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lunes, 2 de noviembre de 2009

Introspección


Ayer me dieron una gran alegría cuando el foro Abretelibro! anunció los ganadores del I Concurso de relatos inspirados en novela negra. La obra que presenté, "Sin huella", había sido una de las tres finalistas del jurado (para ser más exactos, quedó en tercer lugar).

El resultado me sorprendió, para qué voy a negarlo. A pesar de describir en primera persona las andanzas de un personaje que resulta ser un antihéroe, de incluir un crimen en la historia y de comentar otro, no se trataba de un relato que se ajustase al género de forma estricta. En su origen sí, puesto que nació como el guión de un cómic amateur en mi época universitaria. Con una enorme influencia "tarantinesca", debía narrar los avatares de un "torpedo" cuya actuación resultaba en un fiasco poco profesional. Sin embargo, ese relato nunca acabó de convencerme. Ya había pasado por varias reescrituras, cuando mi tendencia hacia la ciencia-ficción y lo sobrenatural me propuso la solución: un giro argumental con "homenajes" a la serie Z de los años cincuenta. Así cobró forma una curiosa mezcla de géneros, con la que participé aún siendo consciente de los riesgos. Pero, visto lo visto, era una buena apuesta.

Esa afición a entremezclar lo sobrenatural y/o detalles de tecnología futurista se ha convertido en un sello personal. De todos los relatos que he escrito, dudo que lleguen a cinco los que transcurren en el "mundo real". Espectros, alienígenas, implantes cibernéticos, monstruos de laboratorio, seres mitológicos... Todos ellos pueblan en mayor o menor medida los centenares de páginas escritos en mi vida. Un hecho que, a mí, me obligó a un acto de reflexión. ¿Puedo explicar la razón por la que escribo así?

No es algo fácil de contestar, y aún así he formulado una respuesta que me resulta válida: escribo sobre los mundos que no habitaré y los héroes que no podré ser. Y creo que no me equivoco al echarle la culpa a los cómics de superhéroes y al cine. Hasta mi conversión en aficionado al Universo Marvel, las grandes ficciones pertenecían a futuros lejanos: las naves espaciales, las armas láser, los robots... eran cosas que sólo encontraba en obras donde imaginaban el devenir de la humanidad varios siglos más allá de nuestra era. Con el mundo de los superhéroes me adentré en la idea de las "realidades alternativas": Spiderman, los X-Men, el Capitán América... vivían en un mundo que no era el nuestro, pero se le parecía mucho (incluso compartían hechos históricos contemporáneos). Las fronteras entre su universo y mi realidad de adolescente estaban ocultas en los márgenes de sus páginas, poco más. Si a eso se unen dos de las películas de acción que más me han marcado, Terminator y Depredador, cualquiera se puede hacer una idea de lo unido que está a mi imaginación el concepto de una realidad en la que los sucesos extraordinarios son perfectamente posibles. Un recurso cuyo mejor exponente literario lo encontré en H.P. Lovecraft (a través de los juegos de rol).

Esa conjunción es la que me empuja a crear mundos normales en apariencia, pero capaces de sorprender al lector. En cualquier momento brota algo inesperado que escapa a la realidad. Pero no puedo evitarlo. Supongo que es mi manera de interpretar lo romántico y lo gótico... Además de una forma de exorcizar el miedo atávico que produce "lo que vive en la oscuridad".

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