caso, manejando las previsiones más optimistas de esperanza de vida, se podría decir que sólo he necesitado de la mitad de tiempo (algo menos si fuese una mujer). Y aún así, metido ya en la treintena, no deja de causar asombro el encontrarte frente a este tipo de "revelaciones".

¿A qué viene esto? Al hecho de que, teniendo una novela a las puertas de la distribución y varias colaboraciones en medios digitales e impresos, me sorprenda el llegar a la siguiente conclusión: yo disfruto creando historias.

No, no dejéis de leer el artículo todavía. No es que sea tan "cortito" como esa frase anterior podría dar a entender. Lo que ocurre, y lo saben quienes me conocen, es que yo, con papel y un bolígrafo en la mano, es más probable que acabe garabateando dibujos a que escriba algo. Mi forma de expresión narrativa durante treinta años ha sido el idioma gráfico. Muy especialmente, el cómic. Si comparase el número de páginas escritas con el de dibujos que conservo (incluídos los "tebeos caseros"), la diferencia debe de ser mínima. Y en ambos casos suman centenares.



La reflexión tiene implicaciones curiosas. Esos cómics dibujados a mano sobre cuartillas, vistos en perspectiva, fueron la manera de contar historias que no habría sabido plasmar sólo con palabras. Incluso, el argumento y la trama eran bastante más complejos de lo que cabría esperar. En los momentos de mayor "euforia creativa" el proceso alcanzó a incluir story-boards completos, siguiendo un guión preestablecido. Pero cuando tú eres el único público que puedes esperar, la constancia se diluye a lo largo de los meses. Y las notas para futuras nuevas tramas y giros argumentales se quedaron ahí.

¿Qué me ha quedado de mi pasión por el dibujo y la narración gráfica? Un lenguaje bastante visual, afición a incluir espectaculares escenas de acción descritas al detalle y un problema derivado de esa tendencia a procesar la trama bajo el prisma de imágenes: suelo echar de menos un vocabulario que se exprese a través de los demás sentidos. El olfato o el oído son los grandes damnificados de esa "estrechez sensorial" en mi forma de expresarme. Aunque procuro evitarlo, de verdad...



Quede claro que tampoco reniego de mi etapa de "dibujante/guionista". No sólo me sigue fascinando la idea de manejar los destinos de esos dioses olímpicos vestidos con mallas, si no que pocas cosas me harían más ilusión que la oportunidad de crear una gran aventura para un cómic. Es ahora cuando admiro a Cho, Byrne o Windsor-Smith, pero desearía ser Alan Moore y que ellos dibujasen mis historias.

Y mientras llega mi oportunidad de probar suerte en el cómic, continuaré luchando con mi nuevo proyecto novelesco y con el impulso irrefrenable de rellenar el papel con dibujos en lugar de con palabras.

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